Los historiadores frente al terremoto de 1985
ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 18:47:00 PMAlejandro González Vicente*
Resumen
Resultado de un proceso de investigación anterior, en que se ordenaron y analizaron artículos de investigación escritos desde las ciencias sociales, así como crónicas y testimonios, en este artículo se expone una propuesta para pensar cómo es que especialistas de la historia han tratado al terremoto de 1985 en la Ciudad de México, en la temporalidad de 1985 a 2015. Contrario a lo que se podría pensar, los seguidores de Clío no fueron indiferentes ante ese acontecimiento, pues en un primer momento se dedicaron a documentar las consecuencias del terremoto, resaltando el papel de los sujetos involucrados (como las costureras, los damnificados y los habitantes del barrio de Tepito) además de conformar fuentes mientras los acontecimiento se desarrollaban frente a sus ojos; en otro momento se dedicaron a construir cronologías de sismos y construyeron una propuesta de investigación histórica para indagar acerca de sus consecuencias sociales, políticas, económicas y culturales, misma que influiría para tratar eventos similares; por último se señala que en tanto acontecimiento con un gran impacto social, el terremoto de 1985 fue integrado sólo en algunas historias de México que fueron publicadas a inicios del siglo XXI con pocas propuesta para abordarlo desde la historia.
Palabras clave: historiografía, terremoto de 1985, acontecimiento, subjetividad, construcción de fuentes, cronología, desastres, narrativas nacionales, sociedad civil.
Abstract
The result of a previous research process, in which social science research articles, chronicles, and testimonies were organized and analyzed, this article presents a proposal for understanding how historians have addressed the 1985 Mexico City earthquake between 1985 and 2015. Contrary to what one might expect, historians were not indifferent to this event. Initially, they dedicated themselves to documenting the earthquake's consequences, highlighting the role of those involved (such as seamstresses, victims, and residents of the Tepito neighborhood), and constructing sources as the events unfolded before their eyes. Later, they focused on developing earthquake chronologies and constructing a historical research framework to investigate its social, political, economic, and cultural consequences, which would influence their approach to similar events. Finally, it is noted that as an event with a great social impact, the 1985 earthquake was only included in some histories of Mexico that were published at the beginning of the 21st century with few proposals to address it from a historical perspective.
Keywords: historiography, 1985 earthquake, event, subjectivity, source construction, chronology, disasters, national narratives, civil society.
El objetivo de este texto es contribuir a la construcción de un estado de la cuestión o historiografía sobre el terremoto que en 1985 sacudió la Ciudad de México, para consecutivamente proponer nuevas miradas a este acontecimiento desde la labor del historiador.
Dicha tarea tiene ya un punto de partida, donde se revisaron artículos de investigación, tesis y libros de ciencias sociales, así como crónicas y testimonios:[1] entre 1985 y 1987 la sociología, la demografía y los estudios urbanos hicieron correr grandes ríos de tinta y produjeron textos —primordialmente, artículos y libros— en los que abordaron el perfil de los damnificados; el movimiento social que exigía la reconstrucción de vivienda en las colonias de la Ciudad de México afectadas; las políticas y los programas urbanos que buscaron atender esa demanda, así como la participación de las mujeres.[2]
El interés por el terremoto, así como sus consecuencias sociales y políticas, se extendió a lo largo de una década, incorporando temas como la historia de las organizaciones vecinales y de damnificados, su desarrollo o su postura frente a la coyuntura electoral de 1988, para desaparecer casi por completo del panorama de las ciencias sociales en los primeros años del siglo XXI.[3]
En esta línea de búsqueda, llamaba la atención la aparente ausencia tan prolongada de la historia en el estudio de este acontecimiento, ya que no es sino hasta 2015 en que aparecieron artículos, tesis y libros en que historiadoras e historiadores se ocuparon de aspectos puntuales, como la recuperación de experiencias del personal de salud en los hospitales mediante la historia oral,[4] se ha investigado cómo la memoria del terremoto de 1985 atravesó los discursos de la prensa que en 2017 dieron cuenta de un nuevo sismo que sacudió a la ciudad;[5] se hizo análisis comparativo entre 1985 y los sismos de 1911 y 1957 en cuanto a los daños y la percepción de su magnitud;[6] se ha estudiado también la relación Iglesia-Estado durante los trabajos de reconstrucción en la Ciudad de México.[7] No se puede dejar fuera una tesis en la que se problematiza el conflicto entre el gobierno mexicano y las organizaciones de damnificados,[8] así como la construcción de esta historiografía sobre el terremoto que ya he mencionado.
Si los seguidores de Clío comenzaron a escribir “historias” sobre el terremoto de 1985 treinta años después de que ocurriera, vale la pena preguntar, ¿qué explica que los historiadores fueran ajenos a ese acontecimiento y no lo estudiaran durante tanto tiempo?[9] Resultado de una nueva investigación, aquí muestro que esto no fue así, y que en el periodo 1985-2015 hubo por lo menos tres formas en que los historiadores e historiadoras abordaron este acontecimiento: a) documentando y construyendo fuentes, b) formulando una historia de los sismos en México y c) integrando al terremoto de 1985 como un episodio más en la narrativa nacional. En este orden es que se encuentra estructurado el presente escrito.
Documentar, construir fuentes
Sobre el acontecimiento que aquí interesa, dos obras fueron publicadas por la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del INAH en 1987, Historias para temblar y Una ciudad destruida.
Bajo la coordinación del historiador Carlos San Juan Victoria, Historias para temblar es una obra que reúne información de anteriores sismos que azotaron a nuestro país (desde el siglo XVII y hasta principios del XX), ensayos sobre las consecuencias políticas del terremoto de 1985 y crónicas sobre las experiencias de los damnificados, las costureras y los habitantes del barrio de Tepito.[10] Adriana López Monjardín, Carlos Monsiváis, Celia Maldonado, José Joaquín Blanco, Luis Barjau, María Dolores Morales, María Teresa Huerta, Marisol Arbeláez y Saúl Escobar, investigadoras e investigadores de la DEH, colaboraron con su pluma para dar lugar a este libro, que tenía un propósito divulgativo.
Por otro lado, Una ciudad destruida[11] es una compilación de noticias que aparecieron en los periódicos La Jornada y Uno Más Uno, perteneciente a la colección Cuadernos de Trabajo de la DEH y resultado de la labor de las historiadoras Marta Rocha, Enriqueta Tuñón y Marcela Tostado, que:
“[...] pretende convertirse en una fuente de consulta cuyo objetivo es ofrecer a todo tipo de lector información detallada sobre los múltiples acontecimientos registrados en la ciudad de México durante los 15 días posteriores al sismo; esto es, del 19 de septiembre al 4 de octubre de 1985 [...] Cabe por último subrayar que quiénes participamos en este trabajo nos limitamos a registrar hechos y declaraciones; en ningún caso vertimos nuestra opinión, ni interpretamos. Nuestra labor fue de síntesis, no de análisis”[12]
Esta obra se presentó en dos volúmenes (suman más de mil páginas) en las que se trataron las temáticas de abasto y comercio, agua, albergues, bienes muebles, comunicaciones, descentralización, destrucción de inmuebles, deuda externa, difuntos, electricidad, energéticos, escuelas, extranjeros en México, finanzas, gas, gobierno, heridos, huérfanos y desaparecidos, Iglesia, información científica, información en el extranjero, laborales, medios de comunicación, ocio, patrimonio artístico, histórico y cultural, planta productiva, reconstrucción, réplicas políticas, rescate, salud, seguridad pública y justicia, solidaridad internacional, turismo, vialidad y transporte, vivienda.
Se pueden identificar múltiples aportes de ambas obras a la historiografía mexicana. En primer lugar Historias para temblar proporcionó antecedentes sísmicos que se podían recuperar de fuentes de siglos pasados, con el propósito de construir una conciencia histórica sobre estos fenómenos en nuestro país; segundo, se reflexionaba acerca de las posibles consecuencias de la gran movilización ciudadana, sobre todo dentro de la discusión en torno al surgimiento de la sociedad civil; y tercero, dentro del amplio abanico de sujetos que se vieron involucrados en 1985, se rescató mediante breves narraciones a quienes abanderaron las luchas más importantes en ese momento: reconstrucción de vivienda, reconocimiento de los derechos laborales de los y las trabajadoras del ramo textil y la resistencia a ser desplazado del barrio.
En cuanto a Una ciudad destruida, varios son los aspectos a destacar. Las temáticas bajo las que se ordenaron las noticias recopiladas nos indican los aspectos de la vida urbana que fueron trastocados por los terremotos, proporcionando así una idea más amplia del desastre. También, los periódicos elegidos nos ayudan a entender que la prensa capitalina no le dio el mismo seguimiento a este acontecimiento. Y lo más importante a mi parecer, es que las autoras cuestionan la narrativa que asignaba al terremoto de 1985 un lugar especial en la historia contemporánea del país, problematizando una de las consignas que alimentó incluso a la movilización ciudadana: “Se repitió una y otra vez en aquellos días que el desastre y sus efectos políticos, económicos y sociales constituían un parteaguas en nuestra historia, ¿qué tan cierto ha resultado esto?, ¿qué ha cambiado y en qué sentido de entonces a la fecha?”.[13]
De esta forma, la proximidad al hecho no impidió que abordasen al terremoto, aunque sí lo hicieron preliminarmente:[14] narrar procesos de lucha como una forma de documentar, buscar antecedentes, reivindicar sujetos de los conflictos sociales (las costureras, los damnificados, los tepiteños), cuestionar al acontecimiento (el terremoto como un parteaguas), buscar, seleccionar, ordenar fuentes periodísticas y pensar en las implicaciones de la movilización ciudadana son operaciones propias del historiador.
Entonces, los historiadores no comenzaron a escribir sobre aquel acontecimiento en 2015 y menos aún fueron indiferentes a sus trágicas consecuencias; sin embargo, si prestamos atención a otras acciones de los historiadores, tal como se ha propuesto en este artículo, podemos ampliar este apartado.
Es sabido que tras el terremoto, los habitantes de la Ciudad de México y del Distrito Federal se volcaron a las zonas afectadas para auxiliar a los damnificados, a los heridos y a las personas que se encontraban entre los escombros de los edificios que se habían caído. A ellos se unieron de manera solidaria, instituciones públicas de enseñanza superior e investigación, tales como el INAH, la ENAH, la UNAM y la UAM, por mencionar algunas.
Una de las zonas afectadas que representó un gran reto para proponer soluciones a los damnificados, fue el Centro Histórico de la ciudad, que había sido declarado patrimonio histórico por decreto presidencial en 1980[15] y los edificios que se encontraban en su demarcación[16] eran objeto de conservación, tarea propia del INAH, por lo que una de sus labores primarias fue evaluar cuantitativa y cualitativamente los daños a inmuebles, cuyo uso, valga decirlo, estaba destinado a albergar instancias gubernamentales, comercios, pero la mayoría se ocupaba como vivienda en renta.
Para ello, se conformaron las llamadas Brigadas Multidisciplinarias,[17] grupos en que investigadores, autoridades y trabajadores de la DEH, la ENAH y la Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS) se encargaron de recopilar datos sobre los edificios dañados y de quienes las habitaban.[18] Esto último es importante.
Es en este contexto que historiadoras e historiadores como Dolores Plá, Salvador Rueda, José Antonio Rojas, Rina Ortíz y María Estela Eguiarte documentaron las experiencias de damnificados mediante fotografías[19] y entrevistas de historia oral, a las que hay que sumar otra compilación de noticias de periódicos nacionales y extranjeros diferente a Una ciudad destruida.[20] También se tiene que tomar en cuenta el Foro sobre los Efectos Sociales del Sismo en la Ciudad de México que se llevó a cabo en la DEH, en el que representantes de organizaciones vecinales dieron a conocer los problemas que enfrentaban, cómo se habían organizado y sus demandas más puntuales.[21]
Es en aquel álgido y tenso momento en que fueron generando todos estos materiales que buscaban documentar el impacto social del terremoto; la diferencia estriba en que algunos se dieron a conocer al público en general (como las obras de 1987 ya señaladas) y otros permanecen resguardados en la Biblioteca Manuel Orozco y Berra de la DEH, esperando a ser retomados.
Entonces, si la historia ha sido este saber interesado únicamente en el pasado, ¿por qué estos historiadores se involucraron tal como lo hicieron?, ¿por qué se dedicaron a documentar de esta manera al terremoto de 1985? Me parece que hay que observar que su participación iba más allá de las responsabilidades institucionales y que no fueron simplemente empujados por las circunstancias, sino que hay que prestar atención a dos elementos, su sentido de compromiso social y el hecho de que para ellos era válido que el historiador se ocupara de estudiar el presente. En Historias para temblar, San Juan Victoria señaló que:
Entre septiembre y noviembre de 1985, la Dirección de Estudios Históricos del INAH, al igual que tantas otras instituciones de investigación social con residencia en la ciudad de México, estuvo presa de una obsesión muy común, por fortuna, en ese entonces: “hacer algo” en relación al sismo y sus secuelas destructivas. En uno de sus edificios, al pie del Castillo de Chapultepec, se reunieron varios de sus investigadores —profesionales de la memoria, cultivadores de los recuerdos— para ofrecer algo a la ciudad dolida.[22]
Por su parte, en Una ciudad destruida sus autoras afirman: “[...] la investigación en torno a los fenómenos políticos y sociales generados por el sismo constituye hoy un compromiso y una necesidad histórica. El trabajo que a continuación se presenta es resultado de esa convicción”;[23] así, en la DEH había un interés generalizado en que la historia aportase algo a la sociedad capitalina, especialmente en ese momento trágico. No sólo se trataba de remover escombros, sino también de reivindicar las demandas más acuciantes del momento, participar en los debates en torno a los alcances de la sociedad civil o crear una conciencia histórica sobre la recurrencia de los sismos en nuestro país.
En segundo lugar, para estos investigadores el estudio de su presente era una tarea que ya no le correspondía únicamente a sociólogos, economistas o politólogos, tal como lo demuestran las discusiones y reflexiones del Primer Simposio sobre Historia Contemporánea que se realizó en la DEH justo un año antes del terremoto;[24] es decir, existían ya los argumentos que justificaban la atención y el estudio del presente por parte del historiador. Su intervención en el terremoto de 1985 no fue fortuita.
Se puede apreciar entonces que los seguidores de Clío no fueron ajenos al desastre y que, por el contrario, generaron valiosas aportaciones desde su labor de investigación: colaboraron en la conservación del Centro Histórico como patrimonio, se preocuparon por los efectos sociales del terremoto, apoyaron las demandas de los damnificados por reconstrucción de vivienda y construyeron fuentes para la historia.
Aún así, con la ventaja que se puede permitir quien escribe desde la lejanía de aquellos días, es inevitable preguntar: ¿por qué esos esfuerzos no devinieron en una historia del terremoto de 1985, o bien, en historias de los damnificados, las costureras, los tepiteños, si ya estaba sobre la mesa el material dispuesto o habían elaborado textos preliminares? Sin lugar a dudas, esta interrogante conserva todo su peso.
Historiar los sismos, historiar los desastres
Antes de que aparecieran las obras de la DEH, una cronología apareció en 1986, en el marco de las actividades de la Comisión de Reconstrucción: el de Concepción Amerlinck, que consiste en un estudio breve del impacto de los sismos en la Ciudad de México desde la perspectiva de la ingeniería y cuya temporalidad abarcó seiscientos años de registros sísmicos (crónicas, gacetas y noticias).[25]
Pero hay otra publicación que interesa por la continuidad que tuvo en la historiografía mexicana, que es “Y volvió a temblar”. Cronología de los sismos en México (de 1 pedernal a 1821), perteneciente a los Cuadernos de la Casa Chata, una cronología publicada en 1987 por el CIESAS,[26] en el que participaron antropólogos e historiadores (Alma Parra, Antonio Escobar, Enrique Sánchez, Jorge Chávez, Juan Manuel Pérez Zevallos, Juan Pedro Viqueira, María del Socorro Fuentes, René García Castro, Teresa Rojas Rabiela, Virginia García Acosta y Zazil Sandoval) con la ayuda del físico Enrique Sánchez, especializado en estos eventos, y el sismólogo Cinna Lomnitz.[27] El orden de la obra siguió un criterio lineal, desde donde permitieron los códices mesoamericanos, hasta el año 1821 y que se sumaría a cierta tradición mexicana de escribir cronologías sobre sismos, como los elaborados por Carlos María Bustamante, José Guadalupe Romero, Juan Adorno, Juan Orozco y Berra y Teodoro Amerlinck.[28]
La presente [...] intenta ser una cronología crítica que supere las deficiencias y corrija los errores de las anteriores, pero que señalé también las posibles equivocaciones de las fuentes originales y que pueda servir de base a aquellas otras cronologías, más completas y más precisas, que se hagan en el futuro.[29]
Su objetivo era que sismólogos, geólogos e ingenieros conocieran mejor la historia sísmica de nuestro país, ya que los instrumentos de registro modernos comenzaron a funcionar desde fines del siglo XIX, por lo que había eventualidades imposibles de conocer para esa tecnología y que sólo podrían ser encontradas en documentos, archivos y cronologías estudiados por los historiadores.[30] Así, lo que las ciencias naturales le pedían a la historia era ser lo más exacta posible en la ubicación espacial y temporal de estos fenómenos.
Para 1989, Teresa Rojas y Virginia Acosta informaron que habían continuado con la búsqueda de fuentes rebasando el límite temporal de “Y volvió a temblar”....[31] El resultado lo podemos apreciar en el tomo I de Los sismos en la historia de México, un catálogo de fuentes sobre sismos publicado en 1996, que incluía documentación prehispánica, colonial, del México independiente, pero extendiéndose a lo correspondiente al siglo XIX hasta llegar a 1912.[32] El cuantioso material reunido no sólo proveyó una herramienta más extensa y acabada para los sismólogos, sino que brindó la oportunidad para estudiar estos fenómenos desde la historia, pues en dicha cronología también se explican los retos para la localización de estos acontecimientos en los archivos y documentos.[33] El trabajo entonces estaba por hacerse, pues “[...] había que contextualizar los datos, tratar de explicarlos, de entenderlos, de tejer un tapete histórico con base en ellos, en suma, analizarlos a profundidad con base en marcos teóricos adecuados que permitieran entenderlos desde una perspectiva social e histórica”.[34]
El resultado de ello llevó a García Acosta a presentar una tesis en 1995 donde exponía las teorías sociales contemporáneas en torno a los desastres[35] y cuatro ensayos sobre: 1) los cambios en la forma de registrar los sismos en las épocas prehispánica y colonial;[36] 2) el fechamiento de sismos consignados en códices (relacionados con erupciones del volcán Xitle en la Cuenca de México);[37] 3) los paradigmas científicos en torno a la explicación de los sismos en la Colonia así como la transformación que trajo consigo el pensamiento ilustrado,[38] y 4) las respuestas (sociales, económicas, religiosas) de la sociedad novohispana al enfrentar esos fenómenos y de qué manera se llevó a cabo la reconstrucción.[39]
Queda claro entonces que, mientras se elaboraba el tomo I de Los sismos en la historia de México, García construía el armazón teórico para lograr hacer esa “naciente historia de los sismos” expresión acuñada por Juan Pedro Viqueira en 1987, para quien era importante entender bajo qué concepto se tenía a los sismos en diferentes épocas, pues ello influía en la forma en que se les fechaba y con que se establecieron datos de suma importancia, como las zonas afectadas, la intensidad o la dirección que había tomado.[40]
Regresando a los ensayos de García, estos fueron sumamente relevantes porque constituyeron la versión preliminar del tomo II de Los sismos en la historia de México que se publicó en 2001, cuyo objetivo era ofrecer propuestas de análisis histórico para completar el catálogo publicado en 1996.[41]
Hasta este punto y con las obras ya señaladas, podemos considerar que se había consolidado una historia de los temblores en el pasado de México. Pero otras líneas de investigación se bifurcaron a partir de los problemas e inquietudes que planteó esta historia y que además lograron una proyección continental.
Cuando García Acosta tejía el tapete histórico para tratar las fuentes que había reunido y buscaba los conceptos adecuados para ello, se apoyó en dos vertientes de investigación que resultaron fundamentales: los trabajos de Enrique Florescano sobre las crisis agrícolas en la sociedad novohispana tardía[42] y la perspectiva latinoamericana de los estudios sociales sobre desastres.[43] A continuación se revisa brevemente los resultados de estas influencias.
En 1992 el CIESAS publicó Estudios históricos sobre los desastres en México,[44] una obra colectiva que retomaba la metodología de Florescano, pero que se proponía ir más allá del estudio de las crisis agrícolas en el pasado al incluir el impacto social, económico y político de las sequías, las hambrunas o las enfermedades convertidas en epidemias, bajo el concepto de “desastres”:
Consideramos que el estudio de los fenómenos naturales, particularmente de aquellos cuyos efectos resultan desastrosos, va aparejado con otros hechos sociales, políticos, económicos y culturales; si bien el estudio por sí suele ser importante, el énfasis debe ponerse en sus alcances, en sus resultados y en sus consecuencias [...] Como investigadores sociales, consideramos importante conocer las reacciones y las respuestas de los diversos sectores frente a una crisis (efectos), y el entorno en que se desarrollan éstas.[45]
Esta obra venía a cubrir una ausencia historiográfica, pues a pesar de la recurrencia de esos fenómenos en nuestro país y el conocimiento de sus efectos destructores, no habían sido abordados con profundidad por la historia o las ciencias sociales en México.[46] Ante tal panorama, los aportes de García Acosta en el CIESAS significaban un avance, porque permitió estudiar, no ya únicamente los sismos, sino también la ocurrencia, los efectos y las respuestas sociales ante otros eventos que devinieron en desastres: “El trabajo está aún en proceso. Lo que hemos aprendido servirá para orientar la nueva investigación emprendida en el CIESAS sobre las sequías históricas”.[47]
Pero el desarrollo de esta historiografía no sólo respondía a un interés acotado a México, sino que era parte de una discusión mucho más amplia: en 1992 se creó la Red de Estudios sobre Desastres en América Latina (LA RED), una comunidad de científicos sociales que se propusieron estudiar estos eventos y sus consecuencias desde la realidad latinoamericana,[48] pues los paradigmas dominantes (desde las ciencias naturales, la ingeniería y en menor medida la sociología estructuralista)[49] respondían a las experiencias de sociedades altamente industrializadas (Estados Unidos, Rusia y Europa), dejando fuera la perspectiva de los países en vías de desarrollo.[50]
García Acosta quedó al frente de los estudios históricos de LA RED[51] con lo que se abrió la oportunidad para poner a prueba los modelos que ya había ensayado para el caso mexicano. Entre 1993 y 1994, García invitó a especialistas de América Latina a desarrollar investigaciones sobre desastres a partir de los principios señalados por LA RED y sus propios aportes: “En México habíamos llevado a cabo algunos esfuerzos por iniciar y continuar en un nuevo campo de estudio [...] el de los desastres en perspectiva histórica. Era necesario “inocular este virus” en otras latitudes con tradiciones similares y a la vez propias, y observar sus resultados”.[52]
Los resultados de ello los podemos conocer en los volúmenes I, II[53] y III[54] de Historia y desastres en América Latina, que aparecieron en 1996, 1997 y 2008, respectivamente; en esas obras historiadores, antropólogos, arqueólogos, geógrafos, economistas, etnohistoriadores, junto a geólogos y sismólogos provenientes de El Salvador, Argentina, Perú, Brasil, Guatemala, Colombia y México dan a conocer estudios de caso de terremotos, inundaciones, sequías y epidemias, desde la época precolombina hasta principios del siglo XX.
En el caso referido se logró traducir un compromiso social en toda una propuesta académica: primero se buscaron los sismos del pasado más lejano posible en fuentes y archivos para elaborar catálogos y cronologías; después se dio lugar a una historia de los sismos con diferentes propuestas de análisis, y esto facilitó, por último, historiar otros eventos con efectos similares (sequías, inundaciones, epidemias, etcétera), cuyo modelo de investigación ayudó a indagar su impacto en el pasado latinoamericano.
Integrar a las narrativas nacionales
Más allá de la crítica al nacionalismo y a la centralidad del Estado bajo los que se someten los procesos en las historias generales de México, son obras sintetizadoras con un amplio tiraje que los convierte en referentes para un público lector muy amplio, que rebasa con facilidad los linderos académicos, dando forma no sólo al conocimiento, sino a un imaginario colectivo que tenemos sobre el pasado de nuestro país. De ahí la necesidad de tomarlos en cuenta.
Dado que en las historias nacionales lo importante es el desarrollo del Estado-nación, es interesante observar qué lugar se le ha dado al terremoto de 1985 en esas narrativas.
Por ejemplo, en la Historia de México que publicó la editorial Crítica en 2001 en español,[55] el terremoto aparece como una catástrofe inesperada en el devenir nacional: Peter Smith consigna que el número de víctimas en el Distrito Federal osciló entre los siete mil y veinte mil muertos, cien mil personas que resultaron heridas o que quedaron sin hogar, mientras que los daños ascendieron a los cuatro mil millones de dólares. En esta narrativa, el terremoto sólo vino a empeorar la situación ya de por sí complicada que enfrentaba el gobierno de Miguel de la Madrid, pues la figura presidencial y el régimen fueron severamente criticados por su ineficaz respuesta: la caída de edificios denotaba corrupción en su construcción, se avivó la discusión sobre la urgente descentralización que necesitaba la ciudad-capital, así como la exigencia de que el regente del Distrito Federal (D. F.) fuera elegido por voto popular por los defeños y no nombrado por el presidente de la república, además de la exigencia de destituir a Guillermo Carrillo Arena, por su pésima gestión del desastre.[56] Así, las consecuencias del terremoto se dieron en el corto plazo y Smith no consideró mayores repercusiones.
En la Historia general de México. Versión 2000, de el Colegio de México,[57] el terremoto se valora en sus consecuencias sociales: forma parte de la avalancha de eventos que contribuyeron a deslegitimar aún más al régimen (inflación, deterioro del nivel de vida, disminución del salario, desempleo) y cuyas consecuencias se expresaron en las elecciones de 1988, donde poco menos del 50 % del padrón electoral del país emitió voto efectivo, mismo en el que fue declarado ganador Carlos Salinas de Gortari —en medio de un proceso de conteo irregular—, lo que para Lorenzo Meyer constituyó una “verdadera insurgencia electoral”.[58]
En ambos casos, el terremoto de 1985 aparece como parte de un proceso más amplio: la decadencia del partido hegemónico (el Partido Revolucionario Institucional, PRI), es decir, el terremoto fue tratado como un acontecimiento donde el hilo conductor de la historia de México estaba tejido por los aciertos y obstáculos de ese sexenio. Además, llama la atención que Smith desacredite por completo la tesis de que en 1985 nació la sociedad civil, mientras que Meyer calla completamente al respecto.
Un trato diferente lo encontramos en Una historia contemporánea de México, que apareció en 2005,[59] donde el terremoto se interpreta en ámbitos más acotados: las políticas públicas y la historia de las organizaciones solidarias. En el capítulo “Política social”, María del Carmen Pardo describe el proceder de las autoridades tras los sismos de 1985,[60] que en resumidas cuentas, consistió en la creación de instancias burocráticas: 1) la Comisión Nacional de Emergencia, conformada por los titulares de varias secretarías para “evaluar los daños en el ámbito nacional y aplicar las medidas necesarias en las entidades afectadas”;[61] 2) el Fondo Nacional para la Reconstrucción, para reconstruir escuelas y hospitales, mediante los donativos que “particulares, instituciones públicas y privadas, gobiernos estatales, organismos internacionales y gobiernos extranjeros a las zonas afectadas y a los damnificados”;[62] 3) la Comisión Nacional de Reconstrucción, dirigida por el presidente, cuyas funciones eran encauzar la participación de la sociedad civil y coordinarse para facilitar la ayuda a los damnificados, descentralizar la vida económica y política del D. F. y vigilar el buen empleo de la ayuda material y económica que había llegado,[63] y 4) un programa de reconstrucción para proporcionar vivienda disponible mediante créditos.[64] Sin embargo, no se indican los resultados de esas acciones, si fueron exitosos o no; más bien, se describe un plan de acción institucional y las metas que pretendía alcanzar. El sismo aquí no trae consigo un cambio, pues lo importante para la autora era reivindicar el papel del Estado mexicano en el desastre.
En lo que respecta a la “Historia de las organizaciones solidarias”, 1985 aparece como un episodio que generó mayor desconfianza hacia el Estado por parte de los ciudadanos y abrió un mayor espacio de autonomía para que organizaciones civiles atendieran problemáticas sociales que aquél era incapaz de resolver, procesos que se habían desarrollado gradualmente a lo largo del siglo XX, usufructuando además los logros que los movimientos sociales obtuvieron tras años de lucha en las décadas de 1960 y 1970.[65] En este sentido, Gustavo Verduzco Igartúa reconoce varios aportes del sismo: 1) demostró que la sociedad podía organizarse para resolver problemas apremiantes (atención a los afectados, rescate de personas y reconstrucción por ejemplo); 2) que había una capacidad de crítica y exigencia de soluciones al gobierno que le dio a nuevas organizaciones mayor visibilidad, y 3) que era necesaria la colaboración entre sociedad y gobierno para resolver problemas, como ocurrió con los damnificados y la reconstrucción.[66]
Aquí el actor que encarna este proceso es la Iglesia católica, mediante la creación del Fondo de Ayuda Católica, que en diciembre de 1985 dio lugar a la Fundación para el Apoyo a la Comunidad, A. C. (FAC), cuyas tareas fueron la recaudación y administración de fondos de organizaciones católicas de origen nacional e internacional (de Estados Unidos y Europa), además de comprar deuda externa para así financiar la reconstrucción de vivienda; tiempo después sentó las bases para el Foro de Apoyo Mutuo, una red más amplia de organizaciones que promueven el bienestar social.[67]
Este breve bosquejo historiográfico nos indica que cuando el terremoto apareció en las historias generales de México que se publicaron entre 2001 y 2005, lo hizo encerrado en la estrechez analítica del acontecimiento: aparece como un evento fortuito, inesperado, se describen algunas de las dimensiones del desastre y sus consecuencias políticas más inmediatas (acrecentar la crisis del régimen y del gobierno de Miguel de la Madrid), pero no más.
Pero más que análisis, prevaleció la práctica de integrarlo a las narrativas nacionales, como un episodio más que se sabía importante, dando por hecho que los efectos que el terremoto tuvo en la capital tenían implicaciones para el devenir de un país entero, pero acotando su valoración al impacto político sobre el gobierno en turno o el régimen príista. Lo social, lo económico, lo cultural quedan por demás excluidos.
Lo menos común ha sido optar por análisis más acotados, de los procesos que conforman al “gran acontecimiento”, porque eso devela de manera detallada sus consecuencias, tal como lo hizo Gustavo Verduzco. Ello es muy sugerente para acercarse al estudio histórico del terremoto de 1985, aunque considero que, respecto a la historia de las organizaciones solidarias, no sólo se tiene que reivindicar el papel de la Iglesia católica, sino también el de la sociedad civil, en tanto concepto que escape a los problemas que le ha implicado ser una consigna de lucha.[68] Además, la mayoría de los historiadores aquí denotan una gran indiferencia para con el terremoto y el desastre: el compromiso que se expresaba anteriormente había desaparecido, sustituido por el frío balance de las consecuencias inmediatas del sismo.
Reflexiones finales
Cuando se hace una historiografía sobre determinado tema, regularmente se buscan artículos, ensayos, tesis, libros, que sean resultado (avance o fragmento) de un proceso de investigación, entendido éste como el planteamiento de preguntas, hipótesis, seguido de la búsqueda y crítica de fuentes para al final redactar una “historia”.
El riesgo de esto es dejar fuera otras actividades que han llevado a cabo las y los historiadores, que son también un aporte a la investigación y que, además, nos hablan de su subjetividad, como el compromiso hacia lo social que los llevó a involucrarse con el terremoto de 1985.
De ahí que al principio de este escrito no se preguntó únicamente por qué no se había investigado el terremoto desde la historia, sino que se incluyó esta duda sobre si habían sido indiferentes respecto a sus trágicas consecuencias, sobre todo cuando la memoria nos habla de una sociedad solidaria, interesada en ayudar, en actuar. Ello ha permitido que aquí se hable no sólo de textos, sino también de labores que al final nos dan una idea más acabada de lo que han hecho las y los historiadores.
Para 1987, la historia había dado a conocer algunas obras sobre el terremoto que dos años atrás dejó una cicatriz en la capital mexicana. En Historias para temblar y Una ciudad destruida se discutían las consecuencias sociopolíticas del desastre, se narraron las luchas más álgidas de ese contexto al tiempo que se reivindicaba a sus protagonistas y se reunieron fuentes periodísticas con los cuales aprehender globalmente aquel acontecimiento.
De lo anterior deriva que la primera forma en que las historiadoras y los historiadores trataron al terremoto de 1985 fue documentándolo, entendido esto en su más elemental acepción: escribiendo sobre lo que se desarrolló frente a sus ojos, reuniendo documentos. Además tenemos los aportes de la DEH del INAH, cuyas historiadoras e historiadores fueron grabadora en mano a recuperar las vivencias de los actores de la tragedia, tomaron fotografías, construyendo fuentes para la posteridad.
En “Y volvió a temblar”... la historia marcó otra forma de proceder: buscar en códices y fuentes coloniales estos fenómenos, ubicarlos con exactitud cronológica y espacial. Esto dio lugar —en la década de 1990— a toda una propuesta para indagar acerca de los sismos en nuestro pasado (con los dos volúmenes de Los sismos en la historia de México), sobre los desastres (con Estudios históricos de desastres naturales en México) y llegando a tener una resonancia continental (con los volúmenes de Historia y desastres en América Latina). Y a principios del siglo XXI, el terremoto ya aparecía en las historias generales de México, la mayoría de las veces como un acontecimiento fortuito que venía a sumarse a la crisis del régimen y con casi ninguna propuesta para analizarlo.
El terremoto de 1985 tuvo un impacto significativo en el quehacer de la historia en México, pues sus practicantes no fueron ajenas ni ajenos al desastre y, acompañados por antropólogos, etnohistoriadores y sismólogos, respondieron desde su campo de saber con sus herramientas de investigación, tal como hicieron otras instituciones del ámbito de las ciencias sociales en México que fueron apelados por las circunstancias. No esperaron a que pasaran treinta años para decir algo al respecto, lo hicieron inmediatamente.
Sin embargo el abordaje varió según el contexto, los objetivos de los investigadores y las herramientas de análisis. En un primer momento, había que responder a las necesidades más acuciantes que estableció el desastre y documentar, construir fuentes; cuando pasó la emergencia, se miró profundamente al pasado para saber cómo los sismos y otras eventualidades habían impactado a las sociedades del pasado nacional y latinoamericano. Cuando aquellos días ya eran parte de la memoria colectiva, se valoró su impacto en la decadencia del régimen priista.
En su conjunto, estos tratamientos son expresión de los paradigmas bajo los que se ha regido la historiografía mexicana a lo largo de esos treinta años: el historiador que se ocupa del presente, en que la DEH figura como un espacio pionero; la búsqueda en el pasado (especialmente de aquel que no le fuera contemporáneo al investigador) como una forma de atender las demandas o necesidades sociales del presente; la rigurosidad para escribir historia, pues esto exige una metodología con un marco teórico adecuado y por supuesto, las fuentes, y por último, todo evento que tiene grandes repercusiones sociales y políticas es integrado a las narrativas nacionales.
Podemos tomar varias lecciones de este conjunto de obras: ya contamos con un marco teórico para pensar este acontecimiento, que sugiere separar al fenómeno del desastre que ocasionó; además de estudiar las consecuencias políticas, hay que prestar atención a otras respuestas sociales, como la religiosa. Podemos poner en duda esta idea generalizada de que el terremoto significó un parteaguas en la historia reciente de México porque falta establecer en qué sentido; por último, para tratar históricamente al terremoto, podemos “ensanchar este acontecimiento” indagando sus implicaciones inmediatas, o bien, podemos valorar el significado de 1985 en virtud de procesos en particular, como la historia de la sociedad civil, de la Ciudad de México, o de las izquierdas mexicana.
* Historiador por la ENAH.
Agradezco al Consejo de Redacción de Con-temporánea las observaciones y sugerencias hechas para este artículo, en especial, a la antropóloga María de Lourdes Domínguez y al historiador Mario Camarena.
[1] En mi tesis de licenciatura caractericé estos textos a los que denominé “emergentes” porque tenían la intención de incidir en el curso de los hechos que todavía se desarrollaban frente a los ojos de los investigadores; además analicé las crónicas y los testimonios que aparecieron en revistas de ciencias sociales y de izquierda: Alejandro González Vicente, “Los damnificados por los sismos de 1985 en el Distrito Federal. Una discusión en torno a su politización y representaciones en la teoría social, las crónicas y los testimonios (1985-1987)”, tesis de licenciatura, ENAH, México, 2023.
[2] Idem. Aquí es necesario señalar que no busqué textos de naturaleza histórica, bajo la idea de que por la cercanía temporal a los hechos, los historiadores estarían imposibilitados de algún acercamiento. Sirva este texto para corregir ese error.
[3] Ibidem, p. 368.
[4] Griselda de Fuentes Rojano, Recuerdos que aún tiemblan en mi memoria. Ciudad de México, testimonios 30 años después, México, Navarra, 2015.
[5] Eugenia Allier Montaño, “Memorias imbricadas: terremotos en México, 1985 y 2017”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 80, 2018, pp. 9-40.
[6] Miguel Rodríguez, “Tres tamaños temblores en la memoria de la Ciudad de México”, en Ma. Dolores Lorenzo, Miguel Rodríguez y David Marcilhacy (coords.), Historiar las catástrofes, México, UNAM-IIH / Université Sobornne / Centre de Recherches Interdisciplinairessur les Mondes Iberiques Contemporaines, Civilisations et Littératures d’Espagne et Amérique, 2019, pp. 123-162.
[7] Andrea Mutolo, Terremoto en la Iglesia católica. El Arzobispado de México y el sismo del 85 en la Ciudad de México, México, UACM, 2001.
[8] Iván Ramírez de Garay, “El sismo de 1985 en la Ciudad de México. Una historia política”, tesis, El Colegio de México, México, 2021; Iván Ramírez de Garay, “El sismo de 1985 y la deuda externa. Economía política y moral de un desastre”, Historia Mexicana, vol. 73, núm. 2 (290), 2023, pp. 831-878.
[9] Plantear las cosas de esta manera conlleva a considerar dos puntos: el primero es que no se acota la labor del historiador a la formulación de preguntas, objetivos e hipótesis, a la lectura y sistematización de fuentes para generar un escrito o una historia, sino que permite contemplar aquellas otras actividades que lo motivan a involucrarse en determinado proceso. El segundo punto es que se presta atención a la subjetividad del historiador, a su sensibilidad y criterio respecto de lo que ocurre frente a sus ojos.
[10] Carlos San Juan Victoria et al., Historias para temblar. 19 de septiembre de 1985, México, INAH, 1987.
[11] Martha Rocha, Enriqueta Tuñón y Marcela Tostado, Una ciudad destruida. Apuntes para la reconstrucción de su historia, vols. I y II, México, INAH-DEH, 1987.
[12] Ibidem, pp. VIII y X.
[13] Ibidem, p. VIII.
[14] Al decir preliminar me refiero a que todos estos textos se presentaban como un primer acercamiento, un primer intento de hacer una historia del sismo, de sus sujetos, o que se disponía el material para hacerlo más tarde.
[15] Brigada de reconocimiento en el área del Museo Nacional de las Culturas, “Informe de la brigada de reconocimiento del área del Centro Histórico cercana al Museo Nacional de las Culturas”, Antropología. Boletín del Instituto Nacional de Antropología e Historia, núm. 5, 1985, p. 8.
[16] Idem. El perímetro estaba conformado por las calles Libertad, Doctor Liceaga, Zaragoza, Abraham González, Eduardo Molina y Morazán.
[17] Sergio L. Yáñez R., “La acción social después del terremoto. ENAH: voluntariado, antropología y reconstrucción”, Antropología. Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, núm. 5, 1985, p. 22.
[18] Idem.
[19] Notimex, “Experto pide crear centro de información sobre el sismo del 85”, La Jornada, 19 de septiembre de 2005, disponible en https://www.jornada.com.mx/2005/09/19/index.php?section=cultura&article=a13n1cul, consultado el 28 de julio de 2025.
[20] Estos materiales se encuentran resguardados en la Biblioteca Manuel Orozco y Berra, en las instalaciones de la DEH.
[21] “Foro sobre los efectos sociales del sismo”, Antropología. Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, núm. 5, 1985, p. 16.
[22] San Juan, op. cit., p. 7.
[23] Rocha, op. cit., p. VIII.
[24] Dirección de Estudios Históricos, Primer Simposio sobre Historia Contemporánea de México 1940-1984. Inventario sobre el Pasado Reciente, México, INAH, 1986.
[25] Ma. Concepción Amerlinck, Relación histórica de movimientos sísmicos en la ciudad de México (1300-1900), México, DDF / Socicultur, 1986.
[26] Juan Manuel Pérez Zevallos, Teresa Rojas Rabiela y Virginia García Acosta (coords.), “Y volvió a temblar”. Cronología de los sismos en México (de 1 pedernal a 1821), México, CIESAS / SEP, 1987.
[27] Ibidem, p. 1.
[28] Idem.
[29] Ibidem, p. 9.
[30] “En el caso de México, los temblores se producen principalmente a lo largo de la costa pacífica, región en que la llamada placa de Cocos se sumerge debajo de la placa Norteamericana. Por otra parte, se sabe también que la placa de Cocos se compone de diversos segmentos que se desplazan con cierta independencia, sin que esto impida que los movimientos de cada uno de ellos repercuta sobre el movimiento de los demás. En algunos casos la frecuencia de estos movimientos es muy alta, y se conoce gracias a los registros instrumentales de las estaciones sismológicas que vienen funcionando en la república mexicana desde fines del siglo pasado [siglo XIX]. Sin embargo en estos casos el periodo de recurrencia de estos movimientos puede ser muy grande —de 200 a 500 años o aún mayor—. Generalmente en estos casos los temblores producidos por desplazamientos de pequeños segmentos de placa no llegan a sentirse con fuerza en zonas muy extensas, pero pueden tener efectos devastadores en las poblaciones cercanas a su epicentro. Por lo tanto puede suceder que regiones de las que no se tiene registro instrumental alguno de temblores de importancia, pueden ser sin embargo lugares de alto riesgo sísmico [...] De aquí nace la necesidad de recurrir a fuentes históricas para determinar con mayor exactitud, con base en el conocimiento de temblores que en ellas se registran, las zonas que pueden ser afectadas por estos fenómenos y las intensidades máximas que éstos pueden tener ellas. Con la ayuda de estos datos históricos se pueden elaborar también, para regiones específicas, series de temblores más largas que las realizadas con base en registros instrumentales y determinar así con más precisión el patrón de distribución temporal de los sismos”, Ibidem, pp. 5-6.
[31] Esta participación se dio en el marco de una discusión que Emilio Rosenblueth animó para discutir las lecciones que el terremoto de 1985 proporcionó al conjunto de ciencias naturales y sociales en México. Virginia García Acosta, y Teresa Rojas Rabiela, “Los sismos como fenómeno social: una visión histórica”, en Emilio Rosenblueth, et al., Macrosismos. Aspectos físicos, sociales, económicos y políticos, México, CIESAS, 1992, pp. 9-16. Ahí podemos detectar dos propuestas de análisis que retomaron las historiadoras, el de Rosenblueth (“[...] ¿qué nos muestran estos registros respecto a la sociedad que sufrió los sismos en el pasado?, o bien ¿qué pasó en la sociedad a raíz o como consecuencia de los grandes sismos?, ¿qué correlaciones pueden hacerse entre la sismicidad y la política, o entre la sismicidad y los cambios sociales ulteriores, los más duraderos?, ¿hubo alguna transformación perceptible en el sistema político y social después de los macrosismos?, ¿pueden intentarse proponer o diseñar un modelo conceptual en el que se postulen las correlaciones entre los diversos factores naturales (sismos) sociales y políticos?”) y el de Viqueira (“[...] las cronologías de sismos no sólo interesan a los sismólogos, sino también a todos aquellos que intentan comprender las sociedades del pasado, puesto que muestran ciertas realidades que difícilmente pueden ser percibidas en tiempos de normalidad: solidaridades profundas, redes de poder, capacidades o incapacidades de organización, creencias.”), p. 9.
[32] Virginia García Acosta, y Gerardo Suárez Reynoso, Los sismos en la historia de México, t. I, México, UNAM / CIESAS / FCE, 1996. Gerardo Suárez es un sismólogo mexicano, integrante en ese entonces del Instituto de Geofísica de la UNAM que contribuyó en este proyecto.
[33] Ibidem, pp. 15-60.
[34] Virginia García Acosta, “Los sismos en la historia de México. Análisis histórico-social: épocas prehispánica y colonial”, tesis de doctorado, UNAM, México, 1995.
[35] Inicia con los aportes desde Estados Unidos y Rusia, pasando por las perspectivas de estudios desde Latinoamérica, hasta llegar a la historiografía y antropología mexicanas. Ibidem, pp. 1-102.
[36] Ibidem, pp. 104-148.
[37] Ibidem, pp. 149-160.
[38] Ibidem, pp. 161-193.
[39] Ibidem, pp. 194-222.
[40] Pérez Zevallos, op. cit., pp. 19-20.
[41] Virginia García Acosta, (coord.) Los sismos en la historia de México, t. II, México, UNAM / CIESAS / FCE, 2001. Además, la obra contiene dos estudios de caso de las etnohistoriadoras Irene Márquez y América Molina, que versan sobre dos sismos que se registraron en la Ciudad de México, el 8 de marzo de 1800 y del 19 de junio de 1858. El texto de Molina era una versión sintetizada de su trabajo de grado: América Molina del Villar, “Temblor, iglesia y estado: hacia una historia social de las catástrofes en la Ciudad de México”, tesis, ENAH, México, 1990.
[42] Las “crisis agrícolas” fueron coyunturas en que escaseaban los granos y se encarecían por el impacto de fenómenos meteorológicos imprevistos que afectaron la producción del campo, trastocando inmediatamente todos los aspectos de la vida de la sociedad novohispana y con efectos económicos o políticos en el corto y mediano plazo. Enrique Florescano, Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1708-1810, México, Era, 1986, apud Virginia García Acosta, Estudios históricos sobre desastres naturales en México. Balance y perspectivas, México, CIESAS, 1992.
[43] Se trata de un conjunto de obras cuyos autores (geógrafos, antropólogos y economistas), desde Latinoamerica, criticaban las formas de abordar los estudios sobre desastres en Occidente para las décadas de 1970 y 1980, donde las ingenierías y las ciencias naturales predominaban, fijando su atención en la medición de estos eventos, su monitoreo (aparición, trayectoria o desarrollo, según fuera el caso) y predicción. Virginia García Acosta y Gerardo Suárez Reynoso, Los sismos en la historia de México, t. I, México, UNAM / CIESAS / FCE, 1996, pp. 2-7.
[44] Junto a los escritos de García Acosta y Escobar Ohmstede, podemos encontrar los aportes de Luz María Espinosa Cortés, América Molina y Jesús Manuel Macías, cuyas investigaciones se ubican temporalmente en la colonia y el siglo XIX. García Acosta, Estudios históricos...
[45] Ibidem, p. 10.
[46] Ibidem, pp. 19-20.
[47] Ibidem, p. 21.
[48] Los objetivos de LA RED eran construir modelos de investigación histórica propios, estudiar cómo la organización de los gobiernos de América Latina daban forma a las políticas frente a los desastres (prevención, atención y recuperación) y comparar los resultados de estas acciones en distintos países y momentos históricos. LA RED, “Agenda de investigación y Constitución orgánica”, 1992, p. 5, disponible en https://www.desenredando.org/public/libros/1992/agenda/AgendaDeInvestigacion-1.0.0.pdf, consultado en línea el 2 de agosto de 2024.
[49] Los aportes de la sociología estadunidense con enfoque estructural-funcionalista concebían al desastre como un momento disruptivo de la normalidad bajo la que funciona una comunidad, decantándose por analizar los comportamientos colectivos a que da lugar, así como la medición de los daños, sobre todo en cuanto a costos humanos, materiales y monetarios. García Acosta, “Los sismos en la historia...”, 1995, pp. 12-19.
[50] Además de la importancia de la región desde donde se analizaban los desastres, se había demostrado ya que el nivel de daño no siempre correspondía con la intensidad del fenómeno que daba lugar al desastre, sino que se debía en buena parte a las circunstancias previas, tanto sociales como económicas, que hacían más vulnerables a las comunidades. Por último, había una conciencia de la recurrencia de fenómenos naturales por parte de las sociedades, por lo que no se trataba de algo ajeno que irrumpiera una normalidad o armonía social, sino que había conflictos en su interior, jerarquías y desigualdades, lo que llevaba a estudiar la interacción de las sociedades y sus vulnerabilidades con los fenómenos naturales, en tanto procesos. Ibidem, pp. 21-26.
[51] Ibidem, p. 102.
[52] Virginia García Acosta (coord.), Historia y desastres en América Latina, vol. I, México, LA RED / CIESAS, 1996, p. 9, disponible en https://www.desenredando.org/public/libros/1996/hydv1/HistoriaYDesastresVol_I-1.0.0.pdf, consultado el 10 de agosto de 2024.
[53] Virginia García Acosta, (coord.), Historia y desastres en América Latina, vol. II, México, LA RED / CIESAS, 1997, disponible en https://www.desenredando.org/public/libros/1997/hydv2/hydv2-todo_sep-09-2002.pdf, consultado el 15 de agosto de 2024.
[54] Virginia García Acosta, (coord.), Historia y desastres en América Latina, vol. III, México, CIESAS / LA RED, 2008, disponible en https://www.desenredando.org/public/libros/2008/hyd/Historia_y_Desastres_VolumenIII.pdf, consultado el 17 de agosto de 2024.
[55] Anna Timothy et al., Historia de México, Barcelona, Crítica, 2001.
[56] Ibidem, pp. 377-378. Tras meses de tensa negociación, confrontación y nulos resultados, Guillermo Carrillo Arena fue sustituido por Manuel Camacho al frente de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue).
[57] Daniel Cosío Villegas et al., Historia general de México. Versión 2000, México, El Colegio de México, 2000.
[58] Ibidem, pp. 938-939.
[59] Ilán Bizberg y Lorenzo Meyer (coords.), Una historia contemporánea de México, tt. II y IV, México, Océano, 2005. Los tomos consultados fueron el II, sobre Actores sociales, y el IV, sobre Instituciones.
[60] María del Carmen Pardo, “Política social”, en Ilán Bizberg y Lorenzo Meyer (coords.), Una historia contemporánea de México, t. IV, pp. 133-182. Este capítulo propone una historia desde arriba, donde se señalan los objetivos, acuerdos, presupuestos y funcionarios involucrados en los programas sociales que se echaron a andar desde la década de 1970 hasta el año 2000, para después evaluar sus logros.
[61] Ibidem, p. 161. Las secretarías que figuraron en dicha comisión fueron de Defensa, Marina, Relaciones Exteriores, Programación y Presupuesto, Comunicación y Transportes, Salubridad y Asistencia, así como de Desarrollo Urbano y Ecología.
[62] Idem. Dicho fondo fue creado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
[63] Ibidem, p. 162.
[64] Idem.
[65] Gustavo Verduzco Igartúa, “Las organizaciones solidarias en México”, en Ilán Bizberg y Lorenzo Meyer (coords.) Una historia contemporánea de México, t. II, México, Océano, 2005, pp. 367-401.
[66] Ibidem, p. 374.
[67] Ibidem, p. 375.
[68] Al respecto, se desarrollaron las reflexiones teóricas y metodológicas para estudiar este fenómeno: Alberto J. Olvera, La sociedad civil. De la teoría a la realidad, México, El Colegio de México, 2001; Lucía Álvarez Enríquez, La sociedad civil en la Ciudad de México. Actores sociales, oportunidades políticas y esfera pública, México, UNAM-CIICH / Plaza y Valdés Editores, 2004.