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Una familia, muchas memorias

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 17:06:00 PM

Mario Camarena Ocampo*
Lourdes Villafuerte García**

Resumen

El artículo reflexiona una de las múltiples preocupaciones que surgieron durante el proceso conocido como “pandemia de covid-19”, una preocupación particular en miembros de determinada generación, anclada al miedo ante el roce continuo con la muerte, y con ella, la posibilidad de dejar los pendientes en desorden, entre ellos, la memoria familiar, su resguardo y continuidad en las futuras generaciones; todo ello da contexto para reflexionar sobre la memoria familiar, el relato y la oralidad; cómo enfrentar el desafío de los silencios y secretos, las heridas, incomprensiones y rupturas que representan una suerte de rompecabezas para los autores, que el tiempo inexorable urge a descifrar para heredar su propia memoria en este armado continuo de una memoria familiar. Metodológicamente, las preguntas y el recurrir a fuentes fotográficas y documentales fomentan el recuerdo, en un tratamiento particular de la oralidad de cada miembro, en este caso particular, los hermanos de la familia Camarena Ocampo; el tratamiento fue organizado a través de reuniones mediadas por las plataformas virtuales, que se potenciaron durante la emergencia sanitaria y propiciaron la aparición de asuntos no sólo familiares, sino relativos a la educación, la religión, la sexualidad, lo laboral y lo político. El recuerdo de cada hermano se funda en momentos particulares del proceso de vida de los padres, por lo que aparecen lagunas, disputas, aparentes contradicciones, experiencias y roles distintos a cerca de un mismo núcleo familiar.

Palabras clave: Memorias, relato, silencio, comunidad, familia.

 

Abstract

The article reflects on one of the many concerns that arose during the process known as the “covid-19 pandemic,” a concern particularly present among members of a certain generation, rooted in the fear brought about by continuous contact with death and, with it, the possibility of leaving unfinished matters in disarray-among them, family memory, its preservation, and its continuity in future generations. All of this provides a context for reflecting on family memory, narrative, and orality; on how to face the challenge posed by silences and secrets, wounds, misunderstandings, and ruptures that represent a kind of puzzle for the authors, which inexorable time urges them to decipher in order to bequeath their own memory within this ongoing construction of a family memory. Methodologically, the use of questions and the consultation of photographic and documentary sources foster remembrance, through a particular treatment of each member’s orality-in this specific case, the siblings of the Camarena Ocampo family. This process was organized through meetings mediated by virtual platforms, which were intensified during the health emergency and encouraged the emergence of issues not only related to family life, but also to education, religion, sexuality, work, and politics. Each sibling’s recollections are grounded in particular moments of the parents’ life process, which gives rise to gaps, disputes, apparent contradictions, and differing experiences and roles regarding the same family nucleus.

Keywords: memories, narrative, silence, community, family.

 

Corría el año 2022; estábamos en medio de la pandemia de Covid-19 que azotó el mundo, causándole el mayor temor que jamás haya tenido. Estuvimos temerosos y encerrados para evitar el contagio. No se conocía mucho de la enfermedad, y fue hasta la Nochebuena de 2020 cuando se comenzó una amplia campaña de vacunación. Existía un gran temor, pues nuestras vidas estaban en riesgo, en primer lugar, por ser viejos y por nuestras enfermedades crónicas. Había un riesgo más: los viejos somos los custodios de la memoria familiar, por lo que nuestros recuerdos estaban en peligro de desaparecer junto con nosotros, pues hay una comunicación deficiente —y a veces es nula— con los jóvenes. Durante tres años (2020-2023) la comunicación con nuestros seres queridos fue por medio de la tecnología (videollamadas, plataformas de comunicación por audio y video, sin prescindir de las llamadas telefónicas de voz).

 

Permeados de esos temores, acariciamos nuestros recuerdos, pensamos en los legados de memoria para nuestros hijos y nietos que no hemos hecho; nos precipitamos hacia nuestros recuerdos, a veces los encontramos nítidos, otras topándonos apenas con sombras; a veces encontramos momentos específicos y otras con un cúmulo desordenado. Hay tanto que recordar, tanto que explicar, tanto que revivir, tanto que platicar. En tanto somos memoria, nunca como entonces hemos tenido tanta urgencia de poner en palabras nuestros recuerdos para entender lo que hemos vivido, para entender cómo sobrevivimos a la pandemia, para congratularnos de que las secuelas de ésta no afectaron nuestra capacidad para recordar. Lo que más nos importaba era nuestra memoria familiar y la historia que vamos a legar a nuestros hijos y nietos.

 

¿Qué es la memoria? Según la introducción de Ricard Vinyes Ribas, la memoria es “una imagen contemporánea del pasado”; es decir, el fenómeno de la memoria es una construcción hecha desde el presente; por otra parte “la memoria no viene, a la memoria se va”; se trata de un acto de voluntad y de una necesidad imprescindible para la vida comunitaria; pero tal acto consiste en elegir ciertos momentos de un proceso con el fin de armar un discurso que hay que contar a alguien. Estos recuerdos pueden ser experiencias vividas, transferidas o adquiridas, y la elección de ellos es, en buena medida, algo acordado o negociado, a veces con uno mismo. Otra característica que Vinyes señala es su apariencia de verdad y de perpetuidad, pero también su carácter mutable; además, la memoria no inventa, pero sí construye con base en significados sociales y culturales, igualmente mutables. Por otro lado, la memoria, con estas características puede convertirse en “verdad, incluso en la única verdad tolerable. O tolerada. O impuesta”. Termina preguntando “qué concertar y con quién. Y para qué”.[1]

 

Tanto la memoria como el relato que surge de ella son mutables; mejor aún, son dinámicos. El sujeto que relata va a su memoria y regresa al presente con un relato. ¿Se trata de otro relato? De alguna manera el relato cambia, en razón de las características de la oralidad, pero mantiene una estructura; los cambios tienen como fondo una construcción social, en palabras de Ricard Vinyes: “crecen en ella y son la expresión cultural, simbólica y narrativa —es decir, política— de una coyuntura”.[2] Nosotros agregamos, que una narración que se cuenta muchas veces, cambia en razón de aquello que se quiere enfatizar, de lo que el narrador está viviendo y de la época de la vida en la cual está, además de lo que se quiere transmitir a quien lo escucha.

 

Para que una comunidad sea, se necesita la memoria, un relato en el cual anclarse, con el cual identificarse, donde el origen de la comunidad es un momento señero. La familia es una comunidad con la que uno se identifica; los elementos de identidad pueden ser muy variados: una casa, la figura de los padres, las fiestas familiares, etcétera. Para los ocho hermanos Camarena, la unión de sus padres es el relato de origen.

 

Durante la pandemia vimos la necesidad de reflexionar acerca de la memoria de la familia, para ello invitamos a los ocho hermanos a una reunión semanal por la plataforma Zoom, donde cada uno contaría sus recuerdos acerca de la familia. En el primer encuentro, todos los hermanos recordaron una frase de sus padres: “Lo único que podemos dejarles como herencia es la educación, para que sean alguien en la vida, para que tengan una manera de ganarse la vida”, lo asombroso es que todos la recordaban casi con las mismas palabras. En otras ocasiones, además de mencionar la educación mencionaban la memoria: los padres transmitían a sus hijos un gran orgullo por el pasado de la familia, orgullo que incluía ciertos episodios ligados a la historia nacional en los que habían participado, tales como la Revolución mexicana, la Cristiada, la Segunda Guerra Mundial; el hecho de haber conocido y servido junto con personajes de la historia de México, como Lázaro Cárdenas —de cuyo Estado Mayor fue miembro Porfirio Camarena y a quien iba a acompañar para defender Cuba de la invasión estadounidense—, Vicente Lombardo Toledano, Miguel Henríquez Guzmán, con quien el propio Porfirio y su concuño Pedro Torres Ortiz tuvieron una destacada actuación política en la zona del Pacífico. Este relato adquirió el estatuto de herencia simbólica incuestionable para los hermanos Camarena.

 

Al abordar el relato de origen de la familia que es el matrimonio de nuestros padres, comenzaron a salir diversos matices, en razón de que cada uno de los hermanos tuvimos una versión con ligeras diferencias; si bien el relato parecía ser el mismo, los detalles daban cuenta de un discurso en segundo plano que algunos de los hermanos desconocían.

 

Las fuentes de la memoria familiar

Al proponerse los hermanos Camarena reconstruir su memoria familiar, surgió de inmediato la idea de trabajar con documentos, en razón de que se cree que son precisos. Por una parte, existe un archivo familiar, bastante ordenado, que la madre —Olivia Ocampo— había formado y guardado, donde se encuentran documentos oficiales (actas de nacimiento y de matrimonio, pasaportes, credenciales, boletas de calificaciones), cartas privadas, bolos de bautismo, letras de pago, etcétera. Existe también un abundante material fotográfico, pues doña Oli procuraba que se documentaran con fotografías los eventos familiares; así, existen 22 álbumes fotográficos y un abundante acervo de fotografías en transparencia. Cada uno de los hermanos poseen fotografías.

 

Los archivos familiares documentales y los objetos, por lo general, se les hereda a las hijas de la familia; en este caso, el legado se hizo a un hijo varón perteneciente a la última generación de ocho hermanos, en razón de haber sido el hijo que más convivió con sus padres, por lo cual se convirtió en el depositario de la memoria familiar y, por lo tanto, en una autoridad de la misma. En ocasiones (como esta), el memorioso de la familia se convierte en una suerte de institución, por su capacidad de aglutinar a los miembros de la familia y comunicarse con ellos. Todo lo anterior se refiere a fuentes documentales, pero también existen de manera muy vívida los recuerdos de los ocho hermanos.

 

Nos enfrentamos entonces con el primer problema: se tiende a pensar que la memoria de una familia es homogénea y no es así, pues en cada una de aquellas formada por padres e hijos que suman diez personas, ciertas situaciones y la participación de ciertas personas se vivieron, se recuerdan y se cuentan de manera diferente, por lo que el discurso acerca de la familia es heterogéneo. Segundo problema: a mediados del pasado siglo, era una tradición la prevalencia de los hermanos mayores sobre los menores, y la de los hermanos varones sobre las mujeres, entonces, hubo que acordar que esas costumbres debían ser obviadas y que los recuerdos de todos y cada uno, con sus propias características, era válido y debía ser respetado por todos, sin importar la edad; si bien el acuerdo se cumplió, es muy claro que la diferencia en la percepción de los padres depende de la generación a la que pertenecen cada uno de los hijos. Volveremos sobre este asunto más adelante. Un tercer problema es la creencia de que algunos de los hijos tenían alguna preferencia para recibir los legados de la memoria de alguno de los padres, lo cual es notorio cuando alguien argumenta: “A mí me lo dijo mi mamá o mi papá”, en el entendido de que no se lo expresó a los demás, por alguna razón, pero en el curso de las pláticas, se descubrió que los padres hicieron legados de memoria a cada uno de los hijos, sin excepción.

 

En este punto, hay que señalar dos aspectos: por una parte, se hizo evidente que los padres escogían los relatos que heredaron a cada uno de sus hijos con base en la percepción que tenían de ellos; por otra, la percepción que los hijos tenían de los legados de memoria de sus padres corresponde con su propia personalidad; así, ciertos relatos se interpretan diferente por parte de una hermana, en contraste con la percepción de un hermano varón, sin descontar la generación a la cual pertenecen.

 

Intento de cronología de la memoria familiar

Algunos hermanos intentaron hacer cronologías con base en la documentación, pero se encontró que los documentos no eran precisos; por ejemplo, en el caso del padre, Porfirio Camarena, aparecieron varias actas de nacimiento (era evidente que algunas eran falsas), sin saber el porqué. En razón de estas discrepancias, los hermanos partidarios de la memoria con base documental tuvieron que aceptar otras opciones. Es en este punto que toma fuerza la validez de los recuerdos de cada uno de ellos, y en muchas ocasiones tanto la documentación, como el material gráfico y los objetos dan lugar a recordar y poner en discurso diversos episodios familiares.

 

Como dijimos arriba, la memoria familiar es heterogénea, y el asunto de los puntos de vista diferentes es más complejo de lo que todos creímos, pues además de los puntos de vista de varias personas, hay otros elementos para tomar en cuenta: a cada hijo de una familia grande le tocan padres que estuvieron en diferentes etapas de la vida. A los hermanos mayores les tocan padres jóvenes y a los menores les tocan padres viejos; otro elemento es la posición que tiene cada hijo en la familia: la posición de género; es decir, si quien recuerda es hombre o mujer, pues los recuerdos se estructuran de diferente manera; por otra parte, el primogénito tenía, hasta hace poco tiempo, una posición de prevalencia y ciertos privilegios sobre sus hermanos, lo cual pasaba también, aunque con diferencias, con el ultimogénito. Por todo ello, cada uno organiza sus recuerdos en función de esa posición. Hemos observado que el primogénito cree que lo que él vivió lo vivieron todos, y el ultimogénito cree que lo que él vivió no lo vivió nadie; más aún, no suele percibirse que en los hijos de una familia grande hay diferentes generaciones y, por lo tanto, diferentes vivencias y recuerdos.

 

La memoria familiar, pues, no es una suma de memorias, sino que son diferentes puntos de vista donde se revela una gran complejidad. Al percibir esta característica multigeneracional entre los hermanos termina por percibirse, al mismo tiempo, una gran riqueza, por ello, todos los involucrados retoman partes de los recuerdos de sus hermanos —lo que implica una elección—, con lo cual la memoria se percibe como dialéctica y dinámica; en tanto el participante retoma recuerdos de otro y los hace suyos, situación que opera en todos. Como en todo fenómeno de memoria, hay diversas memorias, hay memoria hegemónica y hay una lucha de memorias. Así, en una comunidad, ya sea grande o pequeña, como es la familia, hay varias memorias que, a menudo, entran también en conflicto.

 

Por otra parte, el fenómeno de la memoria trae consigo el olvido; ¿qué entendemos por olvido? La memoria es la elección de lo que se recuerda para contarlo a alguien que escuche; el olvido, más que ser lo que escapa a la memoria, es aquello que se elige callar; es decir, en lo que se refiere a la memoria, el olvido se manifiesta como silencio. El hecho de guardar silencio acerca de ciertos eventos tiene el objetivo de resguardar un ámbito de intimidad en la unión familiar, el concepto de intimidad implica aquello que otros, fuera de la familia, no tiene por qué conocer. Lo cual se lleva a cabo mediante un pacto implícito de silencio.

 

La memoria de las comunidades sociales, entre ellas la familia, elige recordar lo que le da cohesión y elige callar lo que denota conflictos internos; de manera similar, en las familias hay episodios que, por alguna razón, son valorados por sus miembros como negativos y acerca de los cuales se elige callar. Temas como enfermedades mentales, adicciones, relaciones extramatrimoniales, impago de deudas a familiares, robos, etcétera; aquellos temas que pueden ser dolorosos, vergonzantes o ser causa de conflicto, los miembros de la familia, sin ponerse de acuerdo, celebran un pacto de silencio.[3] La complejidad de tal asunto no nos permite abordarlo a fondo en este artículo; sin embargo, es importante plantear el problema. La pregunta es: dada la plasticidad del fenómeno de la memoria/discurso y del olvido/silencio, ¿hay cambios en la memoria y en el olvido a través de las etapas de vida de una familia? Es posible que ambos aspectos tengan variaciones, pero que guarden una cierta estructura.

 

La narración del relato familiar, y aquello que se escoge para contar y lo que se escoge para silenciar, va de acuerdo con los aspectos culturales de la época, tanto de lo que se recuerda como escenario del momento en que un evento sucedió, como el contexto dentro del cual se cuenta. Así, en cierta etapa de la vida familiar se percibe a este grupo viviendo de acuerdo con el modelo cultural predominante a mediados del siglo XX; es decir, la familia nuclear, también llamada tradicional.[4] Con el paso del tiempo, y al acceder a otras etapas de la vida, como la madurez y más tarde la vejez, se matiza la percepción de la familia, la cual pasa de “familia ideal” a “familia real” al recordar, hablar y evaluar los claroscuros de la historia familiar; es decir, se habla de lo que antes no se hablaba, como la existencia de hijos habidos por el padre fuera del matrimonio o el hecho de haber vengado el asesinato del abuelo, de acuerdo con los parámetros del México posrevolucionario. El hecho de verbalizar y analizar el contexto de ciertos aspectos negativos sucedidos en la familia tiene un aspecto sanador. Parece ser un fenómeno general que las personas en distintos ámbitos y grupos sociales tienen un discurso que es un imaginario de la familia; es decir, una imagen un tanto ilusoria de una familia amorosa, armoniosa, unida, feliz, donde quedan fuera los claroscuros que hemos mencionado. Es posible que esa actitud social sea en razón del gran valor simbólico que tiene la familia en México en los años setenta y en nuestra sociedad.

 

El relato fundacional: el matrimonio

En el curso de las reuniones de los ocho hermanos Camarena, se percataron de que el relato que ellos valoraban como origen de la familia era el matrimonio de sus padres; además, la historia familiar apenas toca a los abuelos, de quienes se ignora casi todo, de tal manera que el relato es realmente corto, aunque emotivo. Por otro lado, la memoria de la boda que comparten todos ellos proviene, más que nada, de la memoria de la madre, pues el padre sólo contó algo de su boda, cuando Olivia ya había fallecido. Desde luego, ninguno de los hermanos lo vivió, pero la forma que toma el relato de este evento es profundamente vívida.

 

Las circunstancias que rodearon el matrimonio de los padres, Porfirio Camarena Sánchez y Olivia Ocampo Béraud, marcaron las características de la familia que fundaron.[5] Porfirio Camarena, siendo adolescente, fue impulsado por su madre, Rosenda, a vengar el asesinato de su padre, llamado José Concepción; hecho muy usual en la etapa posrevolucionaria, así como el hecho de que, al morir el padre, el joven Porfirio se convirtiera en “el hombre de la casa”, quedando a cargo de su madre y sus hermanos, Felipe y Alfonso.

 

Olivia Ocampo pierde a su madre Concepción Béraud a los 16 años de edad, debido a un cáncer el 27 de octubre de 1934; al acceder Reynaldo, el padre, a un nuevo matrimonio, los hermanos Ocampo (Manuel, Laura, Teresa, Olivia, Concepción y Reynaldo) quedaron solos; aunado a ello, había en la joven Olivia un resentimiento hacia su padre, pues consideraba que no atendió adecuadamente a la madre cuando enfermó.[6] Entonces, ambos padres, tanto Porfirio como Olivia, vivieron la experiencia de la orfandad, aunque cada uno de ellos la elaboró de diferente manera.

 

Según diversas conversaciones entre Porfirio Camarena Sánchez y su yerno Rolando Loubet, el primero le contó que, habiendo perdido muy pronto a su padre, había encontrado en la pertenencia al ejército una especie de paternidad que suplió la ausencia de su padre; quien había muerto, cumpliendo con su deber como parte del Ejército mexicano, durante los primeros años de la Guerra cristera, por lo que su viuda, doña Rosenda, recibía una pensión.

 

Por otro lado, en algún momento, antes o después de la contienda de 1939-1945, se constituyó el Grupo Segunda Guerra Mundial, formado por aquellos que estuvieron enlistados en Ensenada para repeler la posible invasión japonesa; la inminencia de que tal invasión sucediera en cualquier momento provocó que este grupo se constituyera en una hermandad con lazos muy fuertes, de tal manera que todos sus miembros se ayudaban entre sí en caso de necesidad, y tenían encuentros periódicamente. El sentido fraterno de este grupo se convirtió, para Porfirio, en la familia que había perdido.[7]

 

Para Olivia, sus hermanas mayores y una fiel sirvienta llamada Trinidad López, cumplieron el papel de madres sustitutas —según recuerda Christian Torres Ortiz Ocampo, primo hermano de los Camarena—; la señora Trinidad había trabajado con los abuelos Concepción y Reynaldo desde que los hermanos Ocampo eran niños. Al morir su madre quedaron al cuidado de ella, quien permaneció a su lado hasta que muere. La lealtad y su función de cuidar a la familia de su señora difunta le ganó el cariño de tres generaciones de la familia Ocampo.

 

Los futuros novios se conocieron en la ciudad de Colima, donde doña Rosenda Sánchez captaba algunos ingresos poniendo inyecciones; las jóvenes Ocampo acudían a ella para los tratamientos que implicaban aplicar esta forma de medicación. Alfonso, el hermano menor de Porfirio, era amigo de Olivia, quien le presentó a su hermano en el transcurso de una visita a su familia. Porfirio era militar con el grado de subteniente asignado a Ensenada, Baja California, desempeñándose en inteligencia militar (aunque aparecía como enfermero). Siendo hijo de un proveedor de armas a las fuerzas de Francisco Villa, Porfirio tenía una conciencia sumamente nacionalista —y antiestadounidense— que permea su vida, lo cual legó a sus hijos. La futura novia, con el nuevo casamiento de su padre, trabaja arduamente junto con sus hermanos en diversos negocios, como una lechería y cremería, así como en el pequeño comercio.

 

Hacia 1940 comenzaron su noviazgo, la mayor parte del tiempo se comunicaban intercambiando cartas y viéndose sólo en dos ocasiones, una de ellas en Guadalajara y la otra en la ciudad de México, ella siempre acompañada por un familiar. Según las normas de la época, Olivia le puso normas a Porfirio para entablar noviazgo, que consistía en no dejar dudas de su recato como señorita decente; mismas que eran ignoradas por Porfirio, quien trataba de que ella rompiera las reglas; así, el noviazgo se convirtió en un tirar de la cuerda, una para conservar su fama y el otro para que ella dejara atrás las normas de la sociedad colimense.

 

En cuanto a la correspondencia intercambiada por los novios, sólo se conservan las cartas de Porfirio, pero no las de Olivia, debido a que ella conservó las recibidas perfectamente ordenadas. Las cartas reflejan muy bien la situación que estaban viviendo; en ellas el novio suele hacer insistentes reclamos a su amada porque no acude a Ensenada a verlo; por otro lado, las noticias acerca de sí mismo son muy escasas, de tal manera que, en realidad, se conocen muy poco; a continuación, va un fragmento de carta:

 

Yo hice cuanto pude por ir a verte, pero me fue imposible conseguir permiso.

Tú me conoces muy bien, me conoces por materialista y no por ilusionista; comprende que el mundo en que vivimos está constantemente evolucionando y en esa evolución entra el sentimiento del siglo pasado, que actualmente ha variado mucho. La distancia sí quiere decir mucho, pues es simplemente lo que nos ha impedido unirnos.

No creas que estoy sentido contigo porque no hayas venido, no te culpo en nada, puede ser que el destino quiera que siempre vivamos solteros. Hay ratos que envidio a mis compañeros, no sé cómo se las han arreglado para que sus novias vengan hasta esta capital. Creo que los padres de esas muchachas deben de haber dejado lo anticuado para proporcionarles a sus hijas una situación que nunca podrían ellos darles y que también de muchachos vuscaron. [sic]

Tú sabes muy bien que cuando se llega a determinada edad, se vusca [sic] una compañera buena; hay ocasiones en que el cariño viene después de la unión, pero aún sin cariño existe lealtad. Yo considero que la lealtad de los conyugues es por la moral de los mismos y no porque lo manden determinadas leyes, leyes que fueron hechas por hombres, hombres que pueden haber sido inmorales.[8]

 

Los enamorados acordaron casarse, pero se toparon con la oposición de doña Rosenda y don Reynaldo; la primera escribió una carta a su hijo instándolo a que no se casase con Olivia. Por su parte, Reynaldo se oponía a que su hija se fuera a vivir tan lejos; además, consideraba muy negativa la vida en Ensenada, pues había trabajado en la aduana y la vida en esa zona fronteriza era de mucha pobreza y vicio.[9]

 

Los jóvenes resistieron con valentía los embates de sus padres para finalmente casarse en junio de 1945, tanto por lo civil como por la Iglesia. El padre de la novia nunca se allanó, se negó a ir a la boda civil y religiosa de su hija, y a entregarla en el altar, además de que la desheredó. Da testimonio de ello la foto nupcial a la salida de la iglesia, donde aparecen los novios y algunos pocos acompañantes, sin la presencia de don Reynaldo. Esta descripción corresponde a lo que atestiguan los documentos oficiales y la foto de la boda; sin embargo, en la narración que Olivia Ocampo contó a sus hijos, ella insistía en la férrea oposición tanto de su padre como de su suegra. Llama la atención que, en la copia del acta de matrimonio, obtenida en 1977, dice que don Reynaldo Ocampo estuvo presente y dio consentimiento para que su hija se casara; sin embargo, la memoria de quienes estuvieron en ambas bodas afirman que el padre de la novia no estuvo.

 

Hay que señalar que, tradicionalmente, los recién casados permanecían en su lugar de origen, cerca de sus padres o, incluso, en casa de alguno de ellos; pero los nuevos esposos, el mismo día de su boda religiosa, se marcharon a Ensenada, dejando atrás a sus padres y la tradición. Parte importante de la historia de esta boda es que tuvo lugar a las seis de la mañana porque los novios debían partir en el tren de las ocho rumbo a Ensenada, debido a que era urgente salir de Colima para escapar de las represalias del padre de la novia. ¿Por qué esta oposición? Suponemos que a Reynaldo Ocampo, quien no era partidario de la Revolución mexicana, no le gustó que su hija quisiera casarse con el hijo del armero de Villa. Además, el suegro de Porfirio Camarena era terrateniente en Colima y detestaba la reforma agraria, pues varias de sus propiedades fueron expropiadas, y siendo el novio de su hija integrante del ejército del gobierno emanado de la Revolución que abominaba, al cual consideraba una carga, dio como resultado una relación entre suegro y yerno muy ríspida, cuando no inexistente.

 

Otro de los efectos a largo plazo fue que los hermanos Camarena Ocampo prácticamente carecieron de la generalmente amable imagen de los abuelos, pues ninguno de los padres transmitió memoria alguna de ellos. De la parte paterna, aunque todos conocieron a la abuela Rosenda, vivieron en carne propia su rudo carácter; también sabían que la señora desaprobaba a su nuera, y dado el profundo cariño que tenían por su madre, los hermanos se mantenían a distancia de la abuela, actitud que compartía el propio Porfirio. La imagen del abuelo Concepción es la de un hombre asesinado; de la parte materna, el recuerdo de Concepción Béraud fue la de una mujer que murió de cáncer siendo muy joven, incluso los Camarena ignoran las circunstancias de la emigración de los Béraud de Francia a México, escasamente saben que la familia proviene de la región alsaciana. Del abuelo Reynaldo, sólo se tiene referencia de su férrea oposición a la boda de su hija y la consiguiente desheredación. En razón de esto, la memoria familiar no va mucho más allá de sus padres.

 

La ruptura de Porfirio y Olivia con sus padres, resulta relevante ahora, pues sus descendientes se hacen conscientes de la cortedad de su memoria familiar, lo cual tratan de reconstruir de manera consciente, sin conseguirlo; no obstante, las figuras afectivas de abuelos —junto con la memoria— las asumieron sus tíos, tanto es así que el mote de la tía Laura era “Abuelita” y al tío Reynaldo le llamaban “Father”.

 

Circulan entre los hermanos Camarena Ocampo dos versiones del matrimonio de sus padres: la primera arroja una imagen romántica donde dos personas que se aman lucharon férreamente por su opción amorosa, arrostrando la oposición de sus padres, la ausencia de éstos en su boda y la desheredación de Olivia por parte de su padre. La otra versión es menos romántica, pues interviene el pragmatismo de parte del novio. Según esta versión, Porfirio Camarena había tenido una relación con una mujer casada en Ensenada, razón por la cual estaba amenazado, no se sabe por quién. La solución para escapar al cumplimiento de tales amenazas, que tampoco sabemos en qué consistían, fue regresar a Ensenada casado; razón por la cual Porfirio apresuró su boda en la madrugada para regresar a tiempo a su puesto. Uno de los hermanos refirió que Porfirio afirmaba que se había casado porque sus futuras cuñadas, Teresa y Concepción, lo habían embrujado.

 

Antes de su boda, Olivia Ocampo ya había experimentado de alguna forma la maternidad, pues, como es frecuente en las familias, las hijas ayudan en la crianza de sus hermanos menores; en este caso, al fallecer la madre y volver a casarse el padre casi de inmediato con una mujer llamada Rosa, las hermanas Ocampo quedaron a cargo de la crianza de sus hermanos menores Concepción y Reynaldo; mientras que Manuel, el hermano mayor, se fue a Francia con el fin de estudiar medicina. Pero su labor de madres sustitutas continuó con sus medios hermanos: María del Carmen y Maclovio; con el tiempo, Olivia también ayudó a criar a su sobrina Martha Ramírez Ocampo, hija de su hermana Laura. Para Olivia, la solidaridad en el cuidado de los niños fue muy importante y lo practicó toda su vida, pues crio y cuidó a sus ocho hijos y a su nieto Alfonso; su ejercicio como abuela dejó un recuerdo muy amoroso entre sus nietos.

 

Podemos ver que la ruptura entre Olivia Ocampo y Porfirio Camarena con sus respectivos padres y su salida inmediata de Colima los llevó a un desarraigo que tiene algunos matices: Porfirio quedó marcado por el terrible hecho de la venganza, razón por la cual no encuentra en Jalisco una tierra a la cual volver, y durante buena parte de su vida se movió de lugar constantemente, sin arraigarse en ningún sitio. Olivia vivió siempre en Colima, hasta que se casó; si bien abandonó su tierra para seguir a su esposo, con el tiempo reconstruyó su relación con Colima, tanto que decidió que sus hijos nacieran ahí y sean colimenses, pero no reconstruyó su relación con su padre, sino que volvió a sus hermanos. Los recuerdos de infancia de los ocho hermanos Camarena respecto de Colima es la relación con sus tíos y sus primos, con quienes pasaban las vacaciones de verano y, en contraste, no tienen ningún recuerdo ni interés por el pueblo de su padre. La pareja tiene un concepto muy diferente del arraigo a su tierra, lo cual es notorio en su correspondencia de novios, donde Porfirio reclamaba a Olivia su apego a su ciudad natal, pues él no lo tuvo para su pueblo de origen.

 

Como suele pasar, la vida de pareja era difícil para Porfirio y Olivia en Ensenada. Hay una versión de que la joven esposa se enteró de la solución pragmática de su esposo a las amenazas que recibía y que por ellas se afanó en retornar a Baja California con una esposa como escudo, razón por la cual quiso separarse, pero al volver a Colima, su padre la envió de regreso con su marido, a lo cual se aviene Olivia, y al aparecer los hijos, a quienes dedicó su vida. La imagen que los hermanos Camarena tienen de su padre es la de una persona hermética, que casi no platicaba. Esta actitud es explicable en razón del trabajo que desempeñaba en el ejército, pues sus labores de inteligencia no le permitían hablar de su trabajo, lo que también implicaba no poner en peligro a su familia. Sólo al retirarse cambió de actitud, abriéndose a contar a sus hijos y a su yerno Rolando diversos detalles de su vida, incluso de su vida íntima.

 

Los hermanos Camarena: visiones de familia

En toda familia hay una memoria que se relata; mejor dicho, un conjunto de memorias de las cuales existe un relato. En el caso que estamos tratando, ante la preeminencia de los padres, su memoria y el relato de ésta se convierte en hegemónica —si bien cada persona de la familia tiene una percepción de esa narración—, pero en general se le acepta sin reparos. Al fallecer los padres, emerge la memoria de cada uno de los hermanos, donde algunas versiones o percepciones tratan de imponerse, es entonces que tiene lugar una disputa por la memoria. Para ese momento, los hijos de Porfirio y Olivia ya tienen sus propias familias, entre las cuales comienza a circular el relato con los matices propios de cada uno de ellos, comenzando, así, nuevos ciclos de relato familiar.

 

La familia de Olivia y Porfirio comienza a formar una memoria del nacimiento de sus hijos, cuyas fechas marcan el calendario familiar. Con los nacimientos vienen los bautizos, y con ello se forman parentescos espirituales que significan la adhesión de nuevos miembros a la familia. Los cumpleaños, tanto de los padres como de los hijos, dan lugar a una fiesta familiar. Las fechas de nacimiento de los hermanos Camarena son:

 

Porfirio: 15 de marzo de 1950

Ricardo: 1 de diciembre de 1951

Cuauhtémoc: 17 de abril de 1953

Milagros: 6 de noviembre de 1954

Mario: 7 de septiembre de 1956

Grace: 29 de diciembre de 1957

Manuel: 17 de abril de 1961

Eugenio: 1 de enero de 1963

 

Otras fechas importantes que marcan momentos de reunión familiar son las fiestas navideñas: Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo.

 

En las sesiones de Zoom que tuvieron lugar durante la pandemia, cada uno de los ocho hermanos Camarena, inició su discurso enunciando su nacimiento y lo que sus padres les contaron acerca de ello. Con la escucha constante y la reflexión a propósito de estos recuerdos, encontramos que la manera de estructurar el discurso y los valores que se realzaban dependían de la posición de cada uno de los narradores en la familia, donde descubrimos, cuando menos, dos generaciones. A los hermanos mayores —Porfirio, Ricardo, Cuauhtémoc y Milagros— les tocaron padres jóvenes y vigorosos, mientras que a los más chicos —Mario, Grace, Manuel y Eugenio— les tocaron padres ya mayores. Otra diferencia es que a los hermanos mayores les tocó una época de bonanza económica y a los chicos la de “vacas flacas”; la primera generación veía un padre con buenos negocios, dinero y poder, pues vivieron la época en que el padre tuvo mucha actividad política, dado que fue diputado suplente en el Congreso de la Unión y se codeaba entonces con personajes poderosos. La segunda generación vio a su padre perder sus negocios, su dinero, en fin, sus bienes, y salir huyendo a la sierra norte de Puebla, y después a la ciudad de México, donde tuvieron que ayudar, siendo niños, a sostener el hogar. Los recuerdos de los hermanos mayores están muy ligados a la figura del padre como hombre rico y poderoso, mientras que la figura dominante entre los hermanos menores es la de la madre, como una mujer devota y entregada a sus hijos. Manuel Camarena afirma que cada hijo tuvo unos padres diferentes. Lo cierto es que la religiosidad de Olivia Ocampo logró transmitirla a sus hijos, en quienes influyó para que participaran en grupos católicos, donde encontraron espacios para socializar y relaciones que con el tiempo influyeron de una manera u otra.

 

A la primera generación de hijos les tocó una época en la que la familia se movía mucho de lugar debido a los negocios de Porfirio, lo cual se matiza porque existe la convicción entre los hermanos de que su padre, a pesar de haber causado baja en el Ejército, seguía trabajando en servicios de inteligencia. Algunos de los lugares en los que vivieron fueron: Cihuatlán, Jalisco; Manzanillo, Colima; Morelia, Michoacán, Tlapacoya, Veracruz; Teziutlán, Puebla. Finalmente, en 1969 recalan en la ciudad de México, donde se asientan definitivamente a instancias de Olivia, quien quería una estabilidad para sus hijos; la adquisición de una vivienda propia se logra hasta 1980, también por insistencia de la madre.

 

Esa continua movilidad le da a la familia Camarena Ocampo un carácter de itinerante, lo cual se nota en los relatos de cada uno de los hermanos, pues al comenzar a narrar sus recuerdos, comienzan con su nacimiento y la referencia del lugar en el que vivían en ese momento, a pesar de que Olivia procuraba parir a sus hijos en Colima. Algunos de los hermanos sienten que no tienen arraigo a un lugar, sino a su familia, sin importar dónde esté. Si bien Colima es un lugar de referencia, lo es más por el recuerdo de sus tíos y sus primos que por el lugar mismo.

 

Los miembros de la segunda generación, aunque tienen recuerdos de alguno de los lugares mencionados donde vivieron, recuerdan la vida en la ciudad de México; en parte por lo duro que fue haber caído en la pobreza, ante lo cual los hermanos más jóvenes centran sus recuerdos en que tuvieron la necesidad de trabajar para contribuir a mantener el hogar siendo niños. Mario y Manuel trabajaban como “cerillos” en un supermercado teniendo doce y nueve años de edad, respectivamente; Grace, trabajó en una tienda de ropa a los 16 o 17 años. En esta época, la familia Camarena Ocampo recibió la solidaridad de varios parientes, como su prima Martha Ramírez Ocampo y su amiga Matilde Delumeau, su tía María del Carmen Ocampo y su esposo Daniel Galván. En algunas épocas de muchas carencias, Manuel y Grace fueron enviados a vivir con sus tías Concha y Laura, quienes recibieron a sus sobrinos de manera solidaria.

Cuando cada uno de los hermanos se preguntaron lo que entendían por familia, algunos tomaron el concepto más obvio: la familia consanguínea nuclear, pero otros tenían un concepto más amplio, pues incluían a quienes los habían ayudado o con quienes habían convivido, sobre todo en momentos de crisis. Estas variables introducen algunos matices: uno de los hermanos dijo que reconocía como hermanos a sus primos por haber convivido con ellos durante las estancias con sus tías de Guadalajara; por otra parte, apenas conocía a sus propios hermanos mayores debido a que no convivió mucho con ellos. Los hermanos de la segunda generación reconocen a su prima Martha Ramírez como una hermana por su solidaria presencia en la crisis que pasaron en los años setenta.

 

Salida de la casa paterna

Como puede verse, los miembros de la familia Camarena Ocampo, por lo general no estaban todos juntos; por una parte, Porfirio y Olivia vivían temporadas separados, por el trabajo del primero; en cuanto a los hijos, al iniciar sus estudios de bachillerato, se les mandaba a la ciudad de México a estudiar, por lo que los dos hijos mayores salieron de la casa de sus padres a los 15 o 16 años; en algunas ocasiones, como dijimos arriba, dos de los hijos de la segunda generación iban por temporadas a vivir a Guadalajara con sus tías. De hecho, quienes vivieron con sus padres de manera constante, hasta que se emanciparon, fueron Cuauhtémoc, Milagros, Mario y Eugenio.

 

Para los padres, el casamiento de los hijos significa la culminación de una tarea muy importante: la de haberlos criado dentro de ciertos valores muy apreciados para la familia, tales como la responsabilidad, la honradez, la capacidad para mantener y cuidar de los suyos. Al casarse un hijo, pasa a otra etapa de la vida, saliendo de su ámbito familiar originario para iniciar uno propio, con lo cual hay una modificación importante: si bien sigue formando parte de su grupo familiar, ya se le ubica aparte. La relación con sus padres ya es de adultos, y a medida que se incorporan paulatinamente a esa edad, comparten con sus hermanos los avatares de esa etapa. En cuanto a la memoria familiar, cada uno de los hijos, al formar su propio núcleo, forma también su propia memoria.

 

Las crisis en la familia Camarena Ocampo

Entendemos por crisis un momento coyuntural en el cual se modifican las condiciones prevalecientes, lo que provoca una incertidumbre acerca de la continuación, modificación o cese de una situación, ello genera cambios en distintos ámbitos tales como el ámbito político, social, económico o cultural de una comunidad; y la familia es una comunidad.[10]

 

La pareja de Porfirio Camarena y Olivia Ocampo tenía un acuerdo para funcionar: dado que Porfirio llevaba a cabo labores de inteligencia (y sus negocios), se ausentaba del hogar por temporadas más o menos largas; por lo que Olivia asumía la jefatura de la familia, realizaba la gobernanza de la casa en su papel de esposa, madre y ama de casa; y ante la ausencia del marido, administraba los recursos y ejercía la autoridad. En realidad, el padre de familia cumplía su papel de proveedor, pero casi nada más, pues era la madre quien estaba al pendiente de todo lo que se refería a la familia. Este estilo de vida era lo que la familia vivía como estabilidad, cuando éste se movía, se lo vivía como una crisis.

 

Recordemos que la familia se movía mucho, pues vivieron en varios estados del país en razón de la diversidad de negocios del padre y diversos cambios de trabajo; cada cambio de lugar significaba una crisis para la familia debido a que, a menudo, Porfirio Camarena tomaba partido en asuntos y grupos políticos; si éstos perdían sus posiciones, también Porfirio perdía, y en algunas ocasiones lo perdía todo y debía salir del lugar con su familia.

 

Generalmente Porfirio y su familia lograban rehacerse; pero en 1969 la familia Camarena tuvo que abandonar Teziutlán, Puebla, para trasladarse a la ciudad de México; además sufrieron una merma importante en sus ingresos económicos y su estilo de vida se vio amenazado. Esta crisis es la que varios hermanos recuerdan como una de las peores que habían vivido, lo cual significó para ellos un gran sufrimiento.

 

Se reconoce en esta crisis una nueva etapa en la vida de la familia; en primer lugar, arribaron a la gran ciudad, lo cual es un cambio importante respecto del pueblo donde vivían; en segundo lugar, empobrecieron, por lo cual hubo un cambio de roles: el padre de familia no podía ser el único proveedor, por lo que los hijos tuvieron que buscar trabajo y participar en esa tarea; es entonces que la segunda generación de hermanos participó en la provisión de la familia: Mario y Manuel se convirtieron en empacadores de supermercado (“cerillos”) y Grace era dependienta en una tienda de ropa, con lo cual hubo un cambio de papeles, pues cambian de estudiantes dependientes de sus padres a dedicar parte de su tiempo a trabajar para proveer. El padre consiguió trabajo al llegar a la ciudad de México, pero estaba endeudado, por lo que su aportación servía para pagar las deudas y la renta, lo que ganaban los niños se usaba para comer, y eso puso sobre sus hombros una gran responsabilidad.

 

Si bien la madre ya tenía una gran presencia, se fortaleció con la llegada a la ciudad de México, pues Porfirio siguió ausente y dedicado a su trabajo, mientras Olivia organizaba los recursos de la familia, con el concurso de otros parientes que entraron en escena para ayudar, como Martha Ramírez Ocampo y su amiga Matilde Delumeau. Pasada esa crisis, Olivia tomó la decisión de asentarse en la capital, promoviendo la compra de un departamento y resistiéndose a volver a la vida errante. Cuando Porfirio consiguió trabajo en Iguala y después en Acapulco, ella no quiso acompañarlo, por lo que él se fue solo, y veía a su familia los fines de semana.

 

Hacia 1980 se compró el departamento de la calle Heriberto Frías en la colonia del Valle, misma que se convirtió en el lugar emblemático de la familia. Aunque varios de los hermanos Camarena ya se habían emancipado, todos tenían la confianza de llegar al lugar, pues todos poseían una llave. La vida transcurría con normalidad: Olivia siempre estaba disponible, Porfirio generalmente estaba ausente y los hijos no emancipados habitaban la casa, con la presencia de Alfonso, primer nieto de la familia, quien estaba a cargo de Olivia. Grace, la madre del niño, había manifestado desde mediados de los años setenta una enfermedad mental que le impedía criar a su hijo. La crisis más grande esperaba a los hermanos Camarena, ésta llegó en 1988, con el fallecimiento de Olivia Ocampo.

 

Olivia tenía problemas de hipertensión arterial desde unos años antes, pero en agosto de 1988 sufrió un derrame cerebral que la puso en estado de coma, siendo atendida en el Hospital General, donde murió el 15 de agosto. Porfirio Camarena Sánchez devastado ante la pérdida de su esposa, quedó pasmado, por lo que los hijos más jóvenes se ocuparon del funeral. Posteriormente, al tratar de retomar la vida cotidiana, se notaron los efectos de la ausencia de quien era la cabeza de la familia y la organizadora de todos los aspectos de la vida familiar. Generalmente, continuar con esta importante tarea se encarga a las mujeres, pero no habiendo ninguna cerca, la tarea la asumió Manuel, uno de los hijos más jóvenes. Él organizaría la casa y cuidaría de su sobrino Alfonso, con quien tomó el papel de padre; además, cuidó de su padre, ya jubilado. Por otra parte, es el depositario de la memoria familiar: archivos, fotos, películas, objetos, además de su propia memoria, en lo que procuraba seguir los pasos de su madre. Y de igual manera, estaría al pendiente de su hermana Grace.

 

Tras la muerte de Olivia comenzó una disputa entre los hermanos de la primera generación por el lugar de “jefe” de la familia, aun cuando el padre todavía estaba presente. En los años siguientes, Porfirio intentó vivir con algunos de sus hijos, pero terminó recalando en su casa de la colonia del Valle, donde vivió hasta su fallecimiento, acaecida el 30 de diciembre de 2000.

 

Con la muerte del padre de la familia termina el ciclo de los hermanos Camarena como hijos y, aunque tratan de tener una relación cercana, las disputas alrededor de los bienes y por la memoria familiar terminan por separarlos. Por otro lado, todos los hermanos ya tenían su propia familia; es decir, ya estaban en otra etapa de la vida, forjando sus propias memorias. Cada uno de los hermanos acaba por aceptar que la unidad familiar se desvanece con la desaparición de los padres; cada hermano se relaciona con quien le parece afín. Y la memoria, que creían única, se revela como múltiple, diversa y dinámica, pues no sólo depende de la multiplicidad de personas, sino de la manera de elaborar la memoria según la etapa de la vida.

 

Epílogo

En general, la memoria es algo muy importante para las familias, sean éstas grandes o pequeñas, en razón de que las personas tenemos la necesidad de pertenecer a algo, y esa pertenencia tiene su ancla en los recuerdos que una familia tiene de sí misma; es decir, la memoria y un relato aceptado otorgan identidad a un grupo de personas unidas por lazos afectivos muy profundos.

 

El relato de la historia familiar es, en realidad, un pacto que otorga identidad y cohesión; el pacto incluye aquello que se cuenta y lo que se olvida/silencia. Las personas recuerdan y narran (memoria/discurso) múltiples historias que dan la imagen de una familia bien avenida y feliz, más difícil es relatar aquello que los distancia, los enfrenta o los conflictúa; en ese sentido, nos topamos con una paradoja, pues el olvido/silencio es, finalmente, un discurso, es parte de la memoria. La pregunta es: ¿contribuye el olvido/silencio a la cohesión y sobrevivencia de una familia, de un grupo social?

 

La memoria que da identidad a un grupo social como la familia es una construcción de quienes le dan forma a sus recuerdos para forjar una historia que se cuenta; en tanto, construcción tiene muchos matices y aristas. En el caso que hemos narrado, las variaciones se dan en función, sobre todo, de la generación a la que pertenecen cada uno de los hermanos Camarena. Por otro lado, en la coyuntura de la pandemia de covid-19, la narración de sus historias y el hecho de ser todos ya mayores, contribuyó a una reflexión familiar acerca de la importancia de la memoria.

 

En otros trabajos, hemos planteado que no se puede hablar de memoria sino de memorias, lo que coincide con el fenómeno que se observa en el estudio de comunidades y pueblos, donde hay una batalla por la memoria y una de entre las múltiples memorias se convierte en hegemónica en un momento dado. La familia es la unidad social primordial, pero también es una comunidad doméstica, donde hay una batalla por la memoria familiar; de ahí la importancia de analizarla, pues contribuye a observar cómo las dinámicas familiares tienen cierto peso en otros ámbitos, en especial, el de la lucha por el poder.

 

* Profesor investigador de la Dirección de Estudios Históricos, INAH.
** Profesora investigadora de la Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Ricard Vinyes (dir.), Diccionario de la memoria colectiva, Barcelona, Gedisa, 2018, p. 21.
[2] Idem.
[3] Peter Burke, Hablar y callar: Funciones sociales del lenguaje a través de la historia, Barcelona, Gedisa, 1996; Ricard Vinyes, op. cit., p. 21.
[4] Los roles tradicionales son: el padre es el proveedor y ejerce la representación de los suyos ante la comunidad social; la madre es la gobernadora del espacio doméstico, así como la cuidadora y educadora de sus hijos, quienes, por su parte, cumplen con su papel de buenos hijos, obedientes y respetuosos. Hay que tomar en cuenta que, en momentos de crisis, los roles suelen cambiar. Véase Monserrat Cabrera Castillo, et al., “¿Y ahora, qué vamos a hacer?: los roles familiares en momentos de crisis en dos fábricas textiles del Valle de México”, Historias, núm. 105, enero-abril de 2020, México, pp. 102-114; Monserrat Cabrera Castillo, “Familia y memoria de los barrios obreros de La Fama y Las Calles durante la segunda mitad del siglo xx”, tesis de doctorado, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, 2023, 200 pp. Véase en especial el capítulo 4, “Transformaciones y nuevos roles en las familias de los obreros textiles” pp. 131-167.
[5] Porfirio Camarena Sánchez nació en Cuautitlán, Jalisco, el 15 de septiembre de 1914; Olivia Ocampo Béraud nació en Colima el 13 de septiembre de 1918.
[6] Comentario de Milagros Camarena Ocampo en la sesión del 6 de julio de 2022.
[7] Rolando Loubet, Los días de la guerra, Guadalajara, México, Secretaría de Cultura de Jalisco, 2015. Esta novela se basa en los relatos de Porfirio Camarena Sánchez.
[8] Colección de cartas de noviazgo entre Porfirio Camarena Sánchez y Olivia Ocampo Béraud. Archivo de la familia Camarena Ocampo.
[9] Según la novela de Loubet, Ensenada era un puerto de veinte mil habitantes, a una semana de viaje en tren y autobús, donde el último tramo era por caminos de terracería, por lo cual era un lugar muy aislado. Los pobladores eran pescadores pobres, tanto mexicanos como japoneses, de quienes se sospechaba también se dedicaban a traficar opio. A este puerto llegaban muchas personas desde San Diego, California, atraídos por los burdeles y los “quemaderos de opio”.
[10] Monserrat Cabrera Castillo, et al., “¿Y ahora, qué...”, p. 103.