El despojo del sentido comunitario: impacto de la nueva diócesis en los pueblos de Tlalpan y Xochimilco

Mario Camarena Ocampo*
Rocío Martínez Guzmán*
Lourdes Villafuerte García*

 

La Arquidiócesis Primada de México se dividió y creó tres nuevas diócesis para la capital del país: Azcapotzalco, Xochimilco e Iztapalapa;[1] ello implica una reorganización territorial desde la cúpula y afecta la religiosidad popular, así como las formas de identidad y la relación entre los pueblos originarios, y además, irremediablemente impactará la vida comunitaria de los pueblos al sur de la Ciudad de México.[2] El proyecto privilegia más lo administrativo y económico que lo pastoral, y las autoridades de la arquidiócesis que han determinado ese cambio desconocen los siguientes aspectos:

 

1. La historia de los pueblos originarios de la montaña en los últimos cincuenta años.

2. El contexto actual que, merced a la globalización, ha llevado a querer homogenizar a todas las personas sin tomar en cuenta sus rasgos culturales, ni sus derechos culturales.

3. El trabajo pastoral que se ha hecho desde los años sesenta del siglo XX, fundamental en las relaciones sociales de los pueblos originarios; donde los laicos han tenido una activa participación en la toma de decisiones y en la construcción de la pastoral social.

4. La religiosidad popular es fundamental en la conservación del carácter de pueblo originario y en la justificación de los sistemas normativos autonómicos.

 

La separación jurisdiccional de los pueblos de la sierra del Ajusco y los pueblos de Xochimilco los despoja de su sentido comunitario, construido desde mediados del siglo pasado, y fractura el tejido de sus formas de relación entre ellos.

 

El contexto

 

Desde la década de 1970 se abrió un largo proceso de globalización que trae aparejado uno de homogenización, a ello se le llama neoliberalismo, y una de sus principales características es que dentro de ese contexto se confía muchos aspectos de la vida económica, pero también social, a las fuerzas del mercado. Este proceso trae consigo importantes trayectorias culturales, pues en este sentido el gran capital desea conseguir una homogenización cultural de acuerdo con los valores y costumbres de Estados Unidos de América, fomentando el individualismo, la competencia, el éxito individual (self made man), lo cual se traduce en tener dinero y bienes, dando un lugar importante al hedonismo. Una de las manifestaciones más evidentes es la colonización de las lenguas romances por el idioma inglés.

 

Estos valores han avanzado en el contexto latinoamericano, y han despertado una fuerte resistencia de los pueblos indígenas y su sentido de comunidad; es decir, el bien común por encima del individual. Esta larga tradición de instituciones políticas y de fomento social comunitario entra en contradicción con los valores individuales y los principios mercantiles.

 

Estos pueblos fueron cristianizados hace quinientos años, pero su forma de entender y practicar el cristianismo ha sido a partir de su cultura; abrazaron el cristianismo mediante procesos muy complejos, sin abandonar sus usos y costumbres comunitarios. La Iglesia de aquel entonces vio con buenos ojos esta forma de práctica cristiana, puesto que tiene su fundamento en las primeras comunidades cristianas fundadas por San Pablo.

 

El cristianismo se consolidó en América y al paso de los siglos los sentidos comunitarios siguen presentes en los pueblos originarios. En el siglo XX, a partir del Concilio Vaticano II, se ha reflexionado acerca de la participación laical como parte de la estructura de la Iglesia y acerca de las diferentes formas que hay de ser católico, donde la religiosidad popular ha cobrado importancia como forma válida para la práctica cristiana y se ha convertido en la base para impulsar las autonomías de los pueblos originarios de la Ciudad de México.

 

El valle de México ha vivido una continua destrucción de sus áreas rurales, sobre todo desde los años cincuenta del siglo XX; la apuesta por la industrialización y el desarrollo urbano, la “vida moderna” y el abandono del campo han propiciado diferentes cambios. En los pueblos originarios del sur de la Ciudad de México, que comprenden Xochimilco, Tlalpan y Milpa Alta, además de varios pueblos del estado de Morelos, constituyen una zona cultural de origen campesino con muchos rasgos culturales que los identifican, por ejemplo: su autoadscripción como pueblos (y no como “colonias”), su defensa de los sentidos comunitarios (y no individuales) y una convivencia y relaciones sociales alrededor de la religiosidad popular, por mencionar sólo los más importantes. Todos esos rasgos han sido un factor de suma importancia para la consolidación de su identidad.

 

El crecimiento demográfico de la zona, el despojo de sus territorios, junto con el proceso de urbanización, trajo consigo cierta pérdida de valores comunitarios durante algún tiempo, pero al surgir las reivindicaciones del movimiento zapatista de 1994, se revitalizaron aquellos valores que, si bien habían disminuido, nunca se perdieron.

 

En el proceso descrito la Iglesia desempeñó un papel fundamental para la conservación de esos valores, pues propició que la antigua relación entre los pueblos (siglos XVI a principios del siglo XX) volviera a tomar importancia desde los años posteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965), ello mediante el respeto a las manifestaciones propias de la región referentes, en buena medida, a las fiestas patronales —y las promesas—, que son las ocasiones para objetivar esas manifestaciones culturales y esas relaciones sociales. Esta identidad se reforzó todavía más con el movimiento zapatista y los logros que emanaron de éste, tales como las reformas al artículo 2 constitucional y la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, con los que se reconoce tanto la pluriculturalidad de la nación mexicana, como los derechos culturales de los pueblos y comunidades originarios (derecho a regirse por usos y costumbres y a ser consultados).

 

La construcción de un territorio

 

¿Por qué la división de la Arquidiócesis rompe con el sentido comunitario de los pueblos de Tlalpan y Xochimilco? Es cierto que estos pueblos pertenecen a alcaldías diferentes, pero también es cierto que tienen una historia de reciprocidad y solidaridad que no corresponde a las fronteras geopolíticas, sino al contrario; en términos culturales construyen un territorio común que puede ser considerado como una región en donde los pueblos de la montaña y la zona lacustre conviven y se relacionan construyendo una cultura comunitaria.

 

Estos pueblos comparten la memoria de un origen indígena, son “[portadores] de una rica herencia cultural y religiosa de pueblos originarios iluminados por la primera evangelización”.[3]

 

Los pueblos de la sierra del Ajusco en Tlalpan y los de Xochimilco han formado parte de lo que fue la Octava Zona Pastoral de la Arquidiócesis de México en los años sesenta del siglo XX, actualmente, la Octava Vicaría.[4] El trabajo pastoral que se ha llevado a cabo en estos pueblos ha sido conjunto entre obispos, sacerdotes y laicos, de manera que en sus parroquias esta forma de colaboración es un elemento importante de identidad y es también símbolo de la cohesión de los pueblos y las colonias de los que hoy llamamos la región de “Los pueblos de la montaña”.

 

La religiosidad popular

 

La relación de los pueblos de esta región —Tlalpan y Xochimilco— se concretó a través de su religiosidad popular que se expresa en los ciclos festivos, mismos que duran todo el año y están relacionados con los ciclos agrícolas y con rituales en torno al agua; así como también por sus fiestas patronales, las cuales tienen manifestaciones comunitarias en las promesas[5] y procesiones en honor de los santos patronos. Es por medio de esa religiosidad popular que los habitantes de los pueblos de la montaña han forjado una memoria que les da identidad y un sentido de pertenencia donde se reivindica el sentido comunitario.

 

Desde el punto de vista antropológico e histórico, consideramos que fragmentar a los pueblos de Tlalpan y Xochimilco es atentar contra la identidad de los pueblos originarios y contra una forma de vivir la fe y la evangelización. La separación de estos pueblos fragmentaría el tejido social y cambiaría la vida cotidiana de los pueblos, porque sus habitantes tienen una tradición de participación comunitaria que se expresa en la participación en las asambleas parroquiales y un trabajo pastoral en conjunto, mismos que no serían posibles en la nueva diócesis porque no habría un sentido de identidad ni de pertenencia.

 

La participación laical

 

Los pueblos de la montaña comparten una tradición de participación comunitaria, los párrocos que han estado en estos pueblos han tenido el interés de generar procesos y no el de dominar espacios en un monopolio religioso, de manera que construyeron una pastoral de conjunto con los laicos, como se dijo arriba, respetando sus valores, tradiciones, cultura y formas de organización.[6]

 

Los laicos de estos pueblos han sido partícipes en la construcción de los planes pastorales, las asambleas parroquiales, las comunidades eclesiales de base, y la religiosidad popular; es decir, son agentes activos de la vida parroquial. Incorporarlos a una posible nueva diócesis sin haberlos consultado es violentar sus formas de vida. En lo que se refiere a la vida eclesial, los pueblos del sur de la Ciudad de México que hemos aludido participan activamente en la vida y en la estructura parroquial mediante los diversos ministerios que la conforman, tanto en la toma de decisiones como en el trabajo colectivo constante; eso consolidó en ellos una fuerte identificación con su parroquia, lo cual no pasa en otras partes de la ciudad, sobre todo en las zonas plenamente urbanas.

 

Nosotros, como antropólogos, tenemos una genuina preocupación por los cambios que se viven en la arquidiócesis, pues desconocen el proceso histórico previo, no propician una defensa ante la homogeneidad de la globalización y carece de la participación de los fieles. Esta situación los obliga a convivir con medios urbanos de las clases medias que carecen de una ritualidad propia y de la creación de un sentido comunitario; así; existe el riesgo de que las resistencias culturales de los pueblos se erosionen, se pierda la cohesión y el sentido comunitario de los pueblos de la montaña y la zona lacustre del sur de la ciudad y se desintegre el sujeto colectivo que hizo posible una vida comunitaria.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Alejandro Suárez, “Listo el plan para dividir la Arquidiócesis; pretenden crear tres nuevas diócesis”, El Sol de México, 10 de agosto de 2018, disponible en https://www.elsoldemexico.com.mx/metropoli/cdmx/listo-el-plan-para-dividir-la-arquidiocesis-pretenden-crear-tres-nuevas-diocesis-1905584.html (consultada el 3 de septiembre de 2019).

[2] “Profesionistas laicos piden diálogo con Aguiar Retes”, La Jornada, sección El Correo Ilustrado, año 35, núm. 12595, 18 de agosto de 2019, p. 2.

[3] Rocío Martínez Guzmán y Mario Camarena Ocampo (coords.), Parroquia de San Pedro de Verona Mártir. Memoria de los primeros pasos como comunidad parroquial, Pueblo de San Pedro Mártir, Tlalpan, México [s. e.], 2018, p. 38.

[4] Ibidem, p. 42.

[5] La promesa consiste en la visita de varias personas de los pueblos de la región al pueblo que celebra su fiesta patronal; los asistentes son recibidos en la entrada del pueblo por el párroco del lugar con música de banda; se emprende una procesión hasta llegar a la iglesia, donde se brinda a las personas invitadas diversas atenciones, tales como asignarles lugares especiales e invitarlos a comer. De manera recíproca, los visitantes llevan regalos al pueblo, los cuales son recibidos por el párroco en nombre de la comunidad en la presentación de ofrendas de la misa.

[6] Pontificia Comisión para América Latina, “El indispensable compromiso de los laicos en la vida pública de los países latinoamericanos”, Recomendaciones Pastorales. Reunión Plenaria, Ciudad del Vaticano, Librería Editrice Vaticana, 1-4 de marzo de 2016, p. 8-9, disponible en http://www.americalatina.va/content/dam/americalatina/Plenarias/Plenaria2016/Recomendaciones_Pastorales_2016.pdf (consultada el 3 de septiembre de 2019).

 

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