Militante en los estudios de los procesos sociales contemporáneos. Conversando con Carlos San Juan
ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 17:23:00 PMMario Camarena Ocampo*
Carlos San Juan Victoria es investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (DEH-INAH). San Juan es buen lector, buen escritor, y en el intercambio de ideas con sus compañeros, ya sea en los pasillos, cubículos o en encuentros académicos, ha sido una actividad cotidiana a lo largo de su vida, dedicada a entender el momento que estamos viviendo; es un investigador que observa los procesos sociales y políticos que forman parte de su experiencia vital; es decir, los observa como parte de su existencia. Al hablar con Carlos acerca de su vida, hay momentos en los que se nos pierde la frontera entre su actividad académica y su quehacer político. Carlos San Juan es un estudioso de la historia contemporánea con tintes militantes.
En la entrevista, Carlos nos expresa que su interés por los estudios del “momento que se vive” tiene su origen en su propia historia de vida, donde encontramos cuatro vertientes: la influencia de sus padres y hermanos, sus lecturas, su propia experiencia y su gusto por la conversación. Sus padres, quienes eran maestros, tomaban posición y reflexionaban frente a los acontecimientos que les tocó vivir; por otro lado, Carlos siempre ha sido un buen lector, leía las revistas Siempre! y Estudios Políticos, sin dejar de lado el cartón político, en especial de El Fisgón. En lo que se refiere a su experiencia, tuvo contacto, desde muy joven, con los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971 a partir de la militancia de sus hermanos. No hay que dejar de lado que es un gran conversador, pues viniendo de la cultura oaxaqueña, es heredero de una rica tradición oral; por otro lado, este gusto por lo oral lo lleva a ser no sólo buen conversador, sino un hábil polemista. Todo este bagaje iba formando en San Juan la inquietud de estudiar el momento contemporáneo, lo cual pudo desarrollar en la DEH-INAH, desde fines de los años setenta del siglo pasado.
En los años setentas y ochentas del siglo XX, había una gran inquietud entre un grupo de investigadores de la DEH por abordar, desde el punto de vista de la disciplina de la historia, la coyuntura que se estaba viviendo a principios de los años ochenta: el cambio de paradigma económico que llevaba a México por la senda del neoliberalismo. San Juan dice: “había la intención, digamos, de discutir lo que estaba ocurriendo, donde el pasado reciente estaba presente; había también la intención de que este tipo de análisis significara un parteaguas metodológico para reconceptualizar los procesos sociales que surgieron de la Revolución mexicana”. Carlos San Juan formó parte del Seminario de México Contemporáneo al lado de figuras como Francisco Pérez Arce, Rolando Cordera, Carlos Tello y José Blanco, entre otros.
Siempre activo en la reflexión de la vida política mexicana, Carlos y sus colegas analizan, desde la historia, diferentes movimientos sociales que tienen lugar en los años ochenta y noventa en el contexto del surgimiento del neoliberalismo; así, se aborda el movimiento de Cuauhtémoc Cárdenas y sus compañeros para democratizar el PRI, así como el movimiento social para llevarlo a la presidencia de la república en 1988, bajo la idea de que se puede lograr un cambio mediante el voto; el movimiento social que tiene lugar con la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, reivindicando los derechos de los pueblos indígenas, en principio, con el uso de las armas.
Carlos ha sido un miembro de la DEH a quien le tocó vivir el cambio de un centro de investigación vinculado a los problemas sociales, a uno desvinculado de ellos; no obstante, Carlos continúa con sus investigaciones acerca de los problemas sociales y las políticas del México contemporáneo.
La entrevista que ustedes, lectores, tienen ante sus ojos, la organizamos en tres partes, narra la trayectoria de Carlos San Juan desde su propia memoria y su propia voz, fue realizada por Mario Camarena Ocampo el día tres de febrero del 2022 y trascrita por Liliana García Sánchez.
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Mario Camarena [MC]: He pensado, viendo tus publicaciones muy variadas en sus asuntos, que podríamos intentar un recorrido tocando los temas más reiterados, uno es la historia contemporánea, otro la formación histórica del Estado y, finalmente, los trabajos sobre movimientos, la ciudad de México, los gobiernos desde la izquierda y los sismos. ¿Qué te parece?
Carlos San Juan [CSJ]: Muy bien, te agradezco ese punteo que, además, es en cierto sentido cronológico, ya que inicié con la historia contemporánea, luego se empalmaron los trabajos sobre la formación del Estado y, finalmente, se agregó la última capa.
Primera parte: El ingreso
MC: Vamos, pues, sobre el primer agrupamiento, ingresaste al entonces Departamento de Investigaciones Históricas en 1975. ¿ya había entonces un área de historia contemporánea?
CSJ: Hubo un seminario sobre el periodo 1940-1970 que se dedicó a la recuperación documental de los trabajos de sociólogos, politólogos y economistas al respecto. Pero no había un área de historia contemporánea.
El doctor Enrique Florescano, en su monumental revisión historiográfica de la historia mexicana, con especial énfasis en el siglo XVIII, XIX y XX, había creado ese seminario al que aludí y que concluyó en 1974, que revisó la producción de la ciencia social para un periodo insólito en los quehaceres académicos de la historia de esa época, el periodo de 1940 a 1970.
A los trabajos de ese seminario le faltaba una visión integradora de esos materiales. Florescano recurrió a un grupo de amigos que eran mis maestros en el Seminario de Desarrollo Económico de la Escuela de Economía en la UNAM, donde precisamente revisábamos ese periodo, quienes me propusieron entrevistarme con él. Era mayo de 1975.
Creo que conviene un breve paréntesis para indicar cómo se empezaba a explorar un tiempo que, para los historiadores profesionales, era “no histórico”. En la primera mitad de los setenta ya se había configurado como “territorio de la historia” profesional a la Revolución mexicana, al menos en su momento de ruptura y el inicio de una nueva institucionalización en su tercera década, y empezaban los primeros grandes trabajos sobre el cardenismo. A fines de esa época se publicó la Historia de la Revolución mexicana bajo la dirección de Luis González y González, que, en su octavo libro, de manera inusual, abarcaba los años de 1952 a 1960 y revisaba el llamado por los economistas “desarrollo estabilizador”. Llegar a los años setenta era asunto de las ciencias sociales, no de la historia de entonces.
Y fue así como, recordando mis años de infancia, subí por la escalinata de Carlota hacia el Castillo de Chapultepec, conocí a Florescano, e ingresé al entonces Departamento de Investigaciones Históricas, instalando en las antiguas caballerizas, al pie del castillo.
Me mostró un cajón grande con carpetas organizadas por autores, previamente había leído un trabajo que le mandé sobre el periodo 1940-1970, y me propuso que escribiera esa síntesis para mostrarle, a los posibles lectores, las corrientes de ideas que interpretaban a ese periodo del siglo XX.
Durante dos años hice un trabajo que sintetizó y agrupó en tres grandes corrientes al conjunto de los estudios realizados. Una, la de los autores estadounidenses, muy atentos al llamado “Milagro mexicano”, mostrando sus desafíos; otro, el de los economistas, sociólogos y politólogos mexicanos, donde destacaba Pablo González Casanova, que mostraban la brecha entre la promoción del capitalismo y el logro de un bienestar generalizado, y finalmente los trabajos de un marxismo renovado que se centraba en las contradicciones y límites del capitalismo mexicano. Encontré que, en efecto, los estudios de esa época estaban marcados por la tensión entre el desarrollo capitalista acentuado y los derechos sociales reducidos a privilegios de los trabajadores organizados, un 17 % de todos, pero de gran atracción simbólica para los que vivían de su trabajo.
Los marxistas mostraban a un capitalismo ascendente pero autoritario y limitado socialmente, donde maduraban sus contradicciones internas; otros, donde destacaba la sociología, la ciencia política y los economistas mexicanos, que planteaban la urgencia de corregir la desigualdad social en aumento recuperando los derechos sociales. Los gringos veían que la asociación de capitalismo y Estado de bienestar estaba por estallar. Preveían una lucha interna en el PRI entre los “técnicos”, a favor de estimular el desarrollo capitalista, y los “políticos”, que lo dificultaban pues le sumaban el legado de justicia social de la Revolución con nuevas aspiraciones para corregir la desigualdad.
Florescano revisaba directamente todos los trabajos que promovía, no sólo el contenido sino de manera especial la redacción, me llamó para comentar su revisión y quedó listo. El texto se tituló “Principales corrientes de interpretación del desarrollo económico de México, siglo XX”. En ese mismo año fue publicado en el suplemento La Cultura en México, en manos de Carlos Monsiváis, la principal de sus partes, “La idea de México de los norteamericanos”, en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!.
MC: Ése fue tu primer contacto con la historia contemporánea, ¿y luego qué ocurrió a ese respecto?
CSJ: En el año de 1979 el camino se bifurcó, para mi suerte. Por un lado, Florescano me invitó a participar en un nuevo seminario, el de Historia Económica y Social del Siglo XIX, del que luego hablaremos, y a la vez, se creó un Seminario de la Coyuntura Económica que conjugaba a profesores destacados de la UNAM como Carlos Tello y Rolando Cordera, entre otros, con los entonces jóvenes de la DEH, todos economistas, como Paco Pérez Arce, Saúl Escobar y yo, donde predominaba el análisis del corto plazo, los conflictos y virajes en la conducción de la política económica nacional.
Eran los años decisivos (1979-1981) en que se definía si había continuidad en una economía centrada en el mercado interno o se viraba hacia la economía de exportación, o, desde otra perspectiva, si continuaba el Estado de Bienestar o un Estado al servicio de las élites empresariales y de la naciente globalización.
De ahí surgió otro seminario hacia los años de 1981, el de Historia Contemporánea de México, que retomaba el corte de periodizar al siglo XX en dos grandes bloques, el de la Revolución mexicana hasta el Cardenismo, y un segundo bloque, de los años cuarenta a los años setenta y ochenta, cuyo centro era la modernización de los regímenes posrevolucionarios, con un componente esencial, la presencia de los movimientos sociales. Este nuevo seminario estaba constituido por los tres ya mencionados, más la migración de un grupo de investigación que en otro momento dirigía Margarita Nolasco, con Lilia Venegas, María Eugenia del Valle y Carlos Melesio Nolasco. Ahí se elaboraron varias iniciativas, por ejemplo, un coloquio donde se debatió el giro hacia la economía exportadora, el Estado mínimo y la ofensiva contra los trabajadores y el gasto social, que derivó en un libro: Inventario sobre el pasado reciente.
Ese encuentro tuvo una cualidad ahora impensable, se reunieron académicos de universidades y centros de investigación con funcionarios del gobierno de Miguel de la Madrid, en una confrontación cara a cara de opciones diferentes. Hasta donde sé, es de los pocos testimonios, como diríamos ahora, en “tiempo real”, del inicio del viraje mexicano hacia el neoliberalismo.
Tiempo después fuimos invitados por el Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (Comecso) para compilar una Antología sobre historia contemporánea de México, 1940-1984, donde intervinimos Lilia Venegas, Saúl Escobar y yo, para apoyo a las universidades del país.
Fue el tiempo donde Enrique Florescano se convirtió en director general del INAH y el Departamento de Investigaciones pasó a ser Dirección de Estudios Históricos, con Francisco Pérez Arce como su director. Hicimos varios eventos con universidades de provincia [Querétaro] la UAM y la UNAM sobre el pasado reciente, en ellos revisábamos las últimas cuatro décadas, y en la Dirección crecieron los investigadores que trabajaban sobre periodos y temáticas muy innovadoras para ese entonces, como la historia de las mujeres, de las migraciones en el siglo XX y del cine.
Surgió entonces la iniciativa de crear dos jefaturas, una, sobre Colonia y siglo XIX, a cargo de Jorge González Angulo y la otra, sobre el siglo XX, bautizada como nuestro Seminario, de Historia Contemporánea, a mi cargo. Eso ocurrió cuando María Teresa Franco ya era la directora. En ese contexto iniciaron las primeras reflexiones sobre lo que se nombraba historia contemporánea y que se había ido formando poco a poco. Recuerdo, aparte del Inventario, un libro llamado Pactos con el presente, ya en los años noventa, que editó Cuauhtémoc Velasco, y donde escribí un ensayo, e igual la colaboración para otro libro: Una mirada al fondo de la historia. Reflexiones sobre la historia en la actualidad.
Otro asunto importante fue que, a iniciativa de Carlos Melesio, quien ya realizaba en instituciones de Morelos un diplomado sobre historia contemporánea, iniciamos la elaboración de un Diplomado en la DEH con una doble intención: conjuntar una periodización de la Colonia, el siglo XIX y XX con temáticas especializadas y que se desarrollaban en nuestra DEH y en otras instituciones. Desde el 2006 nos reunimos como seminario para elegir una temática central, hacer la periodización correspondiente e invitar a los colegas para compartir sus investigaciones, en 2027 cumplirá, si nos es posible, sus primeros veinte años.
MC: De este recorrido, ¿Qué ves ahora como lo más importante?
CSJ: Creo que hay líneas de continuidad desde el porfiriato (la modernización liberal copiada al primer mundo) y la Revolución mexicana (soberanía, justicia social, un desarrollo propio) que marcan al siglo XX y XXI, imagino un proceso histórico con dos grandes madejas que le otorgan su identidad y sus oscilaciones. Hoy vivimos en ellas.
Ahí es necesario revisitar a los años bajo la leyenda negra del “autoritarismo” y de la crisis del régimen de la posrevolución, los años sesenta, setenta y ochenta, pues tal vez se muestren las fuertes redes culturales, políticas y sociales que le dieron tanta estabilidad e influencia para el modo histórico en que se desarrolló la modernización neoliberal, y también las redes alternativas de cambios culturales y políticos. En la mentalidad actual parece que no terminamos de “romper con el pasado”, no se piensa en los empalmes de los procesos históricos, en los cambios con continuidad. Además, sin ello, se mantendrá el relato de una historia sin hegemonía, es decir, sin luchas culturales, que son el eje del poder dominante y de los poderes alternativos.
Hay un paso saludable de la idea de una historia nacional unitaria y homogénea hacia las historias de la diversidad de sujetos, espacios y temáticas creciente. Pero ya es tiempo de preguntarse sobre la Nación que resurge de esa inmensa diversidad. Coincidió, como veremos para varios otros asuntos, con el estallido de la posmodernidad y la deconstrucción de las grandes narrativas, un asunto muy de los años noventa.
Otro asunto es el reequilibrio entre las influencias innovadoras y los estudios de caso con el trabajo constante sobre procesos de largo plazo. De la escuela de los Annales a los múltiples “giros” historiográficos tenemos 50 años de innovaciones, incluida la inquietud por la “historia del tiempo presente”, que ojalá y alimenten a la historiografía nacional de los grandes procesos históricos; por ejemplo, las revoluciones o la gran transformación neoliberal, recurriendo a las fuentes más diversas, incluidos los testimonios directos de los actores cada vez más numerosos de esos procesos. Hay en puerta una renovación de voces y de relatos para narrar el siglo XX y el XXI.
Segunda parte: la historia y el presente
MC: Según veo en la relación de tus trabajos hay otro conjunto de ellos que tratan sobre el siglo XIX, ¿fue ahí que entraste en contacto con la historia más habitual?
CSJ: En realidad, este contacto inició desde mi ingreso, Florescano me integró a su Seminario de Historia de la Agricultura con varias colegas (Isabel Gil, Cristina Urrutia, Carmen Yuste, Lila Espinoza y Edna Orozco) y ahí intercambiábamos sobre temas de comercio, precios y de producción agraria, la hacienda rural y su organización interna y sobre el galeón de Manila.
Ya te comenté que luego de terminar el ensayo de las “Principales corrientes de interpretación...” me invitó a colaborar en un proyecto sobre historia del siglo XIX coordinado por Ciro Flammarión Cardoso, brasileño formado también en la Escuela de los Annales, donde me inicié en el trabajo de archivo y en la revisión historiográfica con un nutrido grupo de colegas investigadores que provenían del DIH, de El Colegio de México, de la Universidad de Turín y de la UAM, donde elaboramos un libro, México en el siglo XIX (1821-1910), que fue muy utilizado en formación universitaria, publicado por una editorial privada que, por cierto, nos pagó unas regalías simbólicas durante más de 20 años.
MC: Supongo que, para alguien educado en trabajar sobre el presente, no te fue fácil ir hacia el pasado. ¿Qué te atrajo en todo caso?
CSJ: Yo tenía una idea sobre el Estado alimentada, en efecto, por las ciencias sociales, donde mandaba el presente, aunque se reconocía al proceso de 1940-1970 como el periodo donde se fundaban sus contradicciones y dilemas que vivíamos entonces. Entrar a la historia me abrió una puerta donde el horizonte se hizo inmenso.
Ahí se fueron incorporando capas tras capas de historia. Las repúblicas surgieron de la experiencia borbónica, y ya para fines de los noventa e inicios del XXI, fue creciendo la sombra de los Habsburgo, formador de una pluralidad de poderes regionales y de las repúblicas españolas y de indios. Ahora crece el papel de los altépetl mesoamericanos para dar forma a las comunidades políticas originarias que subsistieron el siglo XVI y el XVII.
Eso fue lo que me atrajo de la historia. Por eso no creo en el “presentismo” [François Hartog], la tentación de que los vaivenes del ahora reorganizan el pasado, hay una interacción rica y compleja entre el pasado y el presente, donde, por dar un caso, creo que para el siglo XXI el redescubrimiento del altépetl ya está provocando una revuelta del pasado que cambiará el modo en que nos acercamos al presente.
MC: ¿En qué sentido crees que se está abriendo esa revuelta del pasado?
CSJ: Primero, México tiene raíces milenarias de vivir en “comunidad política”. Segundo, hay una contradicción fundante entre la modernidad que despunta en el siglo XVIII y las poblaciones muy diversas y, en algunos casos, con civilizaciones propias, que se expresan en los grandes conflictos nacionales. Tercero, sus experiencias de predominio oligárquico, muy fuertes en el país, siembran no sólo rebeliones sino la prefiguración de otro modo de vivir en común, es decir, en otro orden legal, simbólico e histórico: el orden del Estado. Cuarto, ese orden del Estado, en la experiencia mexicana, oscila entre la fuerza de las oligarquías nativas y las incursiones de las mayores potencias del XIX y el XX, y una ruta persistente y oscilante, para nada garantizada, donde el Estado es fruto de ese contexto, más lo que le otorga autonomía: coaliciones muy amplias donde es relevante la población mayoritaria, a favor de la soberanía y de la justicia social que de manera recurrente aparecen en su historia.
A partir de ahí realicé una serie de trabajos que me hizo ir hacia atrás, primero a la Colonia, luego al altépetl, la matriz fundante, y hacia adelante, al México del siglo XX con sus tres bloques: Revolución, posrevolución y neoliberalismo. Espero en algún momento, si el azar no depara otra cosa, hacer un pequeño texto sobre ese proceso de larga duración.[1]
Tercera parte: fin e inicio de siglos
MC: ¿Qué me puedes decir sobre el otro conjunto de tus trabajos, los referidos a los pueblos originarios, los ciudadanos, el gobierno de la Ciudad de México, incluso los sismos de 1985 y el del 2017?
CSJ: En realidad, esa búsqueda inició en los años setenta. Tal vez recuerdes Mario, ya que tu exploraste muy bien y de manera renovadora el asunto del trabajo fabril, que en los años setenta y parte de los ochenta hubo un boom de interés por los sindicatos, muy similar al que hoy se tiene por las mujeres, la imagen o los pueblos originarios. Se alimentaba tanto en la academia como en las redes de activistas, donde aparecía la expectativa de un gran cambio pues el orden entonces vigente, el de la posrevolución, estaba en crisis.
Fue una época cosmopolita de fuertes influencias culturales europeas, francesas, inglesas y alemanas, y de un pensamiento propio latinoamericano, poco visible, pero ya presente.
Pero tal vez lo más interesante fue el impulso para conocer “la realidad” mexicana que en gran parte fue estimulado por Pablo González Casanova y en el campo de la historia por Enrique Florescano, entre otros, que dieron continuidad a una larga tradición historiográfica centrada en interrogar el pasado desde los problemas del presente del país.
Ahí trabajé dos asuntos poco visitados del mundo obrero de entonces: la experiencia de lucha en la gran industria y en las estructuras de un sindicato nacional, así como las luchas departamentales obreras para aumentar su control en el proceso productivo, fue el caso de las secciones 147 y 11 del Sindicato Nacional de la Industria Siderúrgica y Metalmecánica. El grueso de los trabajos de entonces se orientaba hacia las áreas de mayor conflictividad en la pequeña y mediana industria, la gran industria era menos considerada.
Y con respecto a la Tendencia Democrática del SUTERM, que también era gran industria, ahí se cocinaba otro asunto raro, la conjunción de la lucha sindical con la tradición nacionalista y democrática de los electricistas, donde había una confrontación para evitar la supresión de su registro y, a la vez, revitalizar las luchas por la hegemonía cultural del nacionalismo revolucionario popular y de izquierda.
A iniciativa de profesores de la UNAM se creó un Seminario sobre Sindicalismo, según creo recordar, dirigido por Alfonso Bouzas; ahí presenté trabajos como los referidos a las secciones 147 y 11 del Sindicato Nacional Minero Metalúrgico, y otros sobre la Tendencia Democrática del SUTERM. Había la posibilidad de que la UNAM publicara los textos, cosa que nunca ocurrió.
Tomando varios trabajos, hice una síntesis en un artículo que se publicó en el número 5 de la entonces naciente revista Historias, con la clara influencia del pensamiento de Gramsci: “El dilema de la historia obrera reciente: revolución pasiva y acumulación de fuerzas en 1970-1982”.
Otro rasgo de los años setenta —y tal vez el que ahora más valoro— fue que existía un impulso entre profesores y estudiantes para buscar el contacto directo con los grupos de obreros, campesinos y colonos. Tal vez uno de los primeros documentos públicos de esa actitud renovadora, en su dimensión más politizada, apareció de manera discreta en un folleto llamado “Por una política popular”, de maestros y activistas del movimiento del 68, publicado en 1969.
Lo considero importante porque proponía un camino alterno: en lugar del “únete pueblo” del 68, el “ir al pueblo” de los años setenta, un nuevo rumbo que compartieron muy diversos grupos e iniciativas, donde partidos en formación como el de Heberto Castillo, católicos que promovían desde años antes las comunidades de base, activistas sindicales, de los movimientos urbanos y rurales, y variadas corrientes maoístas, entre muchos otros, promovieron esos contactos.
Para muchos activistas y académicos ligados a acompañar o tomar el pulso de estas luchas, fue una fuente para “desaprender” lo infundido en los grupos politizados y en las academias, y advertir el enorme peso en estos grupos sociales de los parentescos, los imaginarios rurales y urbanos, la presencia de la religión, las jerarquías sociales, y la esperanza de tomar por asalto al cielo realmente existente, es decir, y con todo respeto, colarse al sector obrero donde las leyes laborales se cumplían y había en marcha la ansiada ruta del ascenso social. Todo ello lo escribí en un ensayo: “La memoria posible: trabajadores en México, 1940-1980”.
Pero tal vez lo más impactante, en mi caso, fue que esos y otros trabajos, más de crónica y entrevista, me mostraron que existía una cultura popular con sus propios propósitos y que no siempre coincidían con las culturas que nosotros portábamos. El “ir al pueblo” de las corrientes sociales de la izquierda tenía no pocos choques entre los activistas y la gente común. Nuestra formación en ciencias sociales era totalmente occidental, europea, y ya en cierta proporción, gringa. En contrapeso, estaba la historia social inglesa, mientras que el INAH y la antropología estaban en otra sintonía, con mayor posibilidad de un diálogo intercultural y de comprensión del “otro”.
Para resolver ese desencuentro, en mi caso, me influyó mucho, en primer lugar, la creciente consciencia de mi origen familiar y la experiencia del contacto a la que ya me referí. Y luego varias influencias, sobre todo italianas, latinoamericanas y de México. En primer lugar, Gramsci, quien empezó a ser reconocido gracias a los Cuadernos de pasado y presente de José Aricó y del grupo de militantes de Córdoba, Argentina, y de los Cuadernos políticos de la editorial Era.
Cuando leí los Siete ensayos sobre la realidad peruana, de Mariátegui,[2] un pensador aferrado a descubrir la propia historicidad peruana, similar al esfuerzo de Gramsci con su obra sobre el Risorgimento italiano,[3] me permitió comprender la importancia de los pueblos originarios, y le tomé mucho aprecio a los trabajos en la materia del INAH, a Leti Reina, a Ethelia Ruiz Medrano, a los textos que escribiste sobre la fábrica y el barrio de la Fama, y a los textos sobre Mesoamérica de Enrique Florescano, entre otros.
El libro de Marcello Carmagnani sobre El regreso de los dioses[4] y de cómo los pueblos se rehacen al contacto con el mercado de la grana cochinilla ya en plena colonización y resurgen sus culturas, territorios, instituciones e imaginarios, me ayudó mucho. Guillermo Bonfil fue el deslumbramiento con su teoría del control cultural y con su libro sobre el México profundo ya para el México actual. El “pasado” estaba vivito y coleando en nuestro presente.[5]
Al paso de los años me fue pareciendo, además, que los sujetos históricos, los procesos históricos y los acontecimientos estaban insertos en empalmes de civilizaciones, que provocaba una intensa diversidad cultural en de los sujetos históricos y en las sociedades, que desbordaban a los moldes de Occidente.
Sobre todo, de un “pasado que no pasa”, donde las resistencias y horizontes subalternos están plagados de su propia lógica histórica, desde la cual innovan y se apropian de muchas influencias. Esta impresión se reforzó con la llegada de los estudios subalternos y culturales de los intelectuales de la India y una producción en marcha ya a fines del siglo XX y en las primeras décadas del XXI de historiadores y antropólogos en México que, a la fecha, es de lo más prometedor.
MC: ¿Qué le ocurrió a ese impulso de los años setenta ya en las décadas posteriores?
CSJ: A partir de fines de los años ochenta y sobre todo en la última década del siglo se vivió un gran cambio cultural. Irrumpió la posmodernidad, los “giros historiográficos”, la separación, como tendencia dominante, de academias e intelectuales de casi todo contacto social directo, salvo en la sociología, la antropología y la etnografía, pero, sobre todo, hubo un enriquecimiento en la diversidad temática y el afianzamiento del positivismo en la historia. Su resultado fue, en mi opinión, una gran oleada de estudios de caso apegados a fuentes que enriquecen los estudios históricos, pero a la vez se provoca la fragmentación del conocimiento y de los relatos históricos.
En mi caso, aprecio aspectos de la posmodernidad, pero fui parte de otra perspectiva, la de recuperar las evidencias de ese gran cambio que vivió el país desde 1982 hasta las dos primeras décadas del siglo XXI. El gran relato mexicano se estaba transformando a la vez que cambiaba la naturaleza del poder y la cultura; sin embargo, México tuvo un muy peculiar modo de iniciar el neoliberalismo, no hubo una gran derrota social, como la vivida en Chile, Argentina, Brasil y Uruguay, sino la permanencia de movilizaciones y presión social ante las políticas antipopulares, la herencia de los años setenta y los ochenta, que impulsaron democratizaciones sociales y culturales desde abajo.
Fue en ese contexto que llevé a cabo un conjunto de trabajos que arrojaron artículos, ensayos y libros. Urgía levantar acta de un cambio de época que se reflejaba en las transformaciones del poder, la cultura y el Estado. Ahí me interesó mucho la forma histórica tan peculiar del arribo del neoliberalismo en nuestro país, por dar un ejemplo, nació con la pretensión de regenerar a la Revolución mexicana con una renovación moral, a la vez que implementaba una política de desmantelamiento de los compromisos sociales del estado en salarios, salud, educación, entre otros. En otras palabras, reivindicaba en el discurso de la Revolución mientras destruía el pacto fundacional del Estado con el pueblo.
Escribí varios textos al respecto que iniciaron con el ensayo “1983: el año del Leviatán”, que corresponde a su fase destructiva, recuerdo también los escritos al inicio del siglo XXI sobre estas transformaciones[6] y concluyeron, al menos al momento, con Reformar el Estado nación en la época posnacional,[7] donde lo que abordo es su fase terminal, cuando el nuevo orden neoliberal está ya completo como sistema económico, político y cultural, pero vive una grave crisis y decadencia que no sólo es nacional, sino a escala global.
MC: Si te parece, regresamos a los sujetos históricos. Platiquemos sobre tus trabajos relacionados con los pueblos originarios.
CSJ: Mi interés en el asunto inició a fines de los años setenta y en los ochenta, al entrar en relación con la llamada sierra Juárez o sierra Norte, que nace en los límites de los Valles Centrales y asciende rumbo al golfo de México, un macizo de bosques habitados por zapotecos y mixes en su parte más alta.
Primero tuve noticias sobre sus luchas por recuperar los bosques arrebatados a las comunidades agrarias por concesiones de esos recursos a empresas paraestatales negociadas desde los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, pero también resaltaba su esfuerzo por consolidar a sus autoridades tradicionales, comunales y municipales, sus formas de organización para vivir de su territorio y sus recursos. Había una ambición integral de rehacer sociedades y territorios a la vez que se fue consolidando.
No sé cómo lo veas, pero las luchas indígenas no nacieron en los años setenta del siglo pasado; ahí se hicieron visibles, pero hunden sus raíces en una línea continua que recorre al siglo XX, y se acentúa con la contrarreforma agraria del alemanismo. Aparecen como campesinos inconformes en los años cincuenta y sesenta, y que, en el caso de la sierra Juárez, tiene su gran oportunidad en la oleada campesina de los años setenta, para recuperar sus tierras concesionadas. Y a la vez, sin dejar de ser campesinos, se expresan cada vez con mayor vigor como esas sociedades antiguas y contemporáneas a la vez, regidas por sus usos y costumbres e inmersos en sus territorios. Son de los varios sujetos históricos que llegan con fuerza al neoliberalismo.
Creo que, si revisamos su historia desde la larga duración [Braudel], hay un ciclo histórico que se repite de diferentes formas. Su largo proceso de territorialización nómada y sedentaria; luego, la presión que les reorganiza con la colonización española y donde logran el reconocimiento de los Habsburgo de sus títulos originarios; sigue la gran confrontación con los liberales y su regreso parcial con la Revolución mexicana, más como campesinos que como pueblos portadores de una civilización ligada a territorios.
MC: Eres de Oaxaca, ¿algo te influyó en ese interés?
CSJ: Así fue, vengo de un pueblo de la Mixteca alta oaxaqueña, donde mi abuelo y mi papá eran parte de los esfuerzos comunales y municipales para impulsar servicios públicos (la carretera, el agua, los servicios de salud, los servicios escolares, las guardias, contar con radio para difundir noticias y música) todo a través del gobierno municipal, del tequio, de la cooperación, de rifas y de organizar fiestas y concursos.
Luego ya a fines de esos años setenta, en esos recorridos de los que ya hablamos, entré en contacto con sus municipios gobernados de manera autónoma, muchas veces por linajes, pero también con asambleas y cabildos abiertos, el rescate cultural de su lengua y de sus formas de relación “comunal”, la presencia de los profesores bilingües, las luchas por la reforestación, la explotación comunal y comercial, por ejemplo, en productos esenciales como el café y la madera, y un enriquecimiento de los liderazgos propios con jóvenes de los pueblos formados como técnicos, maestros y egresados de universidades.
Y, además, conocí una experiencia muy singular, pues las murallas de las identidades parroquiales y las memorias de conflictos con pueblos vecinos impide muchas veces las asociaciones entre municipios. En la sierra norte de Oaxaca, había cierta tradición de uniones municipales que les permitía cubrir territorios comunes para asuntos de seguridad, el rescate de la lengua, sobre redes productivas y comerciales y de fuerza para negociar con los gobiernos, entre otras cosas.
Un querido amigo del INI [Instituto Nacional Indigenista], ya fallecido, Jesús Rubiell, a fines de los años ochenta y en la primera mitad de los noventa me invitó a realizar trabajos con el INI en torno al fomento a las organizaciones productivas con los cuales pude conocer zonas del norte, centro y sur del país. Fue un descubrimiento. Conocí una variedad de tejidos organizativos que abarcaban a pequeños y medianos productores, sus problemas de comercialización, los conflictos y negociaciones con autoridades municipales y estatales, y los muy diversos mundos de poder y resistencia en algunas de las regiones del país.
En ocasiones, junto a la crisis de las organizaciones corporativas rurales, existía aún una vasta red de tejidos institucionales, de saberes sociales, de liderazgos y de organizaciones de base con el PRI. Me encontré con una fuerte tradición y de saberes de negociación de las poblaciones que hacían muy complejo el tejido de sus relaciones con el Estado y las empresas. Una dimensión que casi no se reconocía en el plano de los estudios históricos y del desarrollo, con la grata excepción de los trabajos de Ethelia Ruiz Medrano, que rastrea desde la Colonia estos saberes negociadores de los pueblos.
MC: ¿Cómo impactó el alzamiento zapatista del primero de enero de 1994?
CSJ: Fue muy importante. Todo el camino previo de configuración de la identidad, la autonomía, las tierras y territorios iniciado más de 20 años antes se intensificó y se hizo visible. Aceleró esos procesos e introdujo en la agenda nacional de la cuestión indígena tres modificaciones esenciales: uno, reconocer a los pueblos como sujetos del derecho público, es decir, su capacidad para luchar jurídicamente para que se les reconocieran sus derechos; dos, el uso y disfrute de sus tierras y territorios; tres, reconocer su propio orden político y fomentar la asociación entre municipios, es decir, avanzar en regiones étnicas o pluriétnicas.
Pero además, la cuestión indígena favoreció la democratización política del país. Crecieron y convergieron formas asociativas indígenas, campesinas y de movimientos cívicos urbanos. Fue una primavera de expansión democrática de la política que atrajo el interés cultural y político sobre los pueblos. Los trabajos periodísticos y los académicos en las universidades se incrementaron. En mi caso, pude escribir sobre diversas temáticas al respecto. Destaco los trabajos sobre el zapatismo, la reconstitución de los pueblos, las autonomías, las reformas federales y estatales de las constituciones, y la explosión en torno a la pugna territorial entre mercados y pueblos que se intensificó en los años noventa del siglo pasado.[8]
MC: ¿Y cómo fue que pasaste a los trabajos sobre ciudadanía y con organizaciones urbanas?
CSJ: A fines de los ochenta del siglo pasado retomé el contacto con las organizaciones civiles que, en sus antecedentes más remotos, tenían que ver con la defensa de activistas rurales y sindicales amenazados por la represión desde los años cincuenta y sesenta, y que luego se diversificaron como promotores de la vivienda popular, defensores de los derechos humanos, de los derechos políticos, electorales, y vigilaban las elecciones, muy manipuladas por la política oficial. Era la sociedad civil impulsada por las izquierdas.
Ya en los años noventa fueron espacios de encuentro de luchas muy diversas, que engrosaron la noción liberal de los derechos del individuo con las demandas de las mujeres, la diversidad sexual, los pueblos originarios, las luchas ambientales y la democratización de gobiernos y reglas de la convivencia. Y se confrontaron con el proyecto de un “Estado mínimo” y de democracias entendidas como alternancias de élites que compartieran abrir la vida mercantil y desmontar al Estado social y de bienestar.
La confluencia de estos organismos y sus agendas propició que se trabajara en torno a un horizonte más amplio, el de los derechos integrales, donde se agrupaban varias generaciones de derechos (garantías individuales, derechos sociales, derechos colectivos, ambientales, de género, de los pueblos originarios, entre otros) y se tuviese acercamientos con organizaciones históricas como los sindicatos. Ahí se esbozó el perfil de una ciudadanía compleja que no sólo reparaba en las elecciones, sino en el surgimiento y la ampliación de los derechos.
Creo que esas experiencias fueron importantes, eran parte de los muchos afluentes de luchas contra el neoliberalismo que recortaba salarios, salud, educación y accesos a la vivienda entre muchas otras cosas, Ahí se fue consolidando una tendencia del liberalismo social, de la lucha pacífica y legal, del restablecimiento de los derechos ciudadanos y de un empeño para retornar a un Estado responsable de los derechos de sus ciudadanos, es decir, a un Estado social y de bienestar. Fue un tránsito muy complejo y donde escribí sobre varias de sus facetas.[9]
MC: ¿Y cómo apareció el interés en los gobiernos?
CSJ: Es un punto interesante. La llamada izquierda política pugnó mucho por abrir la opción electoral a nuevas expresiones. El Partido Comunista Mexicano, con Arnoldo Martínez Verdugo, estuvo presente en la reforma política de 1977, y en las luchas electorales en el estado de Guerrero, entre otros. Ahí coincidieron diversos movimientos sociales y la llamada izquierda social, que abrieron brechas para ganar los primeros municipios gobernados por las izquierdas. El de mayor carga simbólica fue la victoria de la COCEI [Coalición Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo], una organización civil, cultural y social creada en los años setenta en Juchitán, que logró en 1981 ganar las elecciones municipales.
De ahí se desprende un modo de gobernar nacido de la presión social y cultural, que debe responder a sus demandas y a otra alternativa de país que no era la neoliberal. Fue un camino de experiencias con sus aciertos y errores, que se proponían otra agenda de transformaciones, ya en el neoliberalismo, en la globalidad, en la democracia y en el desarrollo. Avanzaba el neoliberalismo, pero la política se hizo más compleja y abría otras posibilidades, con nuevos protagonistas como la llamada sociedad civil, la lucha por los derechos, la conquista de municipios, el acceso a Congresos. Al respecto escribí varios textos.[10]
En 1997 la izquierda cardenista ganó electoralmente el primer gobierno propio de la Ciudad de México, entonces nombrada Distrito Federal, y gobernada de manera centralizada por un regente. Gracias a mi amigo Julio Moguel fui invitado a la Asesoría del Jefe de Gobierno, y como a muchos otros, pude conocer de manera directa los problemas para gobernar a la más grande concentración urbana del país. Al respecto, dos colegas expertas en la Ciudad de México, en movimientos sociales y las organizaciones civiles, Lucía Álvarez y Cristina Sánchez Mejorada, y yo, iniciamos una serie de libros que intentaban evaluar, por un lado, al primer ejercicio de Gobierno de las izquierdas en la ciudad, y por el otro, el sello de izquierda en las políticas públicas: participación, derechos integrales e inclusión.
El problema de fondo era interesante: ya con el neoliberalismo y la globalización desplegándose con fuerza, ¿era posible ensayar experiencias de sociabilidad y de gobierno alternativas? A través de foros y de libros resultantes colocamos a la Ciudad de México, una ciudad globalizada, como el centro de las experiencias alternativas.
El primero de ellos, ¿Una ciudad para todos? La Ciudad de México. La experiencia del primer gobierno electo, fue fruto de una convocatoria muy amplia donde varias instituciones universitarias y el INAH, junto con los funcionarios de primer nivel de ese gobierno, discutieron e intercambiaron en torno a su desempeño. Las reuniones y libros posteriores revisaron esta tensión entre políticas igualitarias e incluyentes en contextos cada vez más agresivos, donde predominaba la lógica del mercado.[11]
MC: También veo que hay una inclinación en tus trabajos para registrar y analizar los desastres como los sismos y el covid ¿qué andabas buscando y por qué?
CSJ: Creo que fue una combinación de ganas de saber y de solidaridad ante las tragedias. De diversas maneras no pocos colaboramos con los damnificados. Pero también en mi caso había la curiosidad de saber cómo se comportaba la sociedad cuando se interrumpía de manera tajante la vida cotidiana, justo en ese momento de corto circuito afloran los comportamientos más arraigados, sus valores, sus miedos, el egoísmo extremo y la cooperación, se reitera lo que ya existía, pero también nacen otras conductas.
El sismo de 1985 lo vivimos en la DEH de una manera muy intensa. Aún estábamos en el cerro de Chapultepec y no hubo mayor afectación. A mí me tocó en el traslado de mi hijo a su escuela en Mixcoac y no me enteré de nada, hasta que prendí la radio y escuché con mi esposa Luci la narración de Jacobo Zabludovsky que caminaba por calles que conocíamos muy bien pero que estaban en ruinas, como si hubiera ocurrido un bombardeo.
Una buena porción de los colegas se involucró en las tareas directas de rescate, tiempo después le pedimos a la nueva directora, Tere Franco, que se abriera la posibilidad de hacer una aportación desde la historia de los sismos en el largo plazo que se combinara con las crónicas que podíamos aportar varios sobre los sucesos que estábamos viviendo.
La idea era simple, juntar el presente con la historia. Me hice cargo, y surgió un libro, Historias para temblar, alimentado por historiadores, literatos y colegas de ciencias sociales. En particular, me interesaba mostrar qué ocurre cuando la certidumbre de la vida diaria se quiebra y se oscila entre comportamientos extremos, desde los robos entre vecinos hasta las solidaridades y la cooperación para resistir al desastre, y cómo se creaban redes de apoyo que dieron origen al resurgimiento de organizaciones barriales.
Ante la misma circunstancia ocurrida años después, hicimos un libro desde la revista Con-temporánea con la participación invaluable de Rosa Casanova y de Claudia Alvarez en el 2017, cuando otro sismo nos visitó y en la misma fecha. De manera más precisa, fueron dos libros ensamblados, en un diseño original. En el primero quisimos recuperar las voces, por un lado, de varias áreas del INAH ante la contingencia, donde restauradoras, arquitectos, trabajadores de áreas centrales y de centros regionales dieron sus versiones sobre las muchas tareas de un INAH que se transformaba y se convertía en una atareada ambulancia para atender al patrimonio arquitectónico, religioso y simbólico en riesgo. Y, por otro lado, la reacción de pobladores y pueblos enteros al ver derrumbarse sus iglesias y santos, y cómo resurgían sus muchas formas de rescatarlo, resguardarlo y pasar a su reconstrucción con el apoyo, en ocasiones incierto, de las instituciones. En el segundo ensamble recuperamos testimonios de lo ocurrido a diversos personajes en ese día y un fanzine de imágenes, así como reflexiones en torno al fenómeno.
Y ya en 2020, con respecto al covid, a través de la Cátedra Monsiváis y de una iniciativa de Luis Barjau, se lanzó una convocatoria abierta a jóvenes de hasta 30 años, invitándolos a redactar la crónica de sus vivencias en ese año de encierro; de ahí surgió un libro y premios a las mejores crónicas.[12] Un mapa urbano y rural con más de 100 crónicas con los sentires y pensares de los jóvenes que ejercían a veces, por primera vez, el género de la crónica, y en otros, depuraban una afición previa, para mostrar los desalientos, el miedo, la soledad y su contracara, ver de otro modo a los vecinos, reforzar los lazos entre grupos de la diversidad de género, reencontrarse por la comunidad digital, rehacer un nosotros dolido, pero con esperanza.
MC: Y ya para cerrar estos recorridos, ¿Qué es lo que más te atrae en esta tercera década del siglo XXI en la perspectiva histórica?
CSJ: Para decirlo en breve, una gran sorpresa y una curiosidad infinita, hasta dan ganas de estar otro ratito en la tierra para ver algunos desenlaces. Es como si el gran relato en que fui formado se empezara a fracturar. Me refiero a la idea del mundo, de la civilización, de la modernidad, creado por Europa en el siglo XVI y retomado por Estados Unidos en el siglo XX y XXI: la narración de la expansión de la relativamente pequeña franja occidental de Eurasia, Europa, como empresa civilizatoria y colonizadora de las otras partes del mundo, y que luego será el patrimonio de Estados Unidos como primera potencia mundial.
Es, sin duda, un poderoso sentido de la historia que ahora se confronta con el regreso de algunas cunas civilizatorias (China, India, Irán e Irak) como vanguardias productivas, tecnológicas y comerciales, que empiezan a redibujar al mundo y a las civilizaciones. Y en ese impulso está México, que, con Perú, es parte de las seis cunas civilizatorias del mundo. Algunos le apuestan a la guerra entre civilizaciones; otros, diría que la mayoría, por el diálogo entre las civilizaciones. Si esto ocurre, toda la historia se va a renovar y a enriquecer de manera extraordinaria.
Publicaciones de Carlos San Juan Victoria[13]
• “Los libros del 68”, Nexos, núm. 9, septiembre de 1978.
• Principales corrientes de interpetacion del desarrollo económico de mexico, siglo xx, México, Departamento de Investigaciones Historicas-INAH, 1979.
• “Crisis agrícola pero no tanta”, Nexos, núm. 20, agosto de 1979.
• “Id y distribuid lo que habeis agandallado”, Nexos, núm. 21, septiembre de 1979.
• “La idea de México de los norteamericanos”, La Cultura en México, Suplemento Cultural de la revista Siempre!”, núm. 1370, 26 de noviembre de 1979.
• “Los gulags del capital”, Nexos, núm. 24, diciembre de 1979.
• “La inflación que llegó para quedarse”, Nexos, núm. 28, abril de 1980.
• “Inflación y política: primeros auxilios”, Nexos, núm. 29, mayo de 1980.
• El sector externo y el patrón de acumulación de los setentas en México, México, Departamento de Investigaciones Históricas-INAH (Cuaderno de Trabajo núm. 41), 1981.
• “El hijo olvidado de Carlos Marx”, La cultura en México, Suplemento Cultural de la revista Siempre!, núm. 1460, 3 de abril de 1981.
• “Población y desarrollo en el México del siglo XIX”, Investigación Económica, Revista de la Facultad de Economía, núm. 162, vol. XLI, 1982.
• “Cronología de la nacionalización bancaria”, La Cultura en México, Suplemento Cultural de la revista Siempre!, núm. 1483, 6 de septiembre de 1982.
• “Las utopías oligárquicas conocen sus límites”, en María del Refugio González Navarro (coord.), La formación del Estado mexicano, México, Porrúa, 1984.
• Compilador, Antología sobre historia contemporánea de México, 1940-1984, México, COMECSO / Universidad Autónoma de Guadalajara / SEP- Subsecretaría de Cultura, México, 1986.
• “Microhistoria de la Dirección de Estudios Históricos del INAH”, en Historia del INAH, México, INAH, 1988.
• “Del mapa al laberinto, un paseo por las perspectivas de la historia contemporánea”, en Cuauhtémoc Velasco Ávila (edit.), Pactos con el presente, México, INAH (Científica, 266, serie Historia), 1993, pp. 74-85.
• “Crisis, sociedad e historia”, en Marcela Dávalos, Gerardo Necoechea, Leticia Reina y Guillermo Turner (coords.), Una mirada al fondo de la historia, reflexiones sobre la historia en la actualidad, México, Yeuetlatolli / INAH-DEH (colección Ahuehuete), 2003, pp. 67-85.
• “Dos periodos del siglo XX”, en Marcela Dávalos, Gerardo Necoechea, Leticia Reina y Guillermo Turner (coords.), Una mirada al fondo de la historia, reflexiones sobre la historia en la actualidad, México, Yeuetlatolli / INAH-DEH (colección Ahuehuete), 2003, pp. 87-110.
Segunda parte: La historia y el presente
• Coautoría, con Salvador Velázquez Rodríguez, “La formación del Estado y las políticas económicas (1821-1880)”, en Ciro Cardoso (coord.), México en el siglo XIX (1821-1910) Historia económica y de la estructura social, México, Nueva Imagen, 1981, pp. 65-95.
• “El Estado y las políticas económicas en el porfiriato”, en Ciro Cardoso (coord.), México en el siglo XIX (1821-1910) Historia económica y de la estructura social, México, Nueva Imagen, 1981, pp. 277-313.
• “La vida novohispana en el gobierno colonial y en las industrias”, en Patricia Arias (coord.), Industria y Estado en la vida de México, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1990, pp. 23-34.
• “La formación del Estado en México, 1821-1834. Las utopías oligárquicas conocen sus límites”, Dualismos, Revista del Instituto de Investigaciones y Estudios Superiores Económicos y Sociales de la Universidad Veracruzana, vol. VI, núm. 1, 1977, pp. 15-38.
• “La construcción del Estado revolucionario”, en François X. Guerra y Mariano E. Torres Bautista (coords.), Estado y sociedad en México 1867-1929, Puebla, El Colegio de Puebla, 1988, pp. 369-401.
• Coordinador, El XX mexicano: lecturas de un siglo, México, Ítaca, 2012.
• “1983: el año del Leviatan”, en El XX mexicano: lecturas de un siglo, México, Ítaca, 2012.
Tercera parte: fin e inicio de siglos
• “El dilema de la historia obrera reciente: revolución pasiva y acumulación de fuerzas en 1970-1982”, Historias, núm. 5, 1984, pp. 109-127.
• “La memoria posible: trabajadores en México, 1940-1980”, en Inventario sobre el pasado reciente, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia (Científica), 1986.
• “El Sindicato Minero, estabilidad y ruptura”, en Javier Aguilar et al., (coords.), Los sindicatos nacionales en el México contemporáneo. Minero metalúrgico, vol. 2, México, GV Editores, 1987, pp. 227-254.
• “Del XVIII al XX en la Nueva España y lo que sigue siendo México (hasta nuevo aviso). Estado y régimen en los fines de siglo”, en Leticia Reina y Ricardo Pérez Montfort (coords.), Fin de siglos, ¿fin de ciclos? 1810, 1910, 2010, México, Siglo XXI / INAH / CIESAS, Centro de Investigaciones y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, 2013, pp. 137-143.
• “Renacer liberal en el fin de siglo XX”, en Leticia Reina y Ricardo Pérez Montfort (coords.), Fin de siglos, ¿fin de ciclos? 1810, 1910, 2010, México, Siglo XXI / INAH / CIESAS, Centro de Investigaciones y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, 2013, pp. 407-413.
• Coordinador, con Tania Hernández, Saúl Escobar y Citlalli Villafranco, El orden del Mercado, el desorden de la Nación. Reformas estructurales y cambio constitucional en México, México, UACM / Ítaca, 2016.
• “Reformar el Estado nación en la época posnacional”, en Tania Hernández, Saúl Escobar y Citlalli Villafranco (coords.), El orden del Mercado, el desorden de la Nación. Reformas estructurales y cambio constitucional en México, México, UACM / Ítaca, 2016pp. 27-69.
• “La novedad de los antiguos: promesas y retos del resurgir de los pueblos como actores políticos”, El Cotidiano, junio de 1996, p. 45.
• “¿Y si regresan los pueblos?, problemas y perspectivas de la reconstitución”, México Indígena, núm. 2, 2003.
• Coordinador, con Julio Moguel, Sistemas jurídicos de la pluriculturalidad en México, México, Casa Juan Pablos / Universidad Indígena de Michoacán, 2004.
• “Las reformas juridicas sobre derechos indígenas: un largo y sinuoso camino”, en Julio Moguel, Sistemas jurídicos de la pluriculturalidad en México, México, Casa Juan Pablos / Universidad Indígena de Michoacán, 2004, pp. 123-134.
• “Irrumpen los pueblos. Primera parte. ¿Quiénes hablaron?”, en Víctor Manuel Meza Rodríguez (ed.), Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Identidad y organización indígenas de cara al siglo XXI, México, Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas-Coordinación General de Programas y Proyectos Especiales, 2007, pp. 13-30.
• “Seminario Institucional Interno. Mapa temático de la reconstitución y la reforma del Estado”, en Víctor Manuel Meza Rodríguez (ed.), Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Identidad y organización indígenas de cara al siglo XXI, México, Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas-Coordinación General de Programas y Proyectos Especiales, 2007, pp. 147-153.
• “Irrumpen los pueblos. Segunda parte. Estallidos”, en Víctor Manuel Meza Rodríguez (ed.), Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Identidad y organización indígenas de cara al siglo XXI, México, Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas-Coordinación General de Programas y Proyectos Especiales, 2007, pp. 199-228.
• “Tendencias de la sociedad civil en México: la puja del poder y la sociedad a fin de siglo”, en Alberto J. Olvera, (coord.), La sociedad civil: de la teoría a la realidad, México, El Colegio de México, 1999, pp. 157-216.
• “La Ciudad de México, instituciones y sociedad civil: Experiencias de una ciudad en transición”, en Cuaderno de la sociedad civil, México, Universidad Veracruzana y Fundación Ford, 2001.
• “Volver a pensar la sociedad y la política”, en Lucía Álvarez (coord,) La sociedad civil ante la transición, México, Plaza y Valdés, 2002.
• “En el amanecer del siglo: los desafíos a los derechos humanos”, en Manuel Canto Chac (ed.), Derechos de ciudadanía. Responsabilidad de Estado, Barcelona, Icaria, 2005, pp. 49-66.
• Coordinador, con Lucía Álvarez y Cristina Sánchez, Democracia y exclusión, caminos encontrados en la Ciudad de México, UNAM, UAM-A, UACM, INAH, Editorial Plaza y Valdés, 2006.
• “Democracias vacías: La apropiación por las elites del llamado gobierno del pueblo”, en Lucía Álvarez y Cristina Sánchez, Democracia y exclusión, caminos encontrados en la Ciudad de México, UNAM / UAM-A / UACM / INAH / Plaza y Valdés, 2006, pp. 31-42.
• “Después de julio. La modernidad a la mexicana”, en Metapolítica. La Mirada Limpia de la Política, núm. 48, vol. 10, 2006, pp. 65-73.
• “Dimensión política de los derechos económicos, sociales y culturales para América Latina”, en AA. VV., La dimensión política de los derechos económicos, sociales y culturales. Una invitación al debate, México, Terres des Hommes France-REMISOC, 2006, pp. 19-30.
• Coordinador, con Lucía Álvarez y Cristina Sánchez-Mejorada, La gestión incluyente en las grandes ciudades, México, UNAM / UAM-A / INAH / Juan Pablos Editor, 2010.
• “Pensar en tiempos de secas. Ciudadanías y democracias liberales en la ciudad glocal”, en Lucía Álvarez (coord.), Ciudadanía y nuevos actores en grandes ciudades, México, UNAM / UAM / Juan Pablos Editor, 2016, pp. 17-44.
• Coordinador, Historias para temblar: 19 de septiembre de 1985, México, INAH (colección Divulgación), 1987.
• “La muy noble y sacudida ciudad de México”, en Historias para temblar: 19 de septiembre de 1985, México, INAH (colección Divulgación), 1987, pp. 235-245.
• Editor, El patrimonio vivo y los pueblos. Los terremotos que conmovieron al INAH / Con- temporánea. Terremoto 19-S, Voces e imágenes, México, Secretaría de Cultura-INAH, 2019.
• “Contla busca su propio camino”, en El patrimonio vivo y los pueblos. Los terremotos que conmovieron al INAH / Con- temporánea. Terremoto 19-S, Voces e imágenes, México, Secretaría de Cultura-INAH, 2019, pp. 47-49.
• “¿Temblores de parto? La urgencia de un nuevo acuerdo para convivir”, en El patrimonio vivo y los pueblos. Los terremotos que conmovieron al INAH / Con- temporánea. Terremoto 19-S, Voces e imágenes, México, Secretaría de Cultura-INAH, 2019, pp. 87-93.
Publicaciones recientes
• Coordinador e introducción, con Enrique Montalvo, Entresiglos. Infancias, México, Bonilla Artigas Editores / INAH, 2023.
• Introducción “La infancia figurada. Los años cincuenta en la memoria”, en Entresiglos. Infancias, México, Bonilla Artigas Editores / INAH, 2023, pp. 11-14.
• “Memorias de la patria perdida”, en Entresiglos. Infancias, México, Bonilla Artigas Editores / INAH, 2023, pp. 117-139.
• Coautoría, con Diego Prieto, “El camino de la civilización maya”, en La Nación Maya: Gestación, devenir y resistencia. Maayáaj Lu’umkabal: U síijil, u pachk’iinil yéetel u muuk’ óolal, México, INAH, 2024.
* Docente investigador de la Dirección de Estudios Históricos-INAH.
[1] Del conjunto de textos, se extraen estos ejemplos: “La vida novohispana en el gobierno colonial y en las industrias”, publicado en 1990; “La formación del Estado en México, 1821-1834. Las utopías oligárquicas conocen sus límites”, en 1977; “El Estado y las politicas economicas en el porfiriato”, en 1981; “La construcción del Estado revolucionario”, en 1988 y “1983: el año del Leviatán”, en 2012.
[2] José Carlos Mariátegui, Siete ensayos sobre la realidad peruana, México, Era, 1979.
[3] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, t. 4, México, Era, 1986.
[4] Marcello Carmagnani, El Regreso de los dioses. El proceso de reconstitución de la identidad étnica en Oaxaca, siglos XVII y XVIII, México, FCE, 1988.
[5] Guillermo Bonfil Batalla, México profundo: una civilización negada, México, CIESAS / SEP,1987.
[6] “Del XVIII al XX en la Nueva España y lo que sigue siendo México (hasta nuevo aviso). Estado y régimen en los fines de siglo” y “Renacer liberal en el fin de siglo XX”, en 2013.
[7] “Reformar el Estado nación en la época posnacional”, en 2016.
[8] “La novedad de los antiguos: promesas y retos del resurgir de los pueblos como actores políticos”, publicado en el año 1996; “¿Y si regresan los pueblos?, problemas y perspectivas de la reconstitución”, en 2003; “Las reformas juridicas sobre derechos indígenas: un largo y sinuoso camino”, en 2004; y tres textos que aparecieron en una publicación colectiva del año 2007: “Irrumpen los pueblos. Primera parte. ¿Quiénes hablaron?”; “Seminario institucional interno. Mapa temático de la reconstitución y la reforma del estado”; y por último “Irrumpen los pueblos. Segunda parte. Estallidos”.
[9] “Tendencias de la sociedad civil en México: la puja del poder y la sociedad a fin de siglo”, en 1999; “En el amanecer del siglo: los desafíos a los derechos humanos”, 2005 y “Dimension politica de los derechos economicos, sociales y culturales para América Latina”, 2006.
[10] “La Ciudad de México, instituciones y sociedad civil: Experiencias de una ciudad en transición”, 2001; “Volver a pensarla sociedad y la política”, 2002; y en 2006 se publicaron “Democracias vacías: la apropiación por las elites del llamado gobierno del pueblo” y “Despues de julio. La modernidad a la mexicana”.
[11] Lucía Álvarez (coord.), ¿Una ciudad para todos? La ciudad de México, la experiencia del primer gobierno electo, México, UNAM-CIICH / UAM-A-División de Ciencias Sociales y Humanidades / Conaculta-INAH, 2002; Lucía Álvarez, Democracia y exclusión, caminos encontrados en la Ciudad de México, México, UNAM-CIICH / UAM-A, UACM / INAH / Plaza y Valdés 2006; Lucía Álvarez et al., La gestión incluyente en las grandes ciudades, México, UNAM-CIICH, 2010, y Ciudadanía y nuevos actores en las grandes ciudades, en el que colaboré con el ensayo “Pensar en tiempos de secas. Ciudadanías y democracias liberales en la ciudad glocal”, en 2016.
[12] Luis Barjau (coord.), Multitud de soledades. Crónicas de la pandemia, México, Secretaría de Cultura-INAH (Cátedra Carlos Monsiváis), 2022.
[13] Se registran las publicaciones referidas en la entrevista.
