El trabajo de campo: tres experiencias
ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 12:35:00 PMLourdes Villafuerte García*
Resumen
La autora reflexiona sobre las especificidades del trabajo de campo en el ámbito histórico. En su caso, el trabajo de archivo con documentos le reveló aspectos de las familias novohispanas, como vida cotidiana y manejo de los espacios urbanos. La revisión de mapas y planos de la ciudad daban una idea aproximada, pero —comenta la autora—, para tener conciencia del espacio, “había que poner el cuerpo en él”. Así, la autora reflexiona desde este territorio en base a tres experiencias, como investigadora, como docente y como vivencia personal en la festividad guadalupana; ello le permite discutir aspectos metodológicos de la investigación histórica y su enseñanza, observando mediante la caminata y el recorrido de las calles lo que perduraba y lo que había cambiado en usos, traza y distribución social de la población, en un ejercicio que combina la erudición histórica del periodo con imaginación creativa para reconstruir la experiencia del caminante. De este modo, el artículo nos cuestiona sobre el asunto de la experiencia de los espacios, desde la mirada de los sujetos de determinado momento histórico, develando una amplia discusión, abierta para historiadores de cualquier periodo.
Palabras clave: trabajo de campo, observación, metodología histórica, experiencia.
Abstract
The author reflects on the specificities of fieldwork in the historical field. In her case, archival research with documents revealed aspects of colonial families in New Spain, such as daily life and the use of urban spaces. Reviewing maps and plans of the city provided a general idea, but, as the author notes, to truly understand the space, "one had to experience it firsthand." Thus, the author reflects from this perspective, drawing on three experiences: as a researcher, as a teacher, and as a personal experience during the Guadalupe festival. This allows her to discuss methodological aspects of historical research and its teaching, observing, through walking and traversing the streets, what had endured and what had changed in terms of land use, layout, and the social distribution of the population. This exercise combines historical erudition with creative imagination to reconstruct the experience of the walker. Thus, the article questions our understanding of the experience of spaces from the perspective of individuals at a specific historical moment, opening up a broad discussion for historians of any period.
Keywords: fieldwork, observation, historical methodology, experience.
Cuando se hace referencia al trabajo de campo, nos viene a la mente la imagen de un arqueólogo excavando, o la de un antropólogo viviendo o visitando alguna comunidad rural o urbana observando a las personas, o bien, a un sociólogo levantando una encuesta. Pero cuando se dice que un historiador hace trabajo de campo es casi inconcebible, en razón de que se cree que no hay una liga entre el presente y el pasado; aunque hay que aclarar que la historia es una disciplina que estudia el proceso; es decir, el devenir de una sociedad a lo largo del tiempo. Si bien no es algo generalizado, el trabajo de campo puede concebirse para los historiadores de lo contemporáneo, pero ¿un historiador de épocas más remotas puede hacer trabajo de campo? La respuesta es sí, pues hay más huellas del pasado en el espacio de lo que suponemos.
Mi encuentro con el Centro de la Ciudad de México
Toda mi vida he recorrido el centro de la ciudad donde nací. Tuve más conciencia de él a los diez años, cuando comencé a moverme sola en sus calles. Más tarde, empecé a adentrarme en sus museos y bibliotecas, y tuve el placer de trabajar en la vieja sede del Archivo General de la Nación, en Tacuba 8. De tal manera que conozco bastante bien el espacio de lo que hoy se llama el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Desde que llegué a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, hace más de tres décadas, me ha dedicado al estudio de la familia o comunidad doméstica en la capital novohispana en los siglos XVII y XVIII; así que pasé años y felices días en trabajo de archivo. En 1992 inicié, junto con Sergio Ortega Noriega y Teresa Lozano Armendares,[1] una investigación para documentar la composición de la familia en el siglo XVIII en la capital novohispana. Hicimos mucho trabajo de archivo en fuentes judiciales.[2] Al leer cientos de causas, hasta completar 613 registros en una base de datos, logramos conocer con cierto detalle la vida diaria de muchas familias, tanto en su casa como en la calle. En efecto, las personas vivían mucho en la calle; tanto hombres como mujeres se desplazaban por las calles de la capital novohispana de manera cotidiana, ya fuera que trabajaran en la calle (vendedores ambulantes o acarreadores de cosas) o que se trasladaran a un taller, un obraje, una tienda, una oficina u otros lugares. En el caso de las mujeres hay que desterrar la idea de las mujeres encerradas, pues muchas de ellas trabajaban fuera de la casa para contribuir como proveedoras del hogar; desempeñando trabajos en el servicio, en el pequeño y mediano comercio, en diversos talleres artesanales y en la naciente industria (Real Fábrica de Puros y Cigarros); sin dejar de mencionar a grandes empresarias. El arduo trabajo de ama de casa requería de salir al mercado, a la carbonería, a acarrear agua, etcétera. Por otro lado, la gente salía a actividades religiosas y lúdicas: oír misa o rezar el rosario, a las tertulias, a pasear, a los toros, a la comedia y a “hacer visitas”. La vida en la calle era muy dinámica.
Con ese panorama, encontrábamos muchas referencias al espacio citadino; si bien las personas usaban ciertas referencias urbanas, así como la nomenclatura de las calles, no era fácil situarse, pues no teníamos a la mano la nomenclatura antigua y su equivalente en la moderna. El asunto se podía solucionar usando planos históricos, los cuales han sido publicados y estudiados por nuestros colegas de Historia Urbana. Nos hicimos de un plano gracias a Esteban Sánchez de Tagle, con lo cual fue más fácil ubicar a nuestros sujetos; aun así, no teníamos plena conciencia del espacio.[3] Era necesario poner nuestros propios cuerpos en él.
Primera experiencia
Animados por Teresa Lozano, comenzamos a hacer “recorridos”, de manera ordenada por el Centro de la Ciudad de México, lo cual constituía un verdadero trabajo de campo. Según los estudios de nuestros amables colegas de Historia Urbana, y más tarde del Seminario de Censos, hubo en la ciudad una reforma administrativa en 1782 que la dividió en ocho cuarteles mayores, cada uno de los cuales estaba dividido, a su vez, en cuatro cuarteles menores; de tal manera que había 32 cuarteles menores.[4] Decidimos utilizar como unidad visitable el cuartel menor. Para disponer la visita, Sergio Ortega dibujó los planos por cada uno de los cuarteles con los nombres de las calles en la nomenclatura antigua, acompañado de una lista con la nomenclatura moderna; con esos planos en la mano, sombrero, cámara fotográfica, papel y lápiz, nos lanzamos a la aventura de caminar cada una de las calles del casco antiguo de la Ciudad de México. Este trabajo de campo nos tomó año y medio, con sesiones cada quince días con una duración de cuatro horas.
Si bien el centro era parte de nuestras vidas, no habíamos lanzado esta liga hacia el pasado con respecto al espacio; gracias a que pusimos nuestros cuerpos en el espacio, tuvimos por primera vez la percepción de la verdadera dimensión de la ciudad en el siglo XVIII: es enorme cuando la recorre uno a pie, como lo hacían nuestros antepasados.
La traza de la ciudad se conserva casi intacta, ciertamente hay algunas calles que se abrieron en el siglo XIX. En la parte central la cuadrícula es perfecta, pero cuando llega uno a las “afueras” el espacio cambia un poco. Por otro lado, encontramos algunos contrastes; por ejemplo, en el cuartel menor 5 abundan los palacios,[5] lo cual nos da la pauta para pensar que, hacia finales del siglo XVIII, algunas partes de la ciudad se iban diferenciando de otras, de acuerdo con la posición de sus habitantes.
La Plaza Mayor era, sin duda, un punto importante, de tal manera que mientras más cerca se estaba de la plaza mejores construcciones había, esto lo intuimos por la observación que hicimos, lo cual fue corroborado tiempo después por la investigación de María Gayón y, en general el trabajo de los colegas de Historia Urbana.[6]
De otro lado, podíamos hacernos una idea de las distancias que las personas recorrían para ir de un lado a otro; un ejemplo es el recorrido que una gran cantidad de mujeres hacía para ir a la Real Fábrica de Puros y Cigarros, primero en la Lagunilla y después en la Ciudadela. Fue un fenómeno comentado como algo extraño: ver a tal cantidad de mujeres caminando por las calles para ir a la fábrica causaba temor.[7] En algunos casos de adulterio, un señor podía vivir con su esposa en el rumbo de la Lagunilla y tener una amante en la calle de Regina, lo cual pasaba inadvertido debido a la lejanía de ambos lugares. Por otro lado, al examinar una gran cantidad de documentos donde las personas referían diversos lugares, con nuestro trabajo de campo podíamos determinar dónde estaban tales lugares; en otras ocasiones se hablaba claramente de ciertos recorridos, por ejemplo, cuando una persona iba huyendo del asedio de alguien o para buscar el refugio (generalmente en la iglesia de San Miguel Arcángel).
En los expedientes que analizamos aparecían muchos elementos que los novohispanos de la Ciudad de México usaban como referencia, tales como fuentes, iglesias, plazas, la casa de algún personaje, la estampa o la hornacina de algún santo o de la Virgen, una instalación militar, entre otros, lo cual nos da idea de la manera en que se orientaba la gente en la gran ciudad.
En nuestras incursiones, algunos transeúntes nos dieron información valiosa acerca de algún edificio, como la Aduana vieja, la cual actualmente es una vecindad, pero conserva un elemento inconfundible: los portales. En ocasiones entramos, pidiendo permiso, a los patios de las vecindades; hay que decir que abundan las vecindades en buen estado en la calle de Mesones; también logramos ver las accesorias que aún existen en los edificios antiguos, como las del palacio de los condes de Santiago de Calimaya o las del Colegio de las Vizcaínas. Estas experiencias nos dan una idea muy cercana acerca de la vivienda de la antigua Ciudad de México.
Al terminar de recorrer la casi totalidad casco antiguo de la ciudad, decidimos seguir ciertos itinerarios que habíamos logrado dilucidar con precisión, el itinerario de la ejecución de los autores de la masacre perpetrada en la casa del comerciante don Joaquín Dongo, donde fueron asesinadas las once personas presentes en la casa. Pusimos nuestros cuerpos en movimiento desde la prisión de donde salieron los condenados a muerte, en la puerta Mariana del Palacio Virreinal para recorrer las calles del Reloj (Seminario), Cordobanes (Donceles), calles de Santo Domingo (República de Brasil), Medinas y calle del Águila (República de Cuba), calle del Factor (Allende), calle de Vergara (Bolívar), calle de San Francisco (Madero) hasta llegar al Zócalo o Plaza de la Constitución de 1812. La experiencia resultó fascinante, pues tuvimos idea no sólo del significado de un acto de vergüenza pública, sino de las procesiones de Corpus Christi de la época colonial, así como las llegadas a la ciudad de virreyes, obispos y otros dignatarios, pues el camino real de entrada, desde la Villa de Guadalupe es la actual calle de República de Brasil. Otra rica experiencia fue el recorrido que implicó un ataque a puñaladas perpetrado por el rico comerciante don Lorenzo García Noriega, presa de los celos, contra el joven don Pedro Rangel, conde de Alcaraz, quien coqueteaba con su mujer.[8]
Estos recorridos son verdaderas experiencias de campo, en tanto nos ponemos en situación de que lo que estamos viendo y experimentando, con suficiente información del contexto colonial y sus referentes culturales, podemos literalmente “ponernos en los zapatos” de nuestros sujetos para tratar de experimentar la manera de concebir y de vivir el espacio en el siglo XVIII. Así, podemos acceder a mayor información tomando en cuenta el espacio. Pudimos imaginar, con base en información de archivo, lo dinámica que era la ciudad con gente en las calles transitando, trabajando, vendiendo y comprando, paseando, huyendo, etcétera.
Segunda experiencia
La segunda experiencia con el trabajo de campo se da en el ámbito de la docencia. Impartí un seminario taller en la Facultad de Filosofía y Letras titulado “Tratamiento de Fuentes y Herramientas para la Historia Cultural”, donde enseñé a los alumnos la utilización de algunas herramientas que les ayudaran a enfrentarse a las fuentes: la lectura de documentación de varios tipos (documental y de imagen), conocimiento de los procedimientos judiciales para la lectura de fuentes y el trabajo de campo.
El trabajo de campo que hice con mi grupo de colegas para recorrer ciertos itinerarios, como el de la ejecución de los asesinos de Dongo, lo llevé a la clase del Seminario-Taller. Di a leer a los alumnos una selección del caso, donde ensayamos cinco niveles de lectura con el fin de que ellos se familiarizaran con el lenguaje y aprendieran, con base en ejercicios en los que ellos tenían que hacer preguntas, a leer a fondo un documento; al estar en contacto con el documento, introduje el conocimiento de la técnica jurídica en una causa criminal, lo cual abría el panorama y la calidad de las preguntas; lo siguiente era hacer el trabajo de campo.
Habiendo leído y estando ya más adentrados en el conocimiento del documento y varios elementos de la cultura colonial mexicana, nos lanzábamos juntos a hacer el recorrido de la ejecución de los condenados a muerte. Los alumnos respondían muy bien a este ejercicio, después de haber desterrado las nociones de “caminata” o “visita guiada”, para posicionarlo como trabajo de campo. Surgían preguntas de todo tipo, algunas muy simples, pero que manifestaban curiosidad, y otras mucho más elaboradas.
Uno de los aspectos más ricos es que los estudiantes podían ponerse en la situación de los reos, del público que asistió a la ejecución, de las autoridades, y hasta del verdugo; pusieron sus cuerpos en los mismos lugares y pudieron ponerse en contacto con el ambiente, con la algarabía, con la indignación de la gente, con el miedo de los reos próximos a la muerte, con la satisfacción de las autoridades; pero también con el lenguaje simbólico (reos vestidos de luto, montados en mulas igualmente enlutadas; “ejecución de las armas” por mano de verdugo y la mutilación de las manos derechas de los tres asesinos). En el camino, percibieron con sorpresa una gran cantidad de información escrita en los muros de los edificios; descubrieron también ciertos elementos como estampas, hornacinas, fuentes, el recuerdo del agua en los puentes. Los alumnos lograron ponerse en contacto con la antigua y enorme ciudad, incluso, en algún momento, se preguntaron por los olores de la ciudad dieciochesca.
En la clase leímos un caso que implica los sentimientos de las personas: este caso lo protagonizan don Lorenzo García Noriega, apodado “El Viejo Noriega”, quien era el marido ofendido; don Pedro Rangel, conde de Alcaraz, a quien por su juventud le llamaban “El Condecito”; este joven coqueteaba con doña Francisca Pérez Gálvez, mujer de Noriega y nieta del conde de la Valenciana a quien llamaban “Pachita”. Harto de las faltas de respeto del Condecito, una noche lo busca después de una función de teatro y lo apuñala. En el curso de la función, don Lorenzo saca violentamente a su esposa del teatro y la lleva a su casa, en la calle de Don Juan Manuel, de donde sale sin capote y armado, regresando al teatro hasta encontrar al conde y atacarlo, tras lo cual regresa a su casa por el mismo camino.
En la deposición de los hechos por parte de los dos hombres involucrados, don Lorenzo trata de introducir elementos atenuantes para escapar de la acción de la justicia, entre ellos, una pérdida de la razón provocada por la ira. Pero el trayecto de ida y vuelta que siguió un Noriega lleno de ira es de entre 1000 y 1200 metros: Coliseo y Colegio de Niñas (Bolívar); Cadena y Capuchinas (Venustiano Carranza); Monterilla (5 de Febrero) hasta la calle de Don Juan Manuel (República de Uruguay). Con base en estos datos, la pregunta que guiaba el trabajo de campo era: ¿es posible que una persona siga presa de la ira después de recorrer 1200 metros a pie? Hicimos el trabajo sin llegar a una conclusión determinada en un sentido o en otro; algunos alumnos estaban de acuerdo conmigo en que la ira se asienta con una caminata como aquélla, mientras que otros validaban la pérdida de la razón debido a la ira; pero lo cierto es que los alumnos se pusieron en contacto con la sensibilidad y la subjetividad de un hombre celoso.
En algún momento, nos topamos con una coladera maloliente, lo cual hizo a uno de los muchachos preguntarse por el olor de la ciudad en la época novohispana. Muchos de los elementos que he mencionado salieron de las preguntas y comentarios durante los recorridos o de sus reportes de trabajo, los cuales eran de gran calidad, y todos eran muy elocuentes acerca de la utilidad de este ejercicio. Es muy notorio que todos pusimos nuestra subjetividad y la trasladamos a un plano histórico para ponernos en contacto con la subjetividad de ese otro que es nuestro antepasado, aquél que movió su cuerpo por los mismos lugares.
Tercera experiencia
La tercera experiencia implica mi propia vivencia en un asunto que me sorprendió mucho: la peregrinación a la basílica de Guadalupe. La visita devocional a la poderosa imagen de la virgen de Guadalupe era una práctica consuetudinaria en mi familia; desde niña iba con mis padres y abuelos en peregrinación al principal templo mariano de México. Es decir, peregriné muchas veces a lo largo de mi vida; sin embargo, nunca había hecho trabajo de campo tomando como lugar de éste a la basílica de Guadalupe.
En 2019, la antropóloga María Elena Padrón nos invitó a Mario Camarena y a mí para participar en un libro colectivo acerca de la religiosidad popular; decidimos hacer una reflexión acerca del acto de peregrinar a la basílica de Guadalupe, por lo cual vimos la necesidad de realizar el recorrido tradicional de la glorieta de Peralvillo al santuario mariano no como peregrinación sino como trabajo de campo.[9]
Iniciamos la caminata a las 7 de la mañana, observando con atención las actitudes de los peregrinos, los objetos que portaban, si iban acompañados o solos, así como sus actitudes corporales que denotaban devoción. Lo primero que llamó mi atención es que, a pesar de la hora, había ya varias personas reunidas para peregrinar; algunos metros más adelante vimos a un peregrino caminando inclinado en sus cuatro extremidades cargando un cuadro de la virgen de Guadalupe, al avanzar en el camino encontramos a un hombre de mediana edad que caminaba descalzo como forma de penitencia, otros peregrinos llevaban un altar completo de madera, lo cual requería de varias personas para cargarlo. Muchos peregrinos iban en silencio, pero otros iban cantando o rezando.
Al llegar a la basílica, entramos a la banda transportadora que permite observar la imagen de cerca, donde notamos que muchas personas expresaban asombro, admiración, aflicción; en ocasiones ese cúmulo de emociones se manifestaban en el llanto. Al salir hacia el quemadero de veladoras, donde hay una imagen de bulto de La Guadalupana, vimos algo insólito: una señora que iba con su familia, encendió una veladora, la restregó en el vidrio que resguarda la imagen para después pasarla por el cuerpo de cada uno de sus familiares, en un acto que parecía una “limpia”. Las variadas y ricas formas que adquiere la religiosidad popular, por momentos llega a la frontera de la superstición o la magia; sin embargo, hay que tomar en cuenta que, parafraseando a Darnton, las personas, en lugar de acudir a los conceptos religiosos, muestran su fe utilizando las cosas y todo lo que su cultura le ofrece, como el agua para hacer abluciones, el fuego y las flores para hacer ofrendas, el tacto con las imágenes es una de las manifestaciones más complejas, pues denota una especie de transferencia de ciertos dones; de ahí que frotar a su familia con un objeto que se ha puesto en contacto con una imagen sagrada, los limpia, los purifica.[10] El caso es que, a pesar de ser recurrente (no sé en qué medida), nunca me había percatado de este tipo de acto, lo cual me da la perspectiva de que las personas ponemos atención en los actos devocionales y no miramos a los otros peregrinos; en cambio, cuando va uno a observar con atención a las personas, lleva otra sensibilidad y otra manera de mirar.
Epílogo
El espacio citadino que hoy llamamos Centro Histórico y que fue la Ciudad de México del siglo XVIII conserva su legendaria traza con muy pocos cambios, de tal manera que se pueden localizar lugares y seguir itinerarios que nuestros antepasados hicieron. Como historiadores que queremos conocer y ensayar explicaciones acerca del funcionamiento de una sociedad, no podemos prescindir del análisis de nuestros sujetos en el espacio; pues éste, aunque físicamente puede ser, en apariencia, “el mismo”, la manera en que los pobladores lo viven y la idea que de él tienen es una construcción que tiene características diferentes a lo largo del tiempo. Las nociones de “lejos” y “cerca”, las referencias urbanas, la noción de “calle principal” o de “camino real” o “lugar sagrado” tienen variaciones según los referentes culturales de un momento histórico determinado.
Lo que comienza como un simple “recorrido”, adquiere complejidad cuando encuentra uno en su caminar indicios del pasado y se adentra en ese ambiente; es cuando las lecturas, tanto de documentación como de libros, adquieren sentido: los palacios y las vecindades nos ponen en contacto con la posición de la Ciudad de México como joya de la Corona, las fuentes, las acequias, los puentes, el embarcadero, la cercanía del lago nos dan la medida de cómo y por qué hemos perdido, casi en absoluto, la noción de una ciudad rodeada de agua. La traza misma, a partir de una plaza, denota la noción de orden y de control de la Corona.
Lo que nos interesa del espacio es cómo lo concibe y cómo lo vive un sujeto en cierto momento histórico y, al echar ese lazo desde el presente hacia el pasado, nuestro punto de comparación es nuestro propio uso social del espacio, para hacer un viaje desde el presente hacia el pasado para volver de regreso al presente, en un paseo dialéctico que nos muestra los cambios y continuidades y nuestro propio papel como sujeto histórico que lo vive en un momento dado, lo cual determina, de alguna manera, cómo miramos el espacio en el pasado. Parece un trabalenguas, pero es más bien la complejidad del asunto. La enseñanza de este aspecto lleva a los alumnos a comprender no sólo que tal trabajo de campo es posible para los historiadores, sino que tomar en cuenta este aspecto los lleva por el sendero de hacer nuevas y mejores preguntas de investigación.
Los lugares con un intrínseco valor simbólico, como la plaza del Zócalo y la basílica de Guadalupe, demandan de una reflexión acerca de las formas que miramos y valoramos estos espacios, los dos sujetos más evidentes son las instituciones de poder (Iglesia y Estado) y el pueblo. Las instituciones tratan de imponer cierto control sobre esos espacios desde el punto de vista de “la autoridad”: orden en la plaza y ortodoxia religiosa en el santuario; pero ambos se enfrentan con una concepción popular que rechaza tal control utilizando caminos muy imaginativos, de tal manera que por momentos la autoridad debe ceder ante el empuje popular que se apodera de la plaza o la Iglesia tiene que tolerar o convivir con manifestaciones de piedad popular bastante heterodoxas.
Si pensamos acerca de estos problemas en el pasado, vemos que la cuestión es saber cuáles eran las diferentes concepciones de un espacio simbólico y cómo se lo pensaba; es decir, saber cuáles son los referentes culturales alrededor de un espacio en un momento determinado. Sigamos caminando y reflexionando.
* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Los tres constituimos el Seminario de Historia de las Comunidades Domésticas, que funcionó de 1992 a 2017.
[2] Revisamos los siguientes fondos documentales del Archivo General de la Nación: Criminal; Inquisición, Bienes Nacionales y Matrimonios; del Archivo Histórico del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal consultamos la sección Penales.
[3] El plano está publicado en tamaño reducido en Esteban Sánchez de Tagle, Los dueños de la calle. Una historia de la vía pública en la época colonial, México, INAH / Departamento del Distrito Federal, 1997, 272 pp., ilus., planos.
[4] Sonia Lombardo de Ruiz et al., Territorio y demarcación en los censos de población. Ciudad de México 1753, 1790, 1848, 1882, México, INAH / UACM / Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas / Centro de Investigación en Geografía y Geomática “Ing. Jorge L. Tamayo”, 2009, 374 pp., ilus., planos, pp. 92-94.
[5] En el cuartel menor cinco abundan los palacios; este cuartel limita al norte con la calle de San Francisco (Francisco I. Madero), al sur con la calle de Regina, al oriente con el portal de Mercaderes y su continuación las calles de la Monterilla (5 de febrero) y al poniente la calle del Coliseo (Bolívar). Lombardo de Ruiz et al., op. cit.
[6] María Gayón Córdoba, 1848. Una ciudad de grandes contrastes. I. La vivienda en el censo de población levantado durante la ocupación militar norteamericana, México, INAH, 2013, 340 p., ilus., cuads., fotos, planos. Véase la obra de Sonia Lombardo de Ruiz, Guadalupe de la Torre Villalpando, María Gayón Córdova, Dolores Morales Martínez, Carlos Aguirre Anaya, Jorge González Angulo y otros colegas, ya citada.
[7] Amparo Ros Torres, “Una nueva organización de los cigarreros” en Seminario de Historia de las Mentalidades: casa, vecindario y cultura en el siglo xviii. Memoria del Sexto Simposio de Historia de las Mentalidades, México, INAH (col. Científica, serie Antropología Social, 349), 1998, 392 pp., cuads. pp. 55-64.
[8] Lourdes Villafuerte García, “Por las coloniales calles del crimen”, Historias, núm. 70, mayo-agosto. México, Dirección de Estudios Históricos, INAH, 2008, pp. 103-111.
[9] Mario Camarena Ocampo y Lourdes Villafuerte García, “Memoria y religiosidad popular: la peregrinación a la basílica de Guadalupe”, en María Elena Padrón Herrera (coord.), Religiosidad popular como resistencia social: luchas de poder y refugios de identidad, México, Universidad Intercontinental / Misioneros de Guadalupe, 2019, 158 pp., pp. 63-80.
[10] El texto original es: “Pero en vez de formular proposiciones lógicas, la gente piensa utilizando las cosas y todo lo que su cultura le ofrece, como los cuentos o las ceremonias”. Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, trad. de Carlos Valdés, México, FCE (Sección de Obras de Historia), 2002, 272 pp., p. 11.
