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Andar las fuentes y repensar la ciudad: la interpretación documental y el barrio de La Lagunilla

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 19:10:00 PM

Clementina Battcock Lisi*

 

Resumen

A través de un breve recorrido por los momentos del ejercicio histórico, la autora reflexiona específicamente sobre el uso de las fuentes y el trabajo de campo, fundado en el principio de “caminar las fuentes”, recorrer el espacio, observarlo y dialogarlo; además, evidencia los desafíos de la memoria plasmada en los espacios físicos, así como sus distintas etapas temporales de las cuales nos hablan los distintos niveles históricos representados en el espacio. La autora desarrolla sus reflexiones a partir de su labor particular con un muro virreinal, ubicado en la calle de Comonfort, barrio de La Lagunilla, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Más que “descubrimientos”, la autora reflexiona acerca de los espacios prehispánicos y virreinales que emergen a la superficie, desafiando la labor histórica y el trabajo con sus fuentes.

Palabras clave: historiografía prehispánica, historiografía virreinal, trabajo de campo, fuentes históricas.

 

Abstract

Through a brief overview of key moments in historical research, the author reflects specifically on the use of sources and fieldwork, grounded in the principle of "walking the sources"—exploring, observing, and engaging with the space. She also highlights the challenges of memory as embodied in physical spaces, as well as the distinct temporal stages revealed by the different historical levels represented within them. The author develops her reflections based on her own work with a viceregal wall on Comonfort Street in the Lagunilla neighborhood of Mexico City's Historic Center. Rather than focusing on "discoveries," the author reflects on the pre-Hispanic and viceregal spaces that emerge, challenging historical research and the use of its sources.

Keywords: Pre-Hispanic historiography, viceregal historiography, fieldwork, historical sources.

 

La investigación no es un ejercicio inocente o remoto, sino una actividad en la que hay algo en juego y que se da en medio de un conjunto de condiciones políticas y sociales.

Linda Tuhiwai Smith[1]

 

Brevísima semblanza de una tradición disciplinar

Desde sus más profundas raíces, la disciplina histórica se nutrió de una imperativa exigencia de documentarse de registros que le facilitaran concretar su objetivo: narrar de forma precisa el acontecer humano. En sus andares, los especialistas en el devenir histórico crearon rigurosas metodologías para demostrar la verificabilidad de la información que los alejaba de la narrativa literaria. Entre sus ejes de trabajo se distinguió la selección analítica de los archivos documentales, la precisión del manejo del dato histórico y la observación comparativa de la documentación elegida;[2] sin embargo, estas directrices de sus indagatorias, más que ofrecerles certidumbres, arrojó a los historiadores a dudar de las bases argumentales de sus narrativas ante la colosal —e imposible, diría yo— tarea de “abarcar la totalidad” del hecho histórico.[3] Y ante la crisis, se abrieron senderos de labor intelectual que hasta hoy día rinden interesantes frutos sobre las formas en que interpretamos el pasado.

 

Es indispensable mencionar que la disciplina histórica transformó a lo largo del siglo XX la manera en la que pensó a sus sujetos de estudio. Por un lado, las colectividades y el sentido de pertenencia social y cultural ocuparon una buena parte de la discusión historiográfica. Por otro, se comenzó a sistematizar el estudio de la cultura material y su relación con las sociedades que le daban origen, entrelazándolas indispensablemente con los conocimientos históricos. A grandes rasgos, y simplificando al lector todo este proceso intelectual, se pasó del coleccionismo propio de los anticuarios europeos al estudio arqueológico y etnográfico con la formulación de un disciplinamiento técnico y metodológico que respaldaba las formas en que se elaboraban los conocimientos en estas áreas de estudio.[4]

 

Para el caso de la formación de las disciplinas científicas mexicanas, puede decirse que, desde la formación del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía hasta las últimas décadas del siglo XIX, se abrió una vía de estudios plural destinada a estudiar periodos supuestamente “bien seccionados” de una “historia nacional” importante para el Estado mexicano decimonónico: el “México Antiguo” y el “Periodo Colonial”.[5]

 

Con todos los problemas de definición categórica y conceptual que estos nombres tienen para la mirada historiográfica contemporánea, es innegable que tal seccionamiento era de fronteras “permeables” desde un inicio, pues ante la inexistencia de fuentes pictográficas prehispánicas del centro de México,[6] se priorizó el estudio de las obras novohispanas que relataban en castellano o en náhuatl alfabético virreinal el pasado de las culturas tolteca y mexica.[7] Tales estudios, además, eran utilizados para identificar las ruinas y monolitos que iban siendo “descubiertos” en el cuadrante del Centro Histórico de la Ciudad de México; es decir, que entre la historiografía decimonónica de las últimas tres décadas del siglo XIX se hilaron diálogos que requerían de las labores de las otras disciplinas para fortalecer los argumentos que proponían sobre el pasado del “origen de la nación mexicana”, esto siempre con una intención de encumbrar una narrativa glorificante del Estado contemporáneo, tal y como lo hicieron las disciplinas científicas europeas para la definición de sus estudios “clásicos” (fundados en la antigüedad de Grecia y Roma).

 

A la postre, aún durante la tormenta política e intelectual que rondaba los inicios de la Revolución mexicana, se platearon los estudios integrales regionales fundados en las nociones antropológicas del quehacer científico (en mucho inspirado por la academia estadounidense). De ahí surgió, por ejemplo, La población del valle de Teotihuacan, de Manuel Gamio, bajo una mirada de trabajo integral que se sostenía entre los ciclos de enseñanza no profesional impartidos en el Museo Nacional.[8] Una latencia que, llegada la recta final de los años treinta del siglo XX, se volcó en la fundación del Departamento del Instituto Politécnico Nacional. El núcleo académico de este centro destacó en específico por su manera de pensar la antropología. Entre sus profesores se encontraban el guanajuatense Wigberto Jiménez Moreno, especializado en el estudio histórico y lingüístico documental del pasado prehispánico a partir sus registros en la época virreinal.[9] Este centro, que en el futuro se integraría al Instituto Nacional de Antropología e Historia como su escuela formativa, fijó finalmente una tradición científica antropológica, que entrelazó las metodologías históricas y arqueológicas para exponer sus propuestas.

 

Con el crecimiento acelerado de la Ciudad de México, intensificado notoriamente en los años cuarenta del siglo XX, fue absolutamente necesario recurrir a temporadas de arqueología de salvamento que revisara rigurosa y analíticamente los vestigios de la ciudad antigua. Así, por ejemplo, podemos encontrarnos con los arduos trabajos documentales que Antonieta Espejo y Robert H. Barlow recabaron para el contexto tlatelolca, lo cual los obligó a una metodología selectiva del corpus alfabético virreinal que les permitiese argumentar sus excavaciones arqueológicas, afinando su rigurosidad crítica sobre las fuentes que les facultaran exponer con claridad la historicidad de sus documentos arqueológicos.[10] Un reto intelectual que, a la larga, ha marcado las necesidades de la arqueología en la cuenca de México hasta los contextos de trabajo actuales en la ciudad contemporánea.

 

La operación historiográfica, necesariamente selectiva, amplió de manera importante la forma de polemizar en torno a sus archivos en las últimas décadas. Dejó de lado la supuesta “infalibilidad” del papel escrito con grafías alfabéticas para incorporar cultura material de distintos tipos, los cuales son hoy catalogados como documentos arqueológicos y visuales sujetos a la interpretación del historiador a partir de una perspectiva integral que entrelace estos indicios con la intención de fortalecer sus argumentos acerca del pasado. Es decir que, desde los cimientos de la disciplina en México, una sección de la especialidad en historia necesitó de trasformar su espacio de trabajo, el gabinete clásico, rodeado de libros y manuscritos, para abrirse paso en recorridos de campo en los que se nutrieran de forma incisiva de conocimientos arqueológicos, etnográficos y lingüísticos con tal de modelar posturas integrales sobre los problemas que analiza. En particular, en la Ciudad de México, esos recorridos de reconocimiento de territorio y de argumentación sobre el pasado expusieron un singular problema: explicar el proceso de cambio de la ciudad prehispánica a la reocupación virreinal: sus actores colectivos y las agencias políticas que hicieron posible tal reordenamiento. Es este fundamento, así como las andanzas disciplinares de varios grupos de estudiosos del pasado, lo que ha dado notables resultados en los últimos años.

 


El muro de la calle Comonfort, barrio de La Lagunilla, Centro Histórico de la Ciudad de México. Fotografía INAH, 2022.

 

Los estudios de salvamento y el archivo: anudar experiencias

En 2022 recibí un correo del arqueólogo Juan Carlos Equiguas en el que me informó sobre el salvamento arqueológico que realizaba en la calle de Comonfort, del Centro Histórico de la Ciudad de México. Con mucho interés me sumé a apoyarlo con sus inquietudes históricas y procedí a localizar información sobre un muro, desenterrado justo a un costado del famoso deportivo Guelatao del barrio de La Lagunilla.

 

Tal muro era, hasta ese momento, desconocido por parte de la arqueología, y por la propia historiografía que trata sobre la urbanización del norte de la capital novohispana virreinal. Al integrarme a estas indagatorias, recordé mis lecturas que en un proyecto anterior me llevaron a observar detenidamente en la Crónica mexicana, de Hernando Alvarado Tezozomoc, las localizaciones de algunos edificios prehispánicos.[11] El cronista de tradición nahua tenochca no sólo dejó en su narrativa algunas precisiones sobre la ubicación de antiguos teocalli en la sepultada Tenochtitlan, sino que registró referencias a las distintas ampliaciones de Templo Mayor, las cuales pude contrastar con los datos generados por los arqueólogos del INAH, y en particular con la cronología reconstruida por Matos Moctezuma.

 

De igual manera, durante algunos años identifiqué historiográficamente la simbolización del territorio del barrio de Cuepopan de la antigua ciudad de Tenochtitlan, cuya proximidad a La Lagunilla, y a los embarcaderos comerciales de contacto con Tlatelolco le hicieron un espacio singular en la interpretación de la antigua ciudad.[12]

 

Con tal experiencia de estudios, el encuentro con este muro (ubicado justo a un costado del deportivo Guelatao del barrio contemporáneo de La Lagunilla) llamó poderosamente mi atención. Acompañada por el equipo de arqueología urbana recorrí el muro, pude observar su composición, pensé inmediatamente en las centurias de una ciudad que no estaba siendo “redescubierta”, sino que había permanecido ahí, siempre, bajo los pasos y la vida cotidiana de millones de personas a lo largo de siglos de ajetreos y cotidianos de millones de personas que han habitado la Ciudad de México.

 


El muro de la calle Comonfort, barrio de La Lagunilla, Centro Histórico de la Ciudad de México. Fotografía INAH, 2022.

 

De todo lo expuesto anteriormente, mi primera reflexión frente a este muro consistió en que estos descubrimientos no son tales en estricto sentido, sino que esos cimientos urbanos siempre han estado ahí, descartados, ocultos y olvidados por las múltiples manos que han construido la habitabilidad en la ciudad. Son espacios que emergen ante nuestro asombro, que despiertan nuestra curiosidad por saber quiénes y por qué decidieron su construcción. Y que, como historiadora, tras mirar y sentir el empotrado de este emplazamiento, me arrojó a reflexionar acerca de más fuentes para saber sobre su pasado.

 

Para estudiar el contexto histórico que permitiese la identificación del muro virreinal encontrado en las calles contemporáneas de la ciudad, decidí seleccionar actas de Cabildo del fondo Antiguo Ayuntamiento en el Archivo Histórico de la Ciudad de México. En ellas, me decidí a investigar sobre los orígenes virreinales del barrio de La Lagunilla: su traza, sus primeras construcciones y sus primeros vecinos novohispanos. Un espacio que, según se lee en la documentación castellana de sus primeras décadas, comenzó a ser repoblado por los conquistadores hispanos a raíz de la fundación del primer convento dominico de la reconstruida ciudad en el espacio que hoy ocupa la Antigua Escuela de Medicina-Palacio de la Inquisición.[13]

 

El contexto de la reocupación española: La Lagunilla y el problema del territorio

Según las actas de cabildo de la Ciudad de México, la reocupación de la zona perimetral de La Lagunilla no estuvo exenta de problemas: por un lado, se volvió una zona relevante debido a la construcción de un caño de agua que venía desde el convento franciscano hacia el convento dominico, el cual aseguraba el acceso a este indispensable recurso; sin embargo, es notable también la mención de las difíciles condiciones de salubridad debido al agua estancada de la zona posterior, que los mismos colonizadores españoles utilizaban como basurero y que corresponde con el área de La Lagunilla que dividía la Ciudad de México y Tlatelolco.[14]

 

Por otro lado, también resultó evidente la disputa social del área con la población mexica tenochca que habitaba más allá de la acequia de Cuepopan, la cual incluso fundó un efímero mercado a la altura de la actual Iglesia de Santa Catarina,[15] esto con el objetivo de obstruir la relación comercial tlatelolca beneficiada por el nuevo sistema comercial y político español (relación que mucho debía seguramente al contacto entre los asentamientos franciscanos del Convento Grande y del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco). Esta zona se convirtió en un área de notable actividad que probablemente impulsó en décadas posteriores el mantenimiento chinampero, pero ya no como muelles comerciales o con chinampas de sembradíos, sino como un área ocupacional que posiblemente tuvo su fin en la terrible inundación de 1629.

 

Como es sabido, la inundación afectó tan gravemente a la Ciudad de México que se pensó su traslado a otra localidad ubicada en tierra firme, como Coyoacán; sin embargo, se optó por su reocupación y recuperación. A partir de ese momento, y prácticamente hasta finales del siglo XVIII, la zona fue un sitio habitado por múltiples familias de distinta pertenencia social, lo que probablemente se deja ver entre las distintas calidades de construcción de este muro: de materiales rocosos gruesos y resistentes a mamposterías frágiles que clausuraban pasos entre espacios antiguamente continuos; es decir, resulta evidente a la mirada que el sitio construido se fragmentó, por lo que, al no ser un predio bajo la mirada y el control de los grupos dirigentes de la ciudad, provocó a la postre su deterioro y olvido.

 


El muro de la calle Comonfort, barrio de La Lagunilla, Centro Histórico de la Ciudad de México. Fotografía INAH, 2022.

 

En suma, la emergencia de estos sitios entre los cotidianos de nuestra Ciudad de México son una llamada de atención a la forma en que la disciplina histórica se relaciona con sus fuentes. De ninguna manera quienes nos especializamos en historia podemos quedarnos al margen de las labores de estudio que interrogan las calles de esta ciudad, sino que, por el contrario, debemos mantenernos expectantes de lo que otros equipos de trabajo registran como sus fuentes, para potenciar una colaboración intelectual que nos faculte para ofrecer interpretaciones más integrales de la ciudad que habitamos. Dar cuenta de sus vecinos, quehaceres, cotidianos, irrupciones y olvidos para entender los cambios de una urbe inquieta, manteniendo latente una herencia intelectual que apela a distintas áreas de estudio para fortalecer sus argumentos. Una práctica disciplinar que sepa, a raíz de inquietudes cotidianas, andar entre sus fuentes. Porque, aunque el muro esté nuevamente sepultado, ahí está. Seguirá ahí. Y emerge entre estas palabras para saber más sobre ese complicado “todo” que es la historia.

 

* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Linda Tuhiwai Smith, A descolonizar las metodologías. Investigación y pueblos indígenas, trad. de Kathryn Lehman, Santiago, LOM Ediciones, 2016.
[2] Peter Burke, Historia y teoría social, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2000, pp. 14-21.
[3] Véase a Luis González y González, Todo es historia, México, Cal y Arena, 1989.
[4] Véase a Eduardo González, “Un trato directo con gentes y cosas. Apuntes para una historia del trabajo de campo antropológico en México”, en Metchild Rutsch y José Luis Vera Cortés (eds.), La antropología en México. A veinticinco años de su publicación, México, Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2019, pp. 19-64.
[5] Una notable disertación sobre este proceder historiográfico de tradición eurocéntrica se encuentra en Jaques Le Goff, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?, México, FCE, 2016.
[6] Recordemos que la hechura de la Tira de la peregrinación o de la Matrícula de los tributos es posterior al sometimiento de México-Tenochtitlan.
[7] Véase Manuel Orozco y Berra, Historia antigua y la conquista de México, México, Tipografía de G. A. Esteva, 1880.
[8] Luis Vázquez León, “Manuel Gamio (1883-1960). De la arqueología a la migración y al indigenismo panamericano made in USA”, Historia de la etnología, La antropología sociocultural mexicana, México, Primer Círculo, 2014, pp. 153-157.
[9] Véase Wigberto Jiménez Moreno (1909-1985). Obras escogidas de la historia antigua de México, comp., investigación y estudio preliminar de Celia Islas Jiménez y Víctor Alfonso Benítez Corona, México, INAH, 2017.
[10] Recientemente sus trabajos han sido reeditados. Véase Andrés Lira (comp.), Tlatelolco a través de los tiempos, México, Academia Mexicana de la Historia / El Colegio de México / El Colegio Nacional, 2018.
[11] Clementina Battcock, “La Tenochtitlan de Alvarado Tezozomoc”, Revista Telar, núm. 18, junio de 2017, pp. 43-60.
[12] Clementina Battcock, “Resistir, erguido frente al tiempo: el barrio de Cuepopan-Tlaquechiuhca y su relevancia en la historiografía de México-Tenochtitlan”, Entre Caníbales. Revista de Literatura, año 3, núm. 10, 2019.
[13] Actas de Cabildo del 27 de mayo y del 11 de julio de 1525, Fondo del Antiguo Ayuntamiento en el Archivo Histórico de la Ciudad de México “Carlos de Sigüenza y Góngora”.
[14] Acta de Cabildo del 17 de febrero de 1531, Fondo del Antiguo Ayuntamiento en el Archivo Histórico de la Ciudad de México “Carlos de Sigüenza y Góngora”.
[15] Acta de Cabildo del 19 de diciembre de 1533, Fondo del Antiguo Ayuntamiento en el Archivo Histórico de la Ciudad de México.