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Caminar las fuentes: el Valle del Mezquital entre el archivo y la práctica etnográfica

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 12:28:00 PM

Annia González Torres*

 

Resumen

En estas líneas se presenta una reflexión generada a partir de la premisa de “Caminar las fuentes” y nos lleva a los orígenes y definición de lo que se convirtió en mi tema de investigación. Se presenta una semblanza de los inicios de su delimitación y la forma en que se vivió el contacto con la comunidad y su dinámica religiosa expresada en devociones y festividades.

Palabras clave: Ixmiquilpan, devoción, festividades.

 

Abstract

These lines present a reflection stemming from the premise of "Walking the Sources," leading us to the origins and definition of what became my research topic. They offer an overview of the initial stages of its delimitation and how contact with the community and its religious dynamics, expressed in devotions and festivities, was experienced.

Keywords: Ixmiquilpan, devotion, festivities.

 

La labor del historiador nos refiere, comúnmente, a las bibliotecas y los archivos, así que cuando recibí la invitación de Lulú Villafuerte para participar en el ciclo de conversatorios titulado “Caminar las fuentes”, inevitablemente me hizo pensar en los orígenes de mi interés en lo que se convertiría en mi tema de investigación. También me llevó a reflexionar sobre la imagen del historiador como un ratón de archivo, ¿cómo nos encontramos con las fuentes? ¿Cómo recorremos los caminos que nuestros sujetos históricos recorrieron? Es tema de esta reflexión. Durante algunos años me he dedicado a estudiar una región del actual Estado de Hidalgo, el llamado Valle del Mezquital, que se compuso de cinco jurisdicciones: Ixmiquilpan, Actopan, Tetepango, Tula y Jilotepec.

 

Esta historia inicia con Ixmiquilpan, que en el periodo novohispano fue una cabecera administrativa y de doctrina con población india, mayoritariamente otomí. La primera vez que fui, quedé maravillada con el complejo conventual, es asombroso, construido con el más puro estilo plateresco. El convento de San Miguel Arcángel tiene una bóveda de cañón corrido enervada, almenas, contrafuertes y arcos de medio punto, y una pintura mural sobre la que se han escrito muchos trabajos y ha sido fuente de diversas interpretaciones que han oscilado entre dos posturas principales: una representación de la guerra justa contra los indios infieles o como una muestra de la persistencia de las creencias idolátricas.[1]

 

Sin duda, me interesó y pensé que este complejo conventual podía ser el tema de mi tesis de licenciatura, esto me llevó a una primera investigación de archivo y a encontrarme que, cuando se aborda estas etapas tempranas de la historia colonial, podemos hallarnos frente a una escasez de fuentes. Así que el tema comenzó a crecer poco a poco, y me enfoqué en conocer la historia social, económica y religiosa de esta cabecera desde 1550-1760. Un trabajo de esta naturaleza nos lleva de forma obligada al Archivo General de la Nación, pero también a los archivos locales. Especialmente quería consultar el archivo parroquial, que en ese tiempo no se encontraba digitalizado, por lo que el procedimiento para lograr su consulta era solicitarla al párroco de la iglesia. Esa fue mi primera inmersión en la localidad. Y en donde inicia la reflexión de “Caminar las fuentes”. No encontré al párroco en mi primer intento, en el segundo me aconsejaron esperar a que volviera. Durante un par de días me senté a observar la dinámica local, el ir y venir de la gente, la dinámica de los días de mercado y el repique de las campanas que llamaban a misa.

 

Cuando logré entrevistarme con el párroco de la iglesia muy amablemente accedió a permitirme la consulta del archivo, me concedió acceso a la sacristía para que pudiera revisar los libros. Así, en un horario de 9 a 2 y 16 a 19 horas, permanecí en la sacristía consultando los documentos sacramentales. Pude escuchar la dinámica de la iglesia, las pláticas entre sacerdotes y, en especial, los preparativos para una de las festividades más importantes de la localidad, las dedicadas al Señor de Jalpan.[2] En ese momento me interesó sobre manera, puesto que eclipsaba a la festividad de San Miguel Arcángel, que es el Santo Patrono del pueblo.

 

Al ser esa situación tan sugerente, incluso para alguien no versado en el tema como yo en aquel momento, comencé a preguntar a los vecinos sobre la imagen. Así, en el actuar de la memoria colectiva, aunque con ciertas variaciones, se recordaba que este Cristo había llegado a la localidad en 1770. Algunos decían que la imagen había sido otorgada para sustituir al Cristo de Ixmiquilpan, imagen milagrosa de la región del Cardonal que, según su tradición, se renovó a sí misma en 1621. Otros contaban que la imagen iba con destino a la hacienda de Jalpan y que al pasar por Ixmiquilpan se tornó “pesada” y no fue posible moverla. Esto es un lugar común, desde la tradición medieval, en las narraciones de imágenes milagrosas que escogen su lugar de residencia.[3]

 

Lo primero que hice, después de esto y de empezar a ver los preparativos de las festividades que te llevan a otro espacio, a vivir un espacio y un tiempo festivo bastante alejado de lo que podría ser la cotidianidad, es un momento de ruptura, me fui a tratar de buscar en las fuentes a esta imagen en el siglo XVII. Y me topé, al menos por unos años, con un callejón sin salida. Porque no había manera de rastrear, no había forma de ver si esa imagen había tenido un culto activo en el siglo XVII, finales del siglo XVIII a principios del XIX. Estaba frente a una imagen con una considerable devoción, por demás interesante de construir históricamente. A esta imagen se le reconocía como protectora de la comunidad durante la Guerra cristera y, por eso, los pobladores le habían otorgado el título de “Generalísimo” y era común que el presidente municipal, junto con el párroco, le colocara la banda presidencial, previo a sus festividades.[4] Obviamente las festividades son asombrosas. Si algún día pueden acercarse, vayan. Es un tiempo festivo dilatado, pero lo principal es el 7 de septiembre. Si quieren llegar a Ixmiquilpan, deben llegar un poco antes del mediodía, porque después se cierran las entradas y no hay forma de acceder. Esto incluye una gran procesión hacia diversos barrios que están dentro del pueblo y se señalan los trayectos a través de los tapetes de aserrín, de arcos florales, arcos de semilla que son, en muchos sentidos, una ofrenda para la imagen, para que otorgue la bendición a la comunidad en el siguiente ciclo, en el siguiente año.

 

En este tipo de actividades participa toda la localidad, principalmente liderada por las mayordomías de las distintas iglesias. La elaboración de tapetes y arcos comienza muy temprano para que esté lista a las siete de la noche, cuando inicia la misa de la imagen, y para entonces todos los arcos y lo tapetes deben estar ya preparados. La que se colocaba al frente de la iglesia era la de la localidad o la mayordomía principal que estaba apoyando ese año a la festividad del Señor de Jalpan. Por allá de las 5 de la tarde comenzaban a verse las imágenes que se trasladaban desde otras iglesias para acompañar al Señor de Jalpan en su procesión.

 

La misa comienza a las siete de la noche, acto seguido sale la procesión y, generalmente, viene de regreso alrededor de las tres de la mañana. Es un recorrido muy largo, durante todo el tiempo se queman cohetes, se le ofrecen alimentos en el camino, porque es un largo trayecto. Eso fue lo que pude ver en un año. En otro año pude ver cómo iniciaban las festividades y era con la llamada “ceremonia de la luminaria”,[5] que tiene lugar el 14 de agosto y se llama así porque encienden una serie de antorchas y también se colocan velas adentro de vasijas de barro alrededor de la barda atrial. Esta celebración litúrgica suele darse en idioma otomí y conmemora el momento en el que llega la imagen al pueblo, mientras que su decisión de permanencia es recordada con la festividad del 7 de septiembre.

 

Después de años en los que yo me había dado por vencida en mi interés por historiar esta devoción, había escrito un par de textos con un corte más antropológico sobre lo que era la festividad, encontré un documento. En ese momento me encontraba escribiendo mi tesis de maestría sobre las reformas borbónicas y, francamente, ya no me encontraba trabajando a esta devoción. Fue entonces cuando, en un feliz hallazgo de archivo, me encuentro con un documento en el ramo Inquisición que es el caso de una mujer mulata que fue acusada junto a su padre de confesión por ilusos en 1778. Esa es la locución jurídica a través de la cual se denominaba a quien fingía tener revelaciones, locuciones con seres celestiales o demoníacos. Este es uno de los procesos inquisitoriales por este delito que se conservan completos en el Archivo General de la Nación, y resulta en verdad atípico por tratarse de una mulata, quien se presentaba como receptora de la gracia divina. Lo común es que las calidades que se vinculan con estas prácticas sean criollas o españolas. En este caso fue una mulata y uno de los aspectos más relevantes es que todas las visiones que ella afirmó tener estaban relacionadas con la imagen del Señor de Jalpan. Este proceso inquisitorial contiene muchas declaraciones de testigos y, sin lugar a duda, nos da muestras de que había un culto activo a esta imagen en ese periodo, y que se encontraba bastante extendido. A esta mujer mulata llamada María Cayetana Loria se le revelaba el Señor de Jalpan en forma de un joven clérigo. Que en una de sus comunicaciones le dijo que venía de Jalpan. Esta aparición se dedicaba a hacerle revelaciones, a consolarla en sus penas, a darle directrices espirituales, etcétera, una variedad bastante interesante, que constituía el primer referente histórico de esta devoción.[6]

 

De nueva cuenta, años después, cuando me encontraba trabajando con el ramo Ayuntamientos del AGN, para un proyecto sobre cultura política, encontré unos préstamos que había hecho una cofradía dedicada al Señor de Jalpan al ayuntamiento, en ese tiempo, para obras públicas. En lo que va de 1827 a 1832 hay evidencia de tres préstamos que se hicieron de la cofradía del Señor de Jalpan hacia el ayuntamiento —ya independiente— de la localidad. En ese punto, poco se sabía sobre en qué momento surgió la cofradía dedicada a tal devoción. Un tiempo después, cuando trabajaba el archivo en microfilm, el fabuloso acervo en microfilm que tenemos en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología, encontré el libro de fábrica de la parroquia, en el cual se asentaron cuentas que refieren que en 1797 se había realizado un importante préstamo por parte de la cofradía del Señor de Jalpan hacia la parroquia. Así, podemos ver que la difusión de la devoción data del siglo XVIII, tal y como se conserva en la memoria colectiva, y se consolidó con la creación de una cofradía bajo su advocación.

 

Poco después, trabajando también los censos de cofradías, observé que para esas fechas la cofradía de San Miguel Arcángel había desaparecido. O, al menos, ya no se reflejaba en la documentación del periodo.[7] Que, como mencioné anteriormente, es el santo patrono del pueblo, una situación bastante interesante en el estudio de las devociones locales. Así, con ese recorrido, pude en este momento de la presente narración afirmar que no solo existió un culto activo a tal imagen, sino que la devoción fue de tanta importancia que se fundó una cofradía en su honor, la cual, al menos en caudales y bienes, llegó a sustituir la del santo patrono y se mantuvo durante el periodo independiente. Tenemos ahí un vacío, momentos en el tiempo en el que el rastro se pierde, pero vuelve a aparecer durante la Guerra cristera, cuando es reconocido como el protector de la comunidad y, por eso, ahora en su festividad luce la banda presidencial.

 

Yo, sin duda, me asumo un tanto como el ratón de archivo que mencioné al principio de este escrito. Pero la historia que les referí aquí fue la semilla que originó todo, el punto desde donde se perfilaron mis investigaciones posteriores, hacia la cultura política o la religión, sobre Inquisición o los discursos de la transgresión, siempre tienen como referente la comunidad, las calles por las que transitan los pobladores que han construido esta memoria colectiva, muy tejida por símbolos de identidad colectiva, como las imágenes religiosas.

 

* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Al respecto, véanse David Charles Wright Carr, “Sangre para el sol: las pinturas murales del siglo XVI en la parroquia de Ixmiquilpan, Hidalgo”, Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. Correspondiente de la Real de Madrid, t. XLI, México, 1998, pp. 73-103; Serge Gruzinski, “Entre monos y centauros. Los indios pintores y la cultura del Renacimiento”, en Nuevo Mundo Mundos Nuevos [en línea], París, Bibliothèque des Auteurs du Centre, 2005, disponible en https://doi.org/10.4000/nuevomundo.617, consultado el 21 de enero de 2024; Annia González Torres, “Los murales de la iglesia de San Miguel Arcángel en Ixmiquilpan, Hidalgo. ¿Muestra de evangelización o idolatría?”, Pensamiento Novohispano, núm. 21, 2008, pp. 113-122; Víctor Manuel Ballesteros García, La iglesia y el convento de San Miguel Arcángel de Ixmiquilpan, Hidalgo, Pachuca, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2009; y Arturo Vergara Hernández, Las pinturas del templo de Ixmiquilpan. ¿Evangelización, reivindicación indígena o propaganda de guerra?, Pachuca, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2010.
[2] Sobre la festividad de la imagen, véanse Alicia Galicia Gordillo, “Identidad, fiestas y manejo del espacio cultural en algunas comunidades otomíes de Ixmiquilpan en el estado de Hidalgo” tesis de doctorado, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, 2002; Alicia Galicia Gordillo y Sergio Sánchez Vázquez, Cristos y cruces en la cosmovisión otomí de Ixmiquilpan, Hidalgo, Pachuca, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2002; y Annia González Torres, “El Señor de Jalpan: un símbolo de identidad colectiva en Ixmiquilpan, Hidalgo”, Navegando, año 2, núm. 3, México, 2009, pp. 24-31.
[3] Véanse los textos de Antonio Rubial García, “Cuerpos milagrosos. Creación y culto de las reliquias novohispanas”, Estudios de Historia Novohispana, núm. 18, México, 2009, pp. 13-30; y “Construyendo el paraíso o cubriendo necesidades: las imágenes milagrosas de la ciudad de México en el Zodiaco mariano (1600-1755)”, en María del Pilar Martínez López-Cano (coord.), De la historia económica a la historia social y cultural. Homenaje a Gisela von Wobeser, México, UNAM-IIH, 2015, pp. 293-314.
[4] Este hecho, según la memoria colectiva, se remonta al año de 1947 y no sólo es observable durante la procesión, sino que se realizaba con un acto ceremonial y se difundía en medios escritos, como sucedió en 2013, cuando el edil Cipriano Chávez Pedraza le colocó la banda y la fotografía se difundió en periódicos locales como El Informador.
[5] Véase Omar Santiago, “La luminaria es una tradición indígena y de las mayordomías en Hidalgo”, El Sol de Hidalgo [en línea], 15 de agosto de 2023, Pachuca, disponible en https://www.elsoldehidalgo.com.mx/local/la-luminaria-es-una-tradicion-indigena-y-de-las-mayordomias-en-hidalgo-10538426.html, consultado el 21 de enero de 2024.
[6] Respecto a la imagen del Señor de Jalpan en el siglo XVIII, véase Annia González Torres, “Memoria e identidad: La devoción al Señor de Jalpan en Ixmiquilpan, siglo XVIII”, en Fernando López Aguilar y Haydeé López Hernández (ed.), Identidad y territorio en la Teotlalpan y la Provincia de Jilotepec, Pachuca, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, 2015, pp. 161-203.
[7] Sobre las cofradías de Ixmiquilpan en el siglo XVIII, véase Annia González Torres, “Entre tradición y modernidad: cofradías y el Reglamento de bienes de comunidad en Ixmiquilpan a finales del siglo XVIII”, Historias, núm. 96-97, México, 2017, pp. 13-35.